Sunday, December 3, 2017

"Moxa: El hijo del sol": muiscas y conflicto en Colombia

Moxa: El hijo del sol

Zarza González, Ernesto. Moxa: El hijo del sol. Ediciones B, Bogotá: 2015.

            Los moxas eran niños-sacerdotes que los muiscas sacrificaban a los dioses para lograr favores. Generalmente eran prisioneros de otros pueblos, como los panches, pero en ocasiones pasaba que un mismo muisca era sometido a ser moxa. Es lo que le ocurriría a Cundarquyn, un niño que por vía materna resultaba heredero al trono del Zipa. Por una intriga palaciega terminó convertido en moxa a sus escasos 12 años, y su familia condenada a un castigo terrible.
            El amor por Cota, la hija del cacique Guatavita, es el aliciente que le permite sobrellevar las penurias. Además, confía plenamente en que él es el hijo del sol, como lo manifestó el prodigio del cóndor que tapara el sol por unos segundos el día de su nacimiento. Cota tiene fe en que él será su esposo, a pesar de estar comprometida con el Zipa. Así se lo ha dicho el dios Bochica en sueños.
            Es la ficción que Ernesto Zarza González construye en Moxa: El hijo del sol, una novela ambientada en el antiguo pueblo indígena que floreció en el altiplano cundiboyacense en Colombia. No idealiza a los muiscas, pero tampoco los menosprecia en su tratamiento narrativo. Los presenta en toda su humanidad, como una sociedad llena de complejidades y contradicciones.
            La novela ostenta un prefecto balance entre la información histórica y la tensión narrativa. Las descripciones de las costumbres muiscas armonizan con el ritmo narrativo de manera muy sutil y bien acompasada. Tiene elementos de intriga política, drama romántico y poema épico.
            Hasta ahora podemos pensar que la novela habla de esa cultura remota que fue gradualmente exterminada por la colonización española, aunque sus descendientes sobrevivan en la región cundiboyacense. Y no es así. La novela resulta muy actual en cuanto a la lectura que plantea sobre las relaciones de poder.
            En este sentido, se puede leer como una alegoría de la situación en Colombia. El Zipa comete un falso positivo al deshacerse de Cundarquyn y su familia. Los acusa públicamente de que los dioses le han mostrado que lo quieren destronar, y que piden su castigo. Para ello, el sacerdote organiza un ritual con ciertos efectos de luz que les hace creer a los muiscas que están presenciando un prodigio divino.
            De esta manera, el Zipa logra legitimar la tortura y pena de muerte que impone al padre de Cundarquyn, así como el destierro de su madre. Esto es una forma de posverdad, el equivalente a las noticias falsas de hoy en día. La confabulación del sacerdote con el Zipa les permite proyectar una imagen engañosa de la realidad que solo sirve a los intereses políticos.
            Hoy en día se observa a menudo esta situación. Grupos religiosos son capaces de proyectar una imagen distorsionada de líderes sociales y víctimas del conflicto armado con el fin de hacerlos parecer guerrilleros. Esto permite legitimar las prácticas opresivas de sus aliados políticos.
El ritual de la tortura y ejecución de la familia de Cundarquyn dura por muchas horas y los asistentes tienen hambre, pero son capaces de sobrellevarlo porque “aguardaban con paciencia, con la ancestral paciencia de los muiscas” (pág. 66). Esto no es más que una alegoría del pueblo colombiano que padece hambre con ancestral paciencia con tal de presenciar el portentoso espectáculo de la política y la religión.
            Posteriormente, Cundarquyn debe realizar un extenso camino con otros niños destinados a ser moxas, y los capataces le propinan innumerables maltratos. Los capataces sienten que Súa (dios del sol) los favorece por estar haciendo eso. Esto es de la misma forma como políticos de gran devoción se sienten favorecidos por Dios en el negocio del despojo y el hambre.
            Poco antes del castigo contra la familia de Cundarquyn, se ha repetido el prodigio del cóndor que cubre el sol. La madre del niño lo interpreta como el llamado de Súa para destronar al Zipa e instaurar un gobierno más justo y menos opresivo. El Zipa piensa que es señal inequívoca de que el dios está de su lado, pero a su vez el Zaque considera que el sol está de su parte.
            Con esta convicción, ambos líderes lanzan sus ejércitos a una guerra fratricida que termina por diezmarlos a todos. Es la manera como la religión y las convicciones políticas hacen que todos estén convencidos de estar luchando por lo correcto, y terminan matándose entre ellos.
Los panches pelean como mercenarios del ejército del Zipa, a pesar de ser un pueblo tradicionalmente sometido a las más terribles vejaciones. De la misma manera como el sector más oprimido del pueblo colombiano se enfila para luchar por causas que no son suyas.
            La esperanza está puesta en el carácter de Cundarquyn, que no desfallece a pesar del sufrimiento. La resistencia del desposeído es la promesa de una sociedad más justa, que nunca llega, porque hay otro más fuerte que aprovecha la pelea de hermanos para dominarlos a todos. Mientras tanto, el dios de los muiscas solo pide sangre, y sangre va a tener, porque es la voluntad del pueblo que cree los falsos positivos de los prodigios. 

Thursday, November 30, 2017

Don Doña

Publicado en el Suplemento Dominical de El País de Cali, Gaceta, bajo el título "¿Por qué los colombianos decimos Don o doña?" véase aquí

En el marco de la Consulta Liberal que dio por ganador a Humberto De la Calle el domingo pasado, el columnista Juan Sebastián Herrera se refirió al uso y desuso de “Don”. Esto con el fin de argumentar De la Calle sería de los pocos políticos que merecería este título. El columnista se refería a un “Don” que expresa una virtud superior de carácter, escasa en la escena política colombiana.
Los términos “Don” y “Doña” son maneras de tratar a una persona con respeto. Por esta razón, se denominan “formas de tratamiento”. Para el columnista, el contenido respetuoso del término es algo que se gana con esfuerzo, aunque para otros toda persona por el hecho de serlo tiene un valor intrínseco.
En esta disyuntiva gira la historia lingüística de “Don” y “Doña”. Proviene del latín “dóminum” que significa “dueño”, y su forma femenina “dóminam” significaba “dueña”.  En algún momento de la historia se perdió la “i” intermedia y las consonantes finales, pasando a “dómnu, dómna”.
Pues bien, “mn” se convierte en “ñ”, y la “ó” se convierte en “ue”. Y así surgen “dueño” y “dueña”. El significado de estas palabras es más cercano al sentido original, pues se refieren al que tiene posesión, potestad o poder sobre algo o alguien.
Todo esto ha debido ocurrir en el latín medieval, en todo caso antes del siglo X, como dice Joan de Corominas en su diccionario etimológico.
Recordemos que en la edad media existía un sistema feudal, en que una persona tenía poder sobre una tierra y sobre las personas que vivían en esa tierra. No era un sentido de posesión propiamente dicho, sino una especie de derecho de uso, sobre la tierra y las personas. Sí, de uso sobre las personas, como ocurría en la edad media.
Pues bien, la persona que dominaba esa tierra era el “dómnum”. Nótese que el verbo “dominar” y “dóminum” comparten la raíz “domin-”, pues son palabras emparentadas en su significado antiguo.
Los subordinados, pues, podían referirse a su señor feudal como un “dómnu” y a su esposa como “dómna”. Pero la gran pregunta es: ¿por qué se dice “Don Humberto” y no “Dueño Humberto” o “Doño Humberto”?
Pues es posible que en el latín medieval de la península Ibérica ocurriera algo muy parecido a lo que pasa hoy en día. Nosotros le decimos “profe” o “pro” al profesor, “compa” al compañero, “parce” al parcero, o decimos “mi doc” en vez de “mi doctor”.
Hacemos abreviaciones a palabras que sirven para tratar o llamar a la persona con quien hablamos. Estas palabras se llaman “formas de tratamiento”, que son de uso frecuente. Para hablar más rápido, hacemos más cortas las palabras más frecuentes.
Esa tendencia a reducir las formas de tratamiento no nos la inventamos nosotros, la heredamos probablemente de los hablantes de latín de la península Ibérica. Decir “parce” en vez de “parcero” es una costumbre que viene desde antiguo. De hecho, el término “misiá” viene de “mi señora”: si usted dice “mi señora” muy rápido, termina pronunciando “misiá”.
Lo mismo pasaba con “domnu”. Para referirse a una persona con la que se habla, los latinoparlantes de la edad media tal vez dirían “domn”, quitando la última sílaba, y para más comodidad “don”. Al quedar de una sola sílaba, ya no habría tanto énfasis en la vocal como para convertirla en “ue” como en “dueño”.
“Don” y “Doña” eran entonces títulos nobiliarios. Solo la persona que hubiera nacido en una familia poderosa podía recibir este título.
Pero las cosas empiezan a cambiar a finales de la edad media y en el siglo XVI, cuando los comerciantes empiezan a ganar poder. En el siglo XVI, muchas personas que no eran feudales empiezan a exigir el trato de “Don” y “Doña”, y muchos empiezan a otorgárselo a personas que no necesariamente eran de familia noble.
La situación llega hasta el punto de que resulta más conveniente decirle “Don” y “Doña” a cualquier persona, antes que correr el riesgo de parecer mal educado. Y así se transforman los términos hacia el siglo XVII: ya cualquier individuo, por el hecho de ser persona, es de alguna manera merecedor de un respeto.
El recuerdo del significado antiguo, en todo caso, sirve de metáfora para referirse a una nobleza abstracta, una virtud corazón, aunque no necesariamente de herencia familiar. Se aplica a la idea de cierta dignidad en el carácter de una persona. Es el sentido que rescata el columnista cuando se refiere a Humberto De la Calle.
En el siglo XIX hubo una reacción contra el “Don”. Se consideraba un vicio propio de la colonia española. En 1858, uno de los personajes de Eugenio Díaz en Manuela, dice “el don no es castellano granadino”, es decir, no debía decirse en la nueva república de la Nueva Granada.
Entonces “Don” fue perdiendo mucho más su sentido de nobleza, y hoy en día tal vez significa simplemente alguien de más edad que uno. Incluso puede usarse para insultar: “un don Nadie” o en sentido irónico: “dígale a mi Don”.

El columnista invita a recuperar la dignidad como valor social, aplicado al comportamiento en la esfera política. No necesariamente a que retornemos a la época feudal. Aunque algunos piensan que nunca hemos salido del feudalismo.

Tuesday, November 28, 2017

El "Vampyr": represión y feminismo

Advertencia: Comentario lleno de spoilers. No lo lean si quieren leer el libro o ver la película sin dañarles el suspenso.

Vampyr, de Carolina Andújar, es una novela sobre el feminismo como nueva represión contra el deseo sexual de la mujer. La protagonista, Martina, es una joven determinada e independiente, que no se quiere casar. Sin embargo, empieza a luchar contra su deseo y a fragmentar los elementos de esta represión.
Martina construye un objeto de deseo escindido: uno es Almos, el vampiro bueno, y el otro es Ujvary, el vampiro malo. Ambos son facetas del hombre deseado. Almos es el protector y enamorado que la persigue desde mucho antes de que ella advierta su presencia. En realidad, encarna una fantasía muy femenina de ser observada por otro invisible, de ser acosada. Ujvary es el hombre hipermasculino y cuasi-animal, que representa la cualidad más primitiva del sexo. Ujvary está a punto de violar a Martina, pero Almos la salva. Es el vampiro bueno ejecutando la represión, salvando a Martina de su propio deseo.
            Recordemos que Ujvary ha violado varias veces a Amalia, compañera de Martina en el internado, y la ha convertido en vampira. Martina entonces realiza, junto con su amiga Carmen, el ritual de liberación y matan a la Amalia vampírica. Es la manera como Martina expresa los celos que le causa que Ujvary poseyera a otra.
La condesa de Bathory encarna, pues, los deseos sexuales reprimidos de Martina. Bathory es la Martina deseante, malvada, animal, capaz de cometer los crímenes más horrendos con tal de acceder a su objeto de deseo: Almos, el vampiro bueno. Bathory está obsesionada con Almos, ha perseguido a otros hombres de su misma familia desde hace siglos. Ahora persigue a Martina para apoderarse de sus tierras.
En realidad, Martina ha inventado a esa mujer vampírica para desplazar su identidad de deseante. Transfiere la percepción de su deseo sobre esa mujer. Como no puede afrontar que experimente ese deseo, pues se supone que debe ser autónoma y no depender de un hombre, construye la fantasía de esa condesa de Bathory que encarna todo lo que Martina quiere ser.
Al fin y al cabo, Martina también es una vampira. Recordemos que Bathory le ha propinado una herida. Y sigue siendo vampira simbólicamente aunque haya sido “cuarada” por el antídoto.
Por último, los símbolos religiosos funcionan como elementos paliativos que le ayudan a sobrellevar la ansiedad que le produce la represión de su deseo sexual. La cruz, el agua bendita y el vino consagrado alejan a los vampiros. Además, los vampiros buenos pueden calmar su sed de sangre tomando agua bendita, vino consagrado o la hostia, y así no necesitan beber sangre. En otras palabras, la religión les permite calmar la ansiedad que les causa reprimir su deseo.
Martina quiere mantenerse independiente, pero el amor de Almos la subyuga. Para mantener su independencia, se ve obligada a desplazar sus deseos sexuales sobre esa fantasía de estar siendo observada. De esta manera, puede olvidarse de que en realidad desea a Ujvary, ese hombre animalesco que le ofrecería el tipo de sexo que ella en realidad le gustaría experimntar.
Para nadie es un secreto que los vampiros tradicionales representan el deseo sexual. La idea del vampiro bueno y protector ya está en Twilight. Los vampiros buenos, pues, representan la represión del deseo sexual que imponen los feminismos contemporáneos, la necesidad de decirse a sí misma: yo no deseo un hombre que me someta sexualmente, aunque en realidad lo deseen. Ya dijo Zizek por ahí que el sexo siempre implica un sometimiento.

Wednesday, November 22, 2017

La Far en vez de las Farc

Publicado originalmente en el suplemento dominical de El País de Cali, Gaceta, el 19 de noviembre de 2017, bajo el título "¿Cómodecirlo, las Farc, la Far o la Farc?"

En español un fenómeno muy productivo es el que se llama “lexicalización de siglas”. Esto es, las siglas forman y se pronuncian como palabras completas. Avianca La Organización de Naciones Unidas es “onu” y no “o ene u”; la Dirección de Impuestos y Aduanas Naciones es “dian” y no “de i a ene”; el Servicio Nacional de Aprendizaje es “sena” y no “ese ene a”.
            El que las siglas se pronuncien como palabras parece muy obvio, pero no todas las lenguas funcionan así. En inglés, por ejemplo, sí se dice letra por letra en la mayoría de los casos. La ONU es “iu en”, o UN (United Nations). Y el nombre del país del norte es “iu es ei”, como en USA (United States of America), y no “usa” como pronunciamos en español.
            A los gringos les causa mucha gracia pronunciar en español “ucla” por “iu ci el ei” o University of California at Los Angeles o UCLA (Universidad de California en Los Ángeles), o el mismo “usa” para nombrar a su país.
            Pues bien, en algunos casos la manera como pronunciamos las siglas tiene una carga ideológica muy fuerte. Véase por ejemplo el eslogan que circulaba por ahí: “USA te usa”, para referirse a la dominación estadounidense de Latinoamérica.
Me quiero referir en este caso a la pronunciación de la agrupación guerrillera que se desmovilizó recientemente. Su nombre completo era Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y pasó a convertirse en “Fuerza Alternativa del Común”.
            Su sigla es “FARC”. Antes de 2002, esto es, antes de la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, se les conocía como “Las Farc”. Posteriormente el presidente Uribe tuvo el interés de quitarles el reconocimiento como grupo beligerante, y por eso él le quitó el plural al artículo, diciendo “la” en vez de “las”.
            Pues bien, cuando se dice “Las Farc” se mantiene un plural que concuerda con “Fuerzas Armadas”. Al emplear el artículo “las”, entonces, se está reconociendo el contenido léxico de la sigla, lo que implica reconocer su estatus beligerante.
Al decir “las Farc”, se está aceptando que esta agrupación guerrillera son unas “fuerzas armadas”, que constituyen un verdadero ejército revolucionario. Además, se está reconociendo que en Colombia existe un conflicto armado, y que un acuerdo de paz se justifica.
De esta manera, se permite que instituciones como el ejército y los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) intervengan. Si fuera una banda criminal sin estatus político, solamente sería competencia de la policía y el poder judicial.
            Cuando se pone en singular la sigla, como en “la far”, entonces, se trata “far” como una sola palabra, perdiéndose así el contenido de cada uno de los elementos. “La far” es una palabra que ya no se puede descomponer como sigla. Ya no son fuerzas armadas, menos revolucionarias, y mucho menos de Colombia.
            Me queda la duda si en verdad se decía “la far” o “la farc”. En español, es normal que sonidos como “d”, “c” o “j” desaparezcan al final de la palabra. Son demasiado explosivos e incómodos. Nadie dice “ciudad”, sino “ciudá”, ni “relojjjj”, sino “reló”. Y si alguien se propone decir “ciudad” con todos sus sonidos, termina diciendo “ciudát” con “t”.
            Hay quienes dicen “la far” para burlarse del lenguaje uribista, parodiando así su negación al conflicto armado y así mismo el acuerdo de paz. Pero si en verdad Uribe decía “la far” intencionalmente sin la “c” final, buscaba más bien quitarle su asociación con algo nacional colombiano.
            Otros se burlan equivocadamente del lenguaje uribista, diciendo “las far”. Es equivocado, porque así mantienen el carácter plural de “fuerzas armadas”.
El hecho de que la agrupación guerrillera haya decidido mantener la sigla fue ampliamente criticado. No solo se lee como una pobre estrategia, sino como una falta de respeto contra las víctimas del conflicto.
Pero también se puede leer como un intento por resignificar la misma sigla. Resignificar es una manera de borrar las asociaciones negativas y construir las positivas sobre un mismo término. El propósito parece ser que la sigla “farc”, que seguirá mencionándose una y otra vez, empiece asociarse a algo más constructivo.
Ahora, las palabras que componen la sigla FARC serían “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”. De manera que se vuelve singular: se dice “la Farc”, como había dicho Uribe.
Así se apropian del singular “la Farc”. El mismo nombre que les dio Uribe empieza a servirles a sus propósitos de resignificarse.
Dejan a Uribe en una paradoja: cuando dijera “La Farc”, estaría reconociéndolos como movimiento político, como “fuerza alternativa”. Y si dijera “Las Farc”, está reconociéndolos como “fuerzas armadas”. Veremos qué nuevo término construye para salir de esta paradoja.

P.D.: Algunas siglas pueden convertirse en palabras hasta que la gente olvida lo que significan sus componentes. Es el caso del poliestireno expandido, que en Colombia se llama “icopor”. En realidad es la sigla de su fabricante: “Industria Colombiana de Porosos”. Muchos piensan que la palabra es “icopor”, cuando en realidad es una sigla.

De la carta al WhatsApp

Publicado originalmente en el suplemento dominical de El País de Cali, Gaceta, el 11 de noviembre de 2017, bajo el título "Su majestad el emoticón".

Las nuevas tecnologías han cambiado mucho la manera como interactuamos las personas, las normas de educación y el uso del lenguaje. La rapidez con que ocurren los avances tecnológicos hace que las diferencias entre jóvenes y viejos sean diametralmente diferentes en la expresión escrita. Este artículo es una reflexión sobre cómo se manifiestan estas diferencias.
            Para empezar, debo confesar que nací en 1980 y que viví mis años mozos en la década de 1990. Fui parte de esa generación que vio un mundo sin Internet y luego, de repente, con Internet.
            Cuando estudié en la universidad del Valle, a comienzo de mi carrera en 1999, no teníamos Internet en la casa. Tenía que hacer fila para ver los computadores de la universidad. Las primeras comunicaciones que hice por Internet fueron a través de una pantalla negra con letras verdes. Y fueron verdaderos correos electrónicos o email, con el correo institucional de la universidad.
            Posteriormente se fue haciendo más sofisticada la cosa y llegó lo último en comunicaciones: el email de Tutopia, luego el de Hotmail, tan viejos como el sistema de almacenamiento en diskette, cuando los computadores solo tenían capacidad de almacenamiento de 2 gigas.
            El email se usaba para cuestiones formales e informales. La gente formaba grupos de discusión en email o enviaba emails colectivos con sus fotos o la noticia de su viaje. Posteriormente se fue incluyendo más en asuntos laborales, y hacia 2004 ya recibía emails de mis estudiantes o de mi jefe cuando trabajé como docente.         
Pues bien, quién iba a imaginarse que solo 7 años después de esas largas filas en la sala de cómputo de Univalle, llegaría Facebook a mi vida, imponiendo una nueva forma de comunicarnos.
El sistema de mensajería de Facebook terminaría reemplazando al email en contextos informales, mientras que el email terminó convirtiéndose en un medio de comunicación para contextos formales: asuntos de trabajo y profesionales. 
El “Messenger” de Facebook funciona más como una conversación telefónica, pero por escrito: uno se saluda primero antes de entrar en materia. Y ni qué decir del WhatsApp, en el que ni siquiera he incursionado.
Sin embargo, como persona que crecí con el email, todavía escribo mensajes de “Messenger” como si fueran emails. Doy mi saludo, entro en materia, y me despido con mi nombre, lo cual es redundante, porque en todo ahí sale mi nombre.
Y cuando me escriben personas más jóvenes que yo, primero me escriben “Hola” y yo tengo que responder “hola”, para que luego me pregunten “¿Cómo estás?” y yo responder “Bien”. “Ah bueno, me alegro” y yo: “Sí, ¿y cómo estás tú?”, “Bien”. Y así, después de un largo rodeo, el milenial entra en materia. La verdad que me impacienta un poco, pero es que ellos no crecieron con el email.
Ahora bien, mis amables lectores muchas veces me dirigen cartas a mi correo lenguaencolombia@gmail.com, las cuales recibo con mucho aprecio, pues aprendo mucho de ellos. Y puedo identificar cuando el autor de la comunicación es de la generación de la carta.
Los que crecieron con la carta escrita conciben el email como una carta. Empiezan su comunicación con ciudad y fecha, mi título profesional, mi nombre completo y un “Cordial Saludo”. Al final ponen una imagen escaneada de su firma manuscrita. Muchas veces recibo el email sin texto y con su un archivo adjunto, que es el documento en Word con la carta formal y la correspondiente firma manuscrita.
Un exceso de formalidad siempre es bienvenido, pero un exceso de informalidad nunca lo es. Mis estudiantes muchas veces pecan de incautos en este sentido cuando escriben algún email como mensaje de texto: “Hola profe, quiero saber por qué saqué tan bajito”.
Pues bien, todas estas cuestiones me ponen a pensar en que existe un choque cultural entre tres generaciones: la generación de la carta, la del email y la del mensaje de texto.
Y esto influye en las normas ortográficas también. Un ejemplo es las tildes de las mayúsculas: las máquinas de escribir no permitían poner tildes en las mayúsculas, por lo que no eran obligatorias, pero los computadores sí lo permiten. Ahora, gracias al computador, es obligatorio tildar las mayúsculas. Pero he conocido gente que escribe en Facebook con todo en mayúscula para liberarse del uso de las tildes.
Me pregunto, entonces, hacia dónde se dirige todo esto. ¿Cómo va a escribir la generación post-milenial? ¿Los que ahora son niños?
Mi pronóstico es que todo se dirige al uso más consistente de los emoticones, esos muñequitos que permiten expresar alegría, tristeza, rabia o admiración con un solo dígito. También el uso de los gifs, que son como videos de dos segundos que se repiten incesantemente y expresan alguna emoción. O los memes, similares a los gifs, pero son fotografías.
Ahora con el WhatsApp, donde las personas comparten videos, fotos y artículos de prensa, pero además pueden realizar llamadas telefónicas y enviar mensajes de texto, sería interesante mirar cómo lo usan los viejos y cómo lo usan los jóvenes. ¿Será que los viejos envían mensajes de texto como cartas formales? ¿Será que los de edad media como yo envían mensajes como si fueran emails? ¿O se habrán sabido adaptar a los emoticones? Gracias Don Carlos por hacérmelo ver después de la publicación en Gaceta.
Se está gestando una verdadera gramática de los emoticones y los gifs, tanto que muchos emoticones juntos pueden funcionar como una oración. En ese lenguaje sí me declaro analfabeta, tanto que cuando alguien me escribe un emoticón, literalmente quedo  














Tuesday, November 14, 2017

Aeropuertos y su léxico marítimo

Barcos que vuelan

Publicado en la Gaceta Dominical de El País de Cali el 4 de noviembre de 2017

El 20 de septiembre inició la huelga de pilotos de Avianca que ha producido gran revuelo en los aeropuertos y en la opinión pública. Muchos alegan que los pilotos constituyen una élite que ya posee demasiados privilegios como para pedir más. Y otros reivindican la función del piloto, quien por su responsabilidad debería disfrutar de perfectas condiciones de trabajo, o son asalariados que tienen derecho a protestar.
            El piloto de avión es una figura de autoridad, pues es quien comanda el destino de la aeronave, y puede decidir quién se sube al avión y quién no. En el avión, el pasajero deja de ser un cliente y se convierte en un subordinado del piloto. Ejemplo de tal situación está el evento en que un piloto de VivaColombia obligó a bajar a una pasajera que no cumplía con los requerimientos de equipaje, aunque los pasajeros hicieron “vaca” para reunir dinero.
            Todo el sistema de transporte aéreo, incluida la concepción del piloto y las palabras que se utilizan, se basa en el transporte marítimo, en el que el piloto es como el capitán de un barco, y puede decidir sobre su destino.
La palabra “piloto” tiene relación con “pilotar”, que significa mover el timón de un barco. Según Joan de Corominas, “piloto” proviene de la lengua italiana, y se documenta en español desde 1282. Recordemos que los italianos estuvieron a la vanguardia de la navegación marítima, como el caso de Marco Polo (1254-1324) y Américo Vespucio (1454-1512).
La palabra “piloto”, pues, significa originalmente “timonel”, referido a la navegación del barco. Y una búsqueda en el diccionario de la Real Academia nos permite rastrear los otros términos.
Empecemos por la palabra “aeronave”. Descompongamos la palabra y tomemos solo el segmento “nave”. La palabra “nave”, que viene del latín “navis”, significa “barco”. Luego se le agrega “aero”, que significa “aire”. Así que una aeronave es un barco de los aires.
La palabra “abordar” y “abordo” provienen de “bordo”, que es la parte exterior de un buque. Es lo mismo que la palabra “borde”, que al parecer viene del francés “bord” que significaba “lado de un barco”. Entonces la palabra “borde” de cualquier cosa se origina en el vocabulario marítimo.
“Abordar” significa entrar a un barco, porque al entrar se toca un lado del mismo. Según el diccionario, “abordar” también es cuando dos barcos se aproximan o chocan, por cuanto se tocan sus lados.
Mucho más obvio en este sentido son los términos “puerta de embarque” y “tarjeta de embarque”. La puerta de entrada al avión tiene el nombre de la entrada a un barco, y del mismo modo el documento que le permite entrar.
Obsérvese también la palabra “aeropuerto”. Si descomponemos la palabra y quitamos la palabra “aero” (“aire”), nos queda la palabra “puerto”. “Puerto” proviene del latín “portus”, que significaba entrada o abertura entre una fuente de agua.
¿Y qué es un puerto? Como el bello puerto del mar mi Buenaventura, un lugar en la costa destinado a la llegada de los barcos para que realicen sus operaciones. Al agregarle el segmento “aero”, ¿qué queda? Un lugar de llegada, pero no para el transporte marítimo, sino para las naves de transporte aéreo.
La palabra “aduana”, por su parte, proviene del árabe “addiwán”, para referirse a una oficina localizada en la costa, que controlaba la entrada de mercancía que debería ser sujeta a impuestos. La presencia árabe en España desde el siglo VIII hasta finales de la edad media dejó una gran cantidad de palabras de esta lengua.
Pues bien, hoy en día “aduana” significa algo similar a su original árabe. Es una oficina que controla los impuestos de la mercancía que entra y sale. La única diferencia es que no está ubicada en las costas, sino en los aeropuertos.
            También está la palabra “tripulación”, que es conjunto de personal de servicio del avión. Proviene del verbo “tripular”, que viene del latín “interpolare” y significaba “reformar, alterar”. Se encuentra por primera vez en 1604, y significaba “mezclar, sustituir una persona por otra”. Entonces de ahí viene la idea de “tripular” como intercambiar personal de servicio en un barco.
            Podemos mencionar la palabra “puente aéreo”. “Puente” proviene del latín “pontis” y se refiere a la construcción que se hace sobre un río para poder pasarlo. En su origen, pues, se refería solo al puente que atraviesa una fuente de agua. Un puente aéreo se refiere al sistema que pone en contacto diferentes aeropuertos.
            Así pues, existe toda una compleja elaboración metafórica del lenguaje de aeropuertos basado en el lenguaje del mar: una aeronave es un barco de los aires que pasa por puentes de aire y se detiene en puertos de aire. Y esperamos que soplen vientos favorables y esta huelga de pilotos nos lleve a todos a buen puerto.
            ¿Se le ocurren otras palabras usadas para el transporte aéreo, que tengan relación con el mar? Escríbame a lenguaencolombia@gmail.com

P.D.: Otra palabra de origen árabe (aunque no de lenguaje marítimo) es “azafato” o “azafata”, que proviene de “azafate” y esta de “assafáṭ”. Según Corominas, “assafát” significaba “bandeja” o “canastillo”, y se documenta desde 1496. Obviamente no había aviones en esa época, pero se adaptó al lenguaje de aeropuertos para referirse a la persona que usa la bandeja para llevar la comida a los pasajeros.

Thursday, November 2, 2017

Piropo

Publicado en Gaceta Dominical de El País de Cali en Octubre 29 de 2017

En estos días ha circulado por Facebook el hashtag #metoo para que las mujeres que han sido víctimas de acoso se etiqueten y cuenten su experiencia, o al menos sugieran que han tenido una experiencia de acoso. Esto a raíz de la controversia del acoso sexual atribuido a Harvey Weinstein, productor de Hollywood.
Etiquetarse con el hashtag #metoo es una manera de solidarizarse con las víctimas del acoso en Hollywood, y muestra que es un problema de género, pues todas las mujeres sin excepción han sido víctimas de acoso o abuso.
Si alguien te dijo en la calle: “¡Hubo un terremoto en el cielo y un ángel se cayó!”, ¿entra dentro de la categoría #metoo? ¿Está en el mismo plano de las personas que vieron truncada su carrera por no ofrecer favores sexuales a cambio? ¿O en el mismo plano de una persona que le toca las partes íntimas a otra sin su consentimiento?
El piropo callejero, según la crítica feminista, es un avance sexual no consentido, y promueve una “cultura de la violación”, en que una mujer se pone en el plano de objeto de placer, y se le despoja de su condición de sujeto.
Por otro lado, esta concepción del “piropo” puede interpretarse como influencia del “catcalling”. Ambas palabras tienen un contenido cultural único, y no son intercambiables.
“Catcalling” en inglés significa literalmente “llamar al gato”. Es cuando se le dice a una mujer en la calle cualquier insinuación sexual. Generalmente son muy simples: “nena” o “sexy”, únicamente.
En la cultura anglosajona o nórdica, llamar a una mujer “bonita” es algo muy íntimo, casi una proposición sexual. Por ejemplo, yo tuve una profesora gringa que que estuvo trabajando en Paraguay. Ella se ofendió mucho porque un estudiante le dijo que estaba bonita. Era una intromisión en el espacio privado.
En la cultura latinoamericana, por el contrario, es más común decirle a una mujer que está bonita, o a un hombre que está guapo. No es una proposición sexual: es un dicho lingüístico que busca estrechar lazos sociales, crear confianza.
Me acuerdo que una vez fui a una fiesta, y había un hombre que les decía a todas las mujeres, incluso las menos agraciadas a mi parecer, que estaba bonita. Ellas lo abrazaban con cariño sin ninguna pretensión de nada. Ellas sabían que “estás bonita” no significaba “estás bonita”, sino “eres una persona especial para mí”.
El piropo es, pues, una forma de interacción social en el ámbito hispanoamericano. No existe en el mundo anglosajón. Por eso, cuando los latinos van a otros lugares del mundo, tienen un choque cultural.
Recordemos el caso de la holandesa que quiso ridiculizar con “selfies” a los hombres que le hicieron “catcalling”. Uno de los hombres le habló en español: “Ey, sexy, chiquita, ¿a dónde vas sola?” y ella lo tradujo al inglés al mostrar la foto del hombre hispano.
El piropo tradicionalmente se considera un elogio, y se le dice a alguien conocido o desconocido. Cuando un amigo cercano te dice algo bueno sobre ti, no necesariamente de tu apariencia física, a veces respondes “gracias por el piropo”.
La palabra “piropo” viene del latín “pyropus”, que significa “aleación de cobre y oro de color rojo brillante”, que tiene relación con el griego “piros”, que significa “fuego”. Se usaba durante la edad media y la edad moderna en el sentido de metal candente.
En 1780, el diccionario de la Real Academia registra el significado de piedra preciosa de color rojo, como el rubí, y en 1880 acepta el significado de elogio romántico (“requiebro”), pero ya aparecía en obras literarias con el significado de “elogio” desde 1833, en España.
Según la base de datos de la Real Academia, en una obra llamada “La Bruja de Madrid” (1850), se cuenta cómo unas mujeres muy bonitas le decían “piropos” a hombres incluso feos. En “Tradiciones peruanas” (1875), de Ricardo Palma, una mujer le dice a su amigo: “¡Anda con Dios, angelito! Tú sabes tanto como Chavarría”. Y el narrador reflexiona en tono irónico: “Contentísimo salí con el piropo”.
El piropo tradicional tiene una compleja elaboración metafórica. Muchas veces son verdaderos poemas. El problema es que elabora una metáfora a partir de la idea de que la mujer es objeto, como explica Mariana Achúgar. El piropo: “¡Ay morena! Si como lo mueves lo bates, ¡ay qué chocolate!”, consta de dos versos y una rima: “bates” y “chocolate”, pero pone a la mujer en la categoría de comida.
Cuando se le dice a un desconocido un dicho vulgar y ofensivo, no podría llamarse piropo. La intención es ofender. En el piropo tradicional, el juego con la dimensión lúdica del lenguaje no conlleva esa intención.
Me gustaría recordar piropos más creativos y poéticos. Envíemelos a lenguaencolombia@gmail.com.

Thursday, October 12, 2017

Chuspa


Vallecaucano que se respete dice 'chuspa', pero ¿cuál es el origen de esa palabra?

Publicado en El País 10/10/2017

En el Valle del Cauca es común usar la palabra “chuspa” por “bolsa de plástico”. Cuando estuve en Bogotá, sin pensar mucho, le pedí una “chuspita” a la mesera bogotana, y esta se quedó mirando como si yo estuviera hablando en otro idioma.
            De alguna manera “chuspa” sí es de otro idioma, pues es una palabra de origen quechua (la lengua del Imperio Inca), según el diccionario de Leonardo Tascón. Se usa en el español de toda el área de influencia quechua: Perú, Bolivia, Chile y Argentina, según el Diccionario de la Real Academia.
Parece que solo en el español caucano-valluno tiene el sentido de “bolsa de plástico”. Recuerdo que cuando viajé a Ecuador también cometí el error de pedir una “chuspita”, y la cara del vendedor no fue de extrañeza, sino de risa pícara. Al parecer tiene un significado erótico y vulgar, que el lector podrá inferir.
            Las “chuspas” quechuas originalmente no son de plástico. Eran bolsas tejidas, tradicionales de los indígenas quechuas, que se usaban para llevar hojas de una planta sagrada: la coca (otra palabra quechua, “kuka”).
La coca era una planta de consumo exclusivo en rituales, fiestas o funerales. En un manuscrito anónimo de principios del siglo XVII, titulado “Relación de la coca y de su origen y principio”, se cuenta que la coca era una diosa que fue transformada en planta.
Así pues, las chuspas tejidas también tendrían una utilización ritual, para el consumo de la planta sagrada. Nicola Sharratt le dedica un libro completo a las chuspas, llamado “Carrying Coca: 1,500 Years of Andean Chuspas”, para ensalzar el diseño de las chuspas quechuas.
Los cronistas mencionan el uso de “chuspas” entre los indígenas quechuas. El Inca Garcilaso de la Vega, cronista mestizo, las menciona en 1609, y Huamán Poma de Ayala, el indígena cronista dibujante, incluye las chuspas entre sus descripciones de las costumbres indígenas en 1615. Así lo atestigua la base de datos histórica de la Real Academia (CORDE).
El suroccidente colombiano recibió influencia quechua porque el imperio Inca alcanzaba lo que hoy es Nariño. También por los indígenas que trajo Sebastián de Belalcázar como servidumbre, los cuales se llamaban “yanaconas”, o cargueros en lengua quechua. De hecho, la comunidad yanacona existe hoy en día en el Valle del Cauca.
Las palabras quechuas que entraron al español se conocen como “quechuismos”, y son numerosas: “papa”, “zapallo”, “ñapa”, “coca”, “guachafita”, “guache”, “cancha”, “cholo” y “cholao”, entre otras muchas.
Ahora bien, si las “chuspas” son originalmente bolsas tejidas, ¿cómo pasó a significar “bolsas de plástico”? Para responder esta pregunta no podemos hacer más que especular, o plantear una hipótesis, pues no existe testimonio escrito de este cambio.
Es posible, entonces, que el desarrollo de esta palabra esté ligado también al de la coca. Como dijimos, no era una planta de consumo corriente entre los indígenas en la época precolombina. Fueron los colonizadores españoles quienes la convirtieron en producto comercial: se la vendían a los indígenas para que resistieran las jornadas de trabajo que se les imponía, según dice el manuscrito “Relación de la coca”.
Así pues, cuando la coca empezó a comercializarse, las “chuspas” donde venían comenzarían a convertirse en corrientes bolsas de mercado. La palabra “chuspa” probablemente significó “bolsa de mercado” durante la época de la colonia en el Valle del Cauca.
Cuando aparecieron las bolsas de plástico para llevar el mercado en los almacenes de cadena, se le empezaría a llamar “chuspas” a las bolsas de plástico por usadas para llevar lo que se compraba. Muy pronto se trasladaría el sentido de “bolsa de mercado” a “bolsa de plástico”.
La palabra “chuspa” tiene de por sí una cualidad sonora similar a la bolsa de plástico cuando se remueve. Ese sonido “chus” se parece mucho al “chus chus” de las bolsas de mercado que ahora nos cobran por usar.
El solo sonido de una palabra muchas veces tiene un simbolismo que refuerza determinado significado. No está de más considerar que el valor fonosimbólico de “chuspa” tuvo que ver con el sentido peculiar que tomó en el Valle del Cauca.
La palabra “chuspa”, pues, se quedó para darle color a este hermoso modo de hablar vallecaucano. Expliquémosle bien al bogotano lo que significa y usémosla según nuestro capricho. Los vallecaucanos usamos palabras bogotanas como “tusa” (depresión) o “pilo” (inteligente y trabajador), así que ellos también pueden aprender “chuspa”.
¿Alguna vez escuchó a alguien usar “chuspa” con otro significado que no fuera “bolsa de plástico”? ¿Como “bolsa tejida” o como “bolsa de mercado” en general? ¿Dónde? Escríbame a mi correo lenguaencolombia@gmail.com para contarme, y ayudarme a seguir investigando.

Thursday, October 5, 2017

¿Ahuyama, auyama, ahullama, aullama?

Los españoles usaron lenguas indígenas para designar las calabazas que encontraron en América a partir del siglo XVII, pues antes todo se llamaba calabaza. Una palabra es zapallo, que viene del quechua, y la otra es ahuyama. Esta proviene de otra lengua indígena, el cumanagoto, que hablaba un pueblo al oriente de Venezuela. La palabra cumanagota para el zapallo o la calabaza era “huahuayama” (Tascón). A estos indígenas también debemos la palabra “arepa”, por lo cual los venezolanos se arrogan la autoría de este delicioso plato meridional hispánico hecho de maíz.
            La escritura normativa de la palabra es “ahuyama”, aunque también es bastante común “aullama” y “auyama”. Probablemente la “h” tenía un sonido similar a la jota en lengua cumanagota. De hecho, la “h” en español antiguo y colonial temprano tenía una pronunciación como jota, probablemente hasta el siglo XVI o XVII. Todavía quedan palabras como “hartera” que en Colombia se pronuncia frecuentemente “jartera”. Esa pronunciación fue desapareciendo y por eso en palabras que quedan en el dominio de lo oral se pierde la tradición escritural. Una búsqueda en google arroja 290.000 resultados para “ahuyama”, 545.000 para “auyama”, 4070 para “aullama” y 3050 para “ahullama”. Aunque el diccionario académico admite solo “ahuyama”, la forma “auyama” goza de mayor aceptación en el lenguaje escrito.
            En sus diferentes variantes, se encuentra “ahuyama” en Colombia, Venezuela y República Dominicana, según el CORDE, en el siglo XX. En Colombia, se usa en las zonas central y norte. En el suroccidente se usa zapallo, pero una fuente me dice que en Nariño se prefiere “ahuyama”. Allí la palabra “calabaza” designa otro tipo de fruto, uno similar que es blanco por dentro, mientras que “ahuyama” o “zapallo” es el que es anaranjado por dentro. Es llamativo este dato porque va en contravía del quechua “zapallo” que es el más generalizado en la zona de influencia quechua.
            Parece que la palabra “zapallo”, según Tascón, empezó a considerarse demasiado vulgar, y algunas personas empezaron a preferir “ahuyama”. Tanto así que “zapallo” empezó a designar una persona bobalicona o sin gracia. Esta tendencia reemplazó “zapallo” por “ahuyama” en Nariño, pero no lo lograría en el Valle del Cauca.

Sunday, September 24, 2017

Aperturar

Publicado en Gaceta de El País de Cali el 20 de agosto de 2017

Me sugiere un lector que escriba sobre el término “aperturar”, que se ha puesto tan de moda últimamente, especialmente en el lenguaje financiero.
El especialista bancario dirá algo como “Para aperturar su cuenta de ahorros, debe diligenciar el formulario que se encuentra localizado en el web site de nuestro establecimiento”, cuando puede decir, “Para abrir su cuenta de ahorros, debe llenar el formulario que está en la página web del banco”.
El término “aperturar” puede resultar molesto por lo pretencioso e innecesario, pues existe el término más común “abrir” que indica exactamente lo mismo, razón por la cual la Real Academia afirma que no está justificado. Sin embargo, la Academia olvida que la terminación “ar” o “ear” es un recurso totalmente válido para formar verbos a partir de sustantivos, adjetivos u otras palabras, y el resultado semántico puede variar un poco.
Existen palabras tan antiguas y comunes como “limpiar” a partir del adjetivo “limpio” o “viajar” a partir de viaje. La palabra “fritar”, de hecho, surge a partir de “frito”. Y “frito” era un adjetivo derivado de “freír”: antiguamente se decía “no he frito la carne”. Decir “fritar” es como si hiciéramos un verbo a partir de “devuelto”, como “devueltar”, o de “impreso”, como “impresar”.
También existen creaciones recientes como “googlear” que significa “buscar en google”, “morbosear” que indica realizar actos morbosos o “formatear” que es reestablecer el formato de un disco de un computador.
¿Para qué decir “formatear” en lugar de “formar”? Posiblemente porque “formar” pierde el vínculo con el tecnicismo “formato”, que tiene un sentido muy específico en el lenguaje informático. Esa es la diferencia con “aperturar”. “Formatear” tiene un sentido diferente de “formar”, pero “aperturar” parece ser exactamente lo mismo que “abrir”.
La Real Academia acepta “juguetear” a pesar de que existe “jugar”. “Juguetear” proviene de “juguete”, y significa utilizar algo como juguete. Son sinónimos aproximados, pero se acepta “juguetear” para establecer una pequeña distinción.
La terminación “ar” es activa y dinámica en español, mientras que las terminaciones “er” o “ir” son estáticas. Nunca se formaría un verbo a partir de un adjetivo o sustantivo con estas palabras. Por ejemplo, nunca diríamos “gogleer”, “morboser” ni “formatir”. Uno puede decir “abrí una cuenta”, pero nunca “formatí el computador”. Solo se forman nuevas palabras con “ar”.
El verbo “aperturar” proviene del latín “apertura”, y este dio origen a una palabra muy común: “abertura” con “b”. Sin embargo, “abertura” es un hoyo en un pantalón, un hueco en la pared, una incisión quirúrgica o, en todo caso, el resultado de “abrir” en el sentido físico.
En cambio, “apertura” es el resultado de “abrir” en sentido metafórico. “Apertura” se refiere al inicio de un contrato entre el usuario y la entidad financiera, si una cuenta de ahorros se puede considerar un contrato. No es que uno abra un hueco en las paredes del banco, sino que abre un canal de flujo de dinero por medio de la cuenta de ahorros.
El sustantivo más común en la edad media hasta el siglo XVII era “abertura”, mientras que “apertura” se vuelve común solo en el siglo XVIII, según la base de datos de la Real Academia. Es posible que los conocedores de la lengua latina hubieran rescatado la forma con “p” para significar la acción de abrir en un sentido abstracto.
Siguiendo la lógica de “apertura” versus “abertura”, se introduce “aperturar” versus “abrir”. “Aperturar” es “abrir” en sentido metafórico, por lo que “aperturar” y “abrir” no significan exactamente lo mismo.
A partir de “aperturar” podíamos ir más lejos y crear un sustantivo agregando la palabra “ción”, y así tendríamos “aperturación”. Pero incluso se podría llevar la cuestión al extremo y crear luego un nuevo verbo con “ar” y hacer “aperturacionar”, para crear luego un nuevo sustantivo con “miento” y decir “aperturacionamiento”.
Y todas estas creaciones serían perfectamente válidas en español. ¿Por qué no? Existe la palabra “apertura” y luego todos los sufijos españoles como “ar”, “ción” y “miento”. Aunque el diccionario no abarque todas las posibles construcciones con sufijos, todas ellas son válidas.
Es tan válido decir “ahora” como “ahorita” como “ahorititica” como “ahoritititititica” como “aperturar”, “fritar” o “formatear”.
¿Por qué la Academia acepta “juguetear”, pero no “aperturar”? “Juguetear” es casi lo mismo que “jugar” y “aperturar” casi lo mismo que “abrir”. ¿Por qué “juguetear” sí y “aperturar” no? Todo depende de la aceptación común del público o el usuario común de la lengua. La norma académica es una cuestión de gustos.

Tuesday, September 19, 2017

Asuntos qué/que tratar

Una duda común entre los hispanohablantes es si se escribe “asuntos que tratar” o “asuntos qué tratar”. No se preocupen: hasta la Real Academia tiene la misma duda.
En mi opinión, la palabra “qué” debe ir tildada porque funciona como pregunta indirecta. Por ejemplo, “‘¿Tenemos asuntos qué tratar?’, le pregunté” se puede transformar en “Le pregunté si teníamos asuntos qué tratar”. En este caso, el verbo “tener” indica posesión, porque los hablantes están en posesión abstracta de tales asuntos.
No se debe confundir con la perífrasis “tener que”, que significa obligación: “Tenemos que tratar unos asuntos” es diferente de “tenemos asuntos qué tratar”. La primera indica obligación, la segunda indica la posesión de tales asuntos. Lo mismo ocurre con “haber que”: en “hay asuntos qué tratar”, “hay” indica existencia y en “hay que tratar unos asuntos”, “hay que” indica obligación.
Ahora bien, existen contextos similares en los que se pierde la noción de pregunta indirecta. En el ejemplo “Tenemos/hay asuntos qué tratar” no existe la figura introductoria “le pregunto”, pero sigue operándola misma noción sintáctica aunque la semántica haya desdibujado el sentido de pregunta.
En el Diccionario Panhispánico de dudas, es posible encontrar información contradictoria. En la entrada “qué”, dice:
“Este pronombre puede introducir oraciones interrogativas indirectas con verbo en infinitivo y dependientes de los verbos tener y haber: «—¿A qué te dedicas, Juanito? [...] —Hace seis meses que me arruiné en el campo, y no tengo qué hacer» (Araya Luna [Chile 1982]); «No había qué comer, para variar, pero teníamos dignidad» (Valdés Vida [Cuba 1996] 119). Este uso no ha de confundirse con las perífrasis verbales haber que o tener que seguidas de infinitivo, que expresan necesidad u obligación, en las que que es conjunción átona que debe escribirse sin tilde (→ que, 2.14): «No tienes que hacer nada» (Pedrero Invierno [Esp. 1989]); «A él no le gustaba la tragonería, pero había que comer» (GaBadell Funeral [Esp. 1975]). (qué)
Sin embargo, en la entrada “a”, donde discute si se puede usar “asuntos a tratar”, escribe lo siguiente:
Si la preposición a admite su sustitución por las preposiciones por o para, o el relativo que, sin que sea necesario cambiar la estructura de la construcción y sin que cambie el significado, debe desecharse la construcción galicada: Tenemos dos asuntos a tratar (mejor Tenemos dos asuntos que tratar); No hay más asuntos a discutir (mejor No hay más asuntos que/por/para discutir). (a)
Es decir, el mismo diccionario está cometiendo una falta de ortografía y contraviniendo su propia regla.
            Según el área de consultas del RAE, en pregunta y exclamación indirecta se debe usar la tilde: “Ya verás qué bien lo pasamos”. Pero hay ocasiones en las que se permite tanto con tilde como sin tilde:
Esta doble posibilidad se da cuando los relativos introducen subordinadas relativas sin antecedente expreso, siempre que el antecedente implícito sea indefinido y tenga carácter inespecífico (una persona, alguien, algo, algún lugar, nadie, nada, etc.). Esto ocurre cuando la oración de relativo sin antecedente depende de verbos como haber, tener, buscar, encontrar, necesitar, etc., que admiten complementos indefinidos de carácter inespecífico. En estos casos es aceptable escribir el relativo tanto con tilde, reflejando la pronunciación tónica, como sin ella, representando la pronunciación átona.
            El problema es que no hay con qué/que alimentar a tanta gente.
Ya ha encontrado quién/quien le quiera y no necesita nada más.
                        Buscó dónde/donde sentarse, pero no había asientos libres.
                        No tenía cómo/como defenderse de las acusaciones. (consultas)
Lo que yo interpreto de esta afirmación, para ponerla en términos más sencillos, es que solo cuando la pregunta indirecta está explícita en el contexto será obligatorio el uso de la tilde. No estoy de acuerdo con esto, pero tampoco me voy a poner de más papista del papa a contradecir la contradicción de la Academia. De hecho, la busqué en Google Books y sí, todo el mundo escribe “asuntos que tratar”, como el mismo escritor del diccionario contradiciendo su propia norma.
Yo la escribiré con tilde donde me suene el acento. A lo mejor la Academia en sus estudios ha encontrado que ya la gente no produce un acento prosódico ahí, pero me gustaría ver cómo se midió ese aspecto.
Me pesa es el esfuerzo que pasé corrigiendo a mis estudiantes por esto. No vuelvo a corregir a nadie por esto, la vida se hace más sencilla así.