Monday, December 3, 2018

Persona y persono: Lenguaje incluyente


En español existen dos clases de género: el género semántico y el género morfológico. El género semántico es el que cambia según el significado, es decir, señala el sexo biológico: señor, señora; abogado, abogada. El segundo solo se refiere a una clase gramatical, y no tiene impacto en el significado: el baño siempre será masculino, no es que los baños sean hombres.
El género semántico generalmente se refiere a las personas y a ciertos animales: soltero, soltera; niño, niña; muchacho, muchacha; gato, gata; perro, perra. El género morfológico se refiere generalmente a entes inanimados, pues estos no tienen sexo biológico. Sin embargo, hay animales que solo tienen género morfológico: jirafa hembra y jirafa macho. Como en “la jirafa macho estaba sentada en un árbol”.
Y esto es lo importante aquí: hay referencias a seres humanos que solo tienen género morfológico: “él es una persona muy bella” o “ella es un ser humano muy bello”. “Persona” y “ser humano” solo tienen género morfológico. Esto porque se refiere a una cualidad abstracta de lo humano. Por eso, no tiene sentido decir “persono” o “ser humana”. Los que se burlan del lenguaje incluyente con estos ejemplos están muy equivocados.
Los géneros semántico y morfológico no se mezclan en la concordancia. Por ejemplo, sería muy extraño decir “había niños y juguetes muy bonitos” o “las niñas y las flores son muy suaves”.
A veces el cambio de género crea una nueva palabra. Es el caso de “naranja”, que es la fruta, y “naranjo”, que es el árbol. Aunque la palabra cambia por el género, el significado completo es diferente, no es simplemente de género. Por eso “naranja” y “naranjo” son en realidad palabas diferentes.
¿Qué pasa entonces con “todas y todos”? La Academia dice que “todos” es genérico, y los lingüistas aceptan que es así, pero yo no estoy de acuerdo con esto. Yo creo que “todos” es una palabra de género semántico, porque varía según el sexo biológico del grupo al que se refiere. Si fuera genérica, se diría “todos” a un grupo de solo mujeres.
En mi opinión, el problema no es que sea excluyente. El problema es que considera a las mujeres una clase especial de hombres cuando están en un grupo mixto. Es decir, las mujeres solas mantienen su condición de mujeres, pero cuando están con hombres deben ser mencionadas según el sexo biológico del hombre, como si fueran su apéndice, o su costilla, según el mito de creación.
Si usamos “todas” ante un grupo mixto que incluye hombres, ¿qué reacción tienen los hombres? Empiezan a hablar como gays, mofándose de la situación. No es que se sientan excluidos, sino que se sienten tratados como mujeres. Por eso es verdad que, en lo posible, debemos demandar el “todos y todas”, aunque en ciertas circunstancias no se permite.
En grupos mixtos de género morfológico prevalece el plural masculino, pero este es un objeto meramente morfológico. Cuando decimos “el baño y la cocina están limpios”, no estamos siendo discriminatorios con la cocina porque es un objeto. Pero si decimos: “el niño y la niña son muy tiernos”, estamos tratando a las personas como objetos gramaticales. Si decimos “todos” para incluir mujeres, estamos asumiendo falsamente que las personas son seres sin sexo, sin significado, como el baño y la cocina.
Otra clasificación del género es entre género explícito y género implícito. El género explícito es cuando la palabra masculina termina en “o” y la palabra femenina termina en “a”. La palabra “casa” es femenina, y tiene género explícito, porque termina en “a” y es femenina; la palabra “baño” termina en “o” y es masculina, por eso tiene género explícito.
Palabras referidas a profesiones se han usado tanto en femenino como en masculino, como abogado y abogada, médico y médica, ingeniero o ingeniera. Por fuerza del uso, se deben considerar de género explícito, y debemos demandar el uso del femenino. Ahora bien, hay palabras como “piloto”, que parecen todavía tener género implícito: “ella es piloto”, no “pilota”.
Las palabras referidas a profesiones que terminan en “o”, no obstante, siempre admitirán un cambio a “a” para la referencia al femenino, aunque en principio suenen raro. Basta que nos acostumbremos a ellas para que empiecen a sonar normal. Las palabras referidas a una cualidad abstracta del individuo, como “testigo” o “ser humano” pueden considerarse de género implícito, por lo tanto no es discriminatorio decir “la testigo”, como no lo es decir “el artista”, aunque termine en “a”.
El género implícito es todos los demás casos, es decir, género femenino que no termine en “a”. Incluye generalmente palabras terminadas en “e”. Una palabra como “calle” es femenina, pero “cofre” es masculina, aunque ambas terminan en “e”. También hay palabras terminadas en “a” que son masculinas como “el problema” o palabras terminadas en “o” que son femeninas como “la mano”.
Palabras terminadas en “e” como “jefe” o “presidente”, pues, pueden aplicarse tanto al femenino como masculino, al igual que “estudiante”, “gerente”, “sacerdote”. De hecho, el feminismo reclama que la Iglesia católica tenga “mujeres sacerdotes” y no “sacerdotas”. Está la palabra “juez” que sirve para hombre y mujer, pues tiene morfología implícita.
Hay nombres de profesiones terminados en “ista” que son de morfología implícita, porque aplican tanto para el masculino para el femenino. Y están también profesiones terminadas en “a” como “pediatra” que aplican tanto para mujeres como para hombres, como “el pediatra” o “la pediatra”. Y palabras terminadas en “o” que aplican para ambos sexos: “el testigo” o “la testigo”.
¿Por qué, entonces, demandar “presidenta”? Porque cuando decimos “presidente” nos hacemos la imagen mental de un hombre, pero cuando decimos “estudiante”, la imagen mental puede ser de hombre y de mujer. Entonces “presidenta” se basa en aceptar el prejuicio de que los presidentes son hombres. De alguna manera, decir “presidenta” sería discriminatorio, pero hay otra forma de verlo
¿Por qué demandar “jefa”, “presidenta” y “jueza”, pero no “docenta”, “estudianta” o “dementa”?
La otra vez alguien decía que porque “presidente” es el “ente” y nos interesan palabras que se refieren a lo fundamental, que es el ente. Esto no es verdad. La terminación “ente” proviene del latín “entis” que significa “el o la que hace”. El “ente” es el verbo ser con esta terminación, como quien realiza la acción de “ser”.
¿Por qué demandar “jefa”, “presidenta” y “jueza”, pero no “docenta”, “estudianta” o “dementa”?
Simplemente por tradición. Es decir, “jefa”, “presidente” y “jueza” tienen una larga tradición de uso desde antiguo, pero no así “docenta”, “estudianta” o “dementa”.
Encontramos “jueza” y “jefa” desde 1852; “jueza” con seis casos y “jefa” con 20 casos; ¡“presidenta” nada menos que desde 1448, con 105 casos! “Generala” aparece desde 1764, y tiene 125 casos. Esto según la base de datos histórica de la Real Academia.
Tradicionalmente “jefa” se decía irónicamente a la esposa regañona, mientras que “jueza” era la esposa del juez, o “generala” también se le decía a una mujer mandona o a la esposa del general. Pues bien, estas palabras adquirieron género explícito en un sentido despectivo, y ahora la Academia acepta la forma femenina.
“Estudianta” tiene un caso en 1899 y uno en 1940, ambos en sentido irónico, pero aún así muy pocos como para haber prosperado entre los hablantes. De hecho, la Academia acepta “asistenta”, pues tiene 57 casos desde 1840. Ejemplo de su sentido despectivo está el uso de “asistonta”.
Estos usos irónicos o despectivos del femenino en palabras neutrales suelen atribuirse a cargos de poder. Esto por cuanto siempre se desdeña de la mujer que tiene poder como poco femenina y hasta caricaturesca.
Mucho cuidado con esto: lo que hace el feminismo es resignificar estas palabras que se usaban en sentido despectivo. No es que estemos demandando el uso del femenino en todas las palabras para resaltar el femenino. Si así fuera, tendríamos que exigir “dementa”, “inteligente”, “ignoranta” o “representanta” y así ponerle género a todas las palabras terminadas en “e”. Incluso, tendríamos que decir “persona” y “persono”, “artista” y “artisto”, “colega” y “colego”.
No, no es que estemos demandando ponerle género a todo para resaltar a la mujer. Lo que se busca es resignificar palabras viejas que ya tenían un femenino innecesario y despectivo, para darles un sentido positivo. Y resignificar tiene un poder inimaginable. Se retoman palabras como “jefa” que tenían sentidos despectivos y se les da un sentido de respeto. Así, se le quita poder semántico al sentido despectivo que tenía.
Es decir, el uso feminista de “presidenta” no se debe a la necesidad de resaltar el femenino. No. Se debe a la necesidad de reusar un femenino tradicionalmente despectivo para resignificarlo. En palabras que no se refieren a cargos de poder, la tradición no ha puesto el femenino. Solo se ridiculiza a la mujer en cargos de poder, no en situaciones como “demente” o “dementa”.
Es como lo que pasa en inglés, que “bitch” significaba “perra, puta”, pero hoy se refiere a una mujer que no se deja de nadie, de mucho carácter. Y muchas mujeres dicen con orgullo: “I’m bitchy” (soy perrona, putona).
Pero no tengo solución para el problema de “todos y todas”. Acepto que es machista, pero en muchas ocasiones resulta demasiado engorroso reiterarlo. Es que la lengua es machista porque obedece a una tradición patriarcal, y ante eso no hay mucho que pueda hacerse. Lo que sí podemos hacer es usar de vez en cuando el “todas” con tono irónico para incluir a los hombres. Y cuando es evidente que nos referimos a una mayoría de mujeres, usemos el “todas”. De esa manera, empezamos a resignificar el género semántico en español.

Thursday, November 22, 2018

Pronunciación español vallecaucano


Publicado en Gaceta Dominical, El País de Cali, junio 24 de 2018

A los caleños nos parodian frecuentemente por nuestro modo de hablar. Pero muchas veces lo hacen mal. Dicen “mirá, oís”, como si fuéramos los únicos en el mundo en decir “mirá, oís”. Paisas y argentinos lo dicen igualmente. Y nos ponen a hablar lento, como si tuviéramos pereza de hablar.
El “mirá, oís” no es una cosa de la pronunciación, son formas de conjugar “mirar” y “oír” en imperativo de persona “vos”. Se necesitaría toda una clase de gramática para enseñarle a un no vallecaucano cómo conjugar esa segunda persona.
Aquí no enfocaremos solo en la pronunciación. Si usted es foráneo y quiere hablar como vallecaucano, le servirá de iniciación. Y si usted es vallecaucano de pura cepa, aprenderá algo más de lo bonito que es hablar así.
Pronunciación de “s”: Una de las características primordiales tiene que ver con los cambios que sufre el sonido “s” en el habla. En ocasiones se convierte en un sonido similar a la “j”. Pero mucho cuidado, que no es en cualquier parte.
La regla es: “s” se convierte en “j” entre dos vocales, nunca en otro sitio. Por ejemplo, decir “voj qué queréj” es incorrecto, porque la “s” de “vos” queda antes de la primera consonante de “que”, y en “querés” queda antes de pausa.
Hay un chiste que ronda por ahí, “¿a dónde vas a ir?” suena como un vallecaucano como Jaír: “¿a dónde va Jaír?”. Esto es correcto. La “s” queda entre dos “a”: “vas a ir”. O en: “¿qué vas a hacer con eso?”, que resulta en: “¿qué vajajér conejo?”. Perfectamente correcto: todos los sonidos de “s” quedan entre vocales. En “hacer”, la “c”, que se pronuncia “s”, en vallecaucano queda “j” por estar entre “a” y “e”. Y “con eso” lo mismo, la “s” queda entre “e” y “o”.
Esto ocurre frecuentemente en el lenguaje rápido e informal, y se reduce en el lenguaje formal. Es decir, si un vallecaucano está en una entrevista de trabajo, logrará decir la “s” como “s” en todos o la mayoría de los casos. Pero con los amigos, cuando se relaja, convertirá la “s” en “j” entre vocales.
Pronunciación de “n”: Otra de las características del español vallecaucano es la pronunciación de “n” al final de la frase, mejor dicho, cuando viene después una pausa larga. Esta se convierte en “m”.
En el español general, estándar, la “n” se vuelve “m” antes de “b” o “p”, como en “imperio” o “enviar” (la “v” se pronuncia como “b” en todo el español). O cuando ocurre en medio de la frase, como en: “un burro” se pronuncia “um burro”.
Pero solo en español vallecaucano, la “n” se convierte en “m” antes de pausa. Por ejemplo, “mirá, ¿querés gaseosa con pam?”. Ahí sí se pronuncia “m” en “pan”. Pero si alguien dice: “mirá, ¿quéres comprar pan con gaseosa?”. Ahí la “n” no se vuelve “m”.
            De esto sí que es difícil darnos cuenta, tanto que lo decimos incluso en el lenguaje formal. Los forasteros se dan cuenta inmediatamente, pero nosotros ni siquiera creemos que estamos diciendo una “m”. En nuestra mente, la “n” es perfecta.
Pero los imitadores se equivocan y dicen “pam con gaseosa”, cuando no ha habido pausa después de “pan”. Y por eso suena forzado.
            Pronunciación de las vocales: Las vocales en español vallecaucano tienen una tendencia a pronunciarse con cierta nasalidad. Hay una parte del paladar que queda más atrás casi en la garganta, que se llama el “velo”. La nasalidad se logra porque la parte de atrás de la lengua toca un poco el velo del paladar y hace que parte del aire salga por la nariz.
Esto ocurre en absolutamente todas las vocales, aunque las vocales que quedan cerca a “m” o “n” resultan más afectadas. Y hay ciertas personas que tienen una tendencia más fuerte a nasalizar las vocales. Entre más raizal el vallecaucano, más nasalidad de sus vocales.
Esto también es muy difícil de controlar. Por muy formal que tratemos de hablar, este hábito articulatorio se mantiene, porque así lo aprendimos desde que éramos bebés.
Entonación: Es uno de los aspectos más difíciles de explicar por escrito, y hay muchos elementos que conforman nuestro cantado o melodía. Sin embargo, uno de los más notables es cuando usamos dos frases que están unidas. La primera tendemos a pronunciarla como pregunta.
Por ejemplo, “cuando salimos, ya estábamos todos ahí”. Hay dos frases, “cuando salimos”, que es la primera, suena como: “¿cuándo salimos?, ya estábamos todos ahí”. Pero la primera no es una pregunta, aunque suena un poco así.
Y de esto me he dado cuenta cuando hablo con gente que no es vallecaucana. Como yo tengo un intenso acento caleño (¿acento caleño?), me suele pasar que piensan que estoy haciendo una pregunta. Entonces, cuando estoy hablando (¿hablando?), digo “cuando salimos” y me dicen “sí”, como respondiendo; piensan que estoy haciendo una pregunta.
A veces nos imitan “mirá, ve” con un alargamiento en las últimas vocales como en “miráá, véé”. Y esto está correcto, pero solo ocurre en verbos de mandato. Pero luego cuando nos tratan de imitar, hacen ese alargamiento al final de todas las frases, ¡incorrecto!

Monday, November 19, 2018

Respeto y correa


Respetar a punta de correazos: ¿qué significa, y de dónde viene esta idea? 

Publicado en Gaceta Dominical del diario El País de Cali, 18 de noviembre de 2018

Tengo que confesar que me gusta mucho leer los foros de noticias de Facebook, porque allí aprendo mucho sobre cómo piensa la gente. Es una manera de establecer contacto con la realidad social en toda su crudeza. Aunque a veces puede llegar a ser devastador, es importante mantener ese polo a tierra.
            Me voy a referir a un evento aparentemente trivial que se convirtió en hecho noticioso en el marco de las protestas estudiantiles que ocurren por estos días en Colombia. En la Universidad Industrial de Santander, una mujer azota un cinturón contra el piso buscando a su hijo entre los manifestantes. El hecho, que ocurrió el 8 de noviembre, quedó registrado en video.
En los foros de noticias, muchas personas celebran la actuación de la señora, porque según ellos con correazos la persona aprende a “respetar”. Curiosamente el día anterior se había publicado un artículo donde se reseña evidencia científica sobre los efectos negativos del castigo físico. Entonces la actuación de la señora cayó como anillo al dedo.
Un comentarista afirmaba lo siguiente: “A mi me dieron palo y juete ventiao y crecí con un trauma. Ese trauma se llama respeto hacia los demás”. Y otro dice: “A mí me dieron palo y rejo cuando me lo merecía, cuando era irrespetuoso con mis mayores, profesores y eso no me.traumo”.
Y yo me preguntaba: ¿respeto hacia los mayores y profesores? Yo pensaba que todo el mundo merecía respeto, no solo los mayores o los profesores. ¿Y solo puedo respetar a alguien que puede darme juete ventiao? ¿Qué clase de respeto es ese?
La Constitución colombiana consagra el respeto por la persona humana. En ningún momento dice que solo por los mayores, profesores o alguna figura de autoridad. Todos los seres humanos merecen respeto en el marco del estado social de derecho.
El “respeto” como una consideración que todas las personas merecen es un concepto moderno, que se puede empezar a rastrear en el siglo XVII. El “respeto” dirigido solo a las personas de autoridad es una concepción medieval, influida por los viejos conceptos de “honor” y “honra”.
En el siglo XIII, el místico catalán Ramón Llull escribe en su “Libro de la orden de caballería” que todos los “caballeros” debían hacer valer su honor, exhibiendo virtudes como la lealtad al rey y la fe cristiana. Los que no fueran caballeros debían reconocer el “honor” del caballero mediante la “honra”.
¿Cómo se “honra” a un caballero? Nos arrodillamos ante él, le llamamos “don”, “vuestra merced”, no lo miramos directamente, le obedecemos en todo, nos sometemos en cuerpo y alma.
Todo esto proviene de un hecho muy práctico: el ejército de caballería era el más poderoso efectivo militar en la época medieval. Los reinos cristianos del norte de la Península Ibérica consiguen recuperar las tierras ocupadas por los árabes. Y así se va formando lo que hoy conocemos como España.
Poco a poco el ejército de caballería deja de ser tan importante, por la introducción de otras técnicas de batalla y la aparición de las armas de fuego. Pero el prestigio social de las familias de los antiguos caballeros se pasa como herencia a los descendientes, aunque estos ya no sean militares. Y así surge la clase “noble”.
El requerimiento de la “honra” se aplica a las personas de mayor edad y a los padres. “Honrar a padre y madre”, versa la ley de Moisés en la traducción hispana. Si cambiáramos “honrar” por “respetar” tendríamos el mismo sentido, pero este “respetar” está influido por la tradición judeocristiana que tuvo repercusión en el imaginario medieval.
Cuando la persona aprende a someterse a sus padres, lo hará mucho más fácil ante un rey o gobernante. Por eso resultaba tan conveniente este mandamiento moral en la época medieval para perpetuar el orden establecido.
Las bases de datos históricas de la Real Academia muestran que la palabra “honra” se usa muy frecuentemente por escrito en la edad media, hasta el siglo XVI. En el siglo XVII, empieza a declinar el uso de esta palabra a favor de la palabra “respeto”.
El siglo XVII coincide con la consolidación del ascenso de una clase social en América. Marineros, militares y comerciantes españoles lograron cargos burocráticos que les otorgó el acceso a una clase social más elevada, que en España estaba reservada a la nobleza, por familia.
Este movimiento social fue haciendo reemplazar el concepto de “honra” por uno más democrático: el de “respeto”. El “respeto” implica, en principio, que cualquier persona puede ser digna de “honra” por su esfuerzo, valentía y buenas costumbres. Poco a poco, el “respeto” se convierte en un reconocimiento que toda persona merece por el solo hecho de ser humano, siendo este un concepto moderno.
Así pues, cuando alguien dice que aprendió a “respetar” a punta de golpes, está usando un concepto medieval. Está diciendo que aprendió a someterse ante alguien de mayor autoridad y fuerza física. Y lo aprendió tan bien, que ni siquiera ha logrado tomar distancia crítica del maltrato que recibió en su infancia.

Sunday, November 11, 2018

Marica



En Bolivia se ha gestado un movimiento entre los indígenas de la comunidad LGTB que se autodenomina “Movimiento Maricas Bolivia”, surgido en 2011. Sí, y usan la palabra “marica”, que suena tan grosero, despectivo, tan políticamente incorrecto. Es un fenómeno que se llamaba “resignificación” y pone patas arriba todo el fenómeno de los eufemismos.
             Usar LGTB o el sofisticado “gay” puede ser considerado eufemismo, pues busca una manera más elegante de nombrar a una comunidad tradicionalmente vilipendiada por una sociedad que los llama despectivamente “maricones”.
La sigla LGTB busca incluir la mayor cantidad de posibilidades de orientación sexual, para evitar cuidadosamente que alguno se sienta excluido: Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales. Pero después se dieron cuenta de que quedaban por fuera los Intersexuales, aquellos que nacieron en una situación intermedia entre hombre o mujer, o los Questioning (Preguntándose), que no han definido su orientación sexual. El nuevo término es LGTBIQ.
En español, además, el uso de una palabra inglesa “gay” permite darle cierta sofisticación a la realidad que se menciona. Como en vez de “paseo de olla” le llamamos “picnic” o en vez de “paparrucha” decimos “fake news”; o no le llamemos “pupitrazo” a aprobar rápidamente una ley, llamémosle “fast track”. O no digamos proaborto, llamémonos “prochoice” (proelección), ni antiabortista, sino “prolife” o su traducción “provida”.
En este orden de ideas va la crítica que propone el Movimiento Maricas Bolivia con respecto a la palabra “gay”. En el video publicado en youtube, Edgar Solís afirma que todo el discurso respecto al género está influenciado por la cultura anglosajona y es de corte burgués. La palabra “gay” le suena muy referido a los maricas norteamericanos de clases acomodadas.
Los homosexuales pobres e indígenas tienen mucho más que decir al respecto. Son una población triplemente marginada por su orientación sexual, clase socioeconómica y procedencia étnica. Al interior de las mismas comunidades indígenas ya existe un estigma muy fuerte contra los homosexuales, que no encuentran cobijo ni en sus comunidades indígenas ni en la sociedad general, y terminan totalmente marginados, prosigue Solís.
La palabra para marica en aymara (lengua indígena de Bolivia) es “k’eusa” y Edgar Solís deja entender que la mejor traducción sería “marica”.
La palabra “marica”, según el diccionario de la Real Academia, proviene de “María” y viene a ser su diminutivo. Recordemos que en español existe el diminutivo con “c”, como en “zapatico” y “maletica”. Pues bien, seguramente por ser un nombre común de mujer se aplicó con el diminutivo a los hombres que exhiben características femeninas. El diminutivo le da el sentido peyorativo.
En la base de datos histórica de la Real Academia, la primera documentación clara de la palabra en el sentido despectivo de “afeminado” aparece en 1599 en la novela picaresca Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán: “Como entienden que no los conocen, piensan que en engomándose el bigote y arrojando cuatro plumas han alcanzado la nobleza y valentía, siendo unos infames gallinas, pues no pelean plumas ni bigotes, sino corazones y hombres. ¡Vámonos, que yo le haré al marica que desocupe nuestros cuarteles y busque rancho!”.
Sin embargo, también se usa “marica” en femenino como sinónimo de “urraca”, así que es posible que más bien haya derivado de una metáfora del hombre afeminado como un pájaro similar, como se entiende en la cita. No es posible determinarlo con seguridad, pues la documentación en este sentido es escasa, debido a ser una palabra malsonante y no ser propia de lo escrito.
Más misterioso aún es el uso que se escucha en Colombia entre mujeres jóvenes para referirse a una amiga cercana, o incluso el uso de “marica” entre amigos casi como muletilla: “nooo, marica, ese man ni llegó…”. ya
La palabra “marica”, en todo caso, podría estar en riesgo de desaparecer si triunfa el afán de corrección política de influencia anglosajona. Por otro lado, si prospera la iniciativa del Movimiento Maricas Bolivia, podría incluso llegar a resignificarse en ciertas variedades, de manera que se convirtiera en una palabra normal. De hecho, al oír la entrevista a Edgar Solís, uno se va acostumbrando a escucharla y al final ya no suena tan fea.
Creo que la iniciativa del movimiento boliviano es la más desafiante que he escuchado contra la discriminación que sufren homosexuales. Tomar un término insultante y reapropiarlo llega incluso a molestar a los colectivos LGTBIQ, a la vez que va dejando sin recursos a los que buscan insultarlos. Así mismo hace el movimiento con otras palabras, como las referidas a las lesbianas, “marimachos” y “tortilleras”, versión colombiana: “areperas”.
P.D.: La Real Academia aceptó la palabra “gay” y su plural hispanizado es “gais”. Si escribimos “gays”, deberíamos usar la cursiva. Pero también podemos decir “maricas”.

Diminutivo


Publicado en la Gaceta Dominical de El País, 11 de noviembre de 2018

Habrán notado los más acuciosos que en Cali se escucha a veces decir “vamos a tomarnos un aguardientico” con “ico” al final, en vez de “aguardientito” o “aguardientecito”. Decimos “perrito”, pero también “gatico”, en vez de “gatito”. Decimos “ahorita”, pero “ahoritica” con “c” en vez de “ahoritita”.
¿Qué pasa aquí? ¿Por qué esta locura? ¿Cuándo metemos esa “c” para hacer el diminutivo? Bueno, no pasa solo en Cali, es en toda Colombia, Venezuela, Centroamérica y las islas del Caribe. Estas alternancias entre “ito” e “ico” son propias, mejor dicho, del español caribeño, como anota Hernán Zamora Elizondo, citado en la tesis de Sien Callebaut.
            Recordemos que el diminutivo es una parte de la palabra que se añade para expresar pequeñez. Un “libro” pequeño es un “librito” y una “casa” pequeña, una “casita”. O cuando las mamás le piden a uno: “páseme el cosito”, obviamente es un objeto pequeño, porque si fuera el “coso” sería un poco más grande.
A partir del sentido de pequeñez se han creado toda clase de significados metafóricos. Puede significar menor edad, como “pollo” versus “pollito”; “Alfonso” versus “Alfonsito”, pueden indicar padre e hijo del mismo nombre, para distinguirlos. O se le puede decir “Alfonsito” de cariño a alguien que se llama Alfonso, sin tener que indicar menor edad que nadie, o se le dice “mijita” (mi + hijita) a la esposa, sin que sea la hija.
            Sirven para suavizar la dureza de una frase, como cuando usted va a hacer una vuelta y el funcionario le dice “le falta la copiecita de la cédula”. O le dicen: “haga la filita por aquí” cuando usted se disponía a saltarse un turno, aunque la fila no sea para nada pequeña. Y si le dicen: “en este momentico no lo podemos atender”, no significa que el “momento” sea muy corto tiempo.
            Empecemos con la regla que se usa en todo el mundo hispanohablante: se añade “ito” o “ita” a la palabra que termina en “a” y “o” sin acento al final (“perro” y “perrito”, “casa” y “casita”), o a la palabra singular que termina en “s” (“japonés”, “japonesito”).
Se agrega “cito” o “cita” si la palabra termina en cualquier otra vocal, si termina en sílaba acentuada o en consonante: “diente” termina en “e” (no es “a” ni “o”), entonces el diminutivo es “dientecito”. Por esta misma regla existe “mamacita” y “papacito”, pues las palabras terminan en acento: “mamá” y “papá”. No es que esté incorrecto decir “mamita” o “papito”, sino que la regla nos permite entender por qué se dice “mamacita” o “papacito”.
Las palabras que terminan en consonante, pues, hacen el diminutivo con “cito” o “cita”: “favor” y “favorcito”, “canción” y “cancioncita”. Si termina en “z”, esta desaparece: “lápiz” y “lapicito”, “nariz” y “naricita”.
Y cuando la palabra termina en “io” o “ia”, se agrega “ecito” y “ecita”. Por esto, el diminutivo de “copia” es “copiecita”.
Pues bien, en caleñol (en parentesco con el español caribeño) hemos agregado una regla al uso común de los diminutivos: si la palabra termina en “t”, “tr” o “tl” + vocal, usamos “ico” o “ica”, en vez de “ito” o “ita”, como en el resto del mundo hispanohablante. Por ejemplo, “zapato” termina en “to” y por eso decimos “zapatico”, “aguardiente” termina en “te” y por eso “aguardientico”, “gato” termina en “to” y por eso “gatico” y no “gatito”, “otro” termina en “tro” y por eso “otrico” y no “otrito”. Un atlas pequeño sería un “atlicas”.
            A las mujeres que se llaman “Marta” les decimos de cariño “Martica” y no “Martita”: pues “Marta” termina en “ta”. Y por eso decimos “momentico” y no “momentito”: “momento” termina en “to”. El otro día hablábamos de la gente que dice “llamó estica” para referirse a una mujer cuyo nombre no recuerda. Esto nos permite explicar por qué decimos “estica” y no “estita”.
            Lo más interesante es que usamos esta regla para hacer un diminutivo de un diminutivo. De “ahora” hacemos un “ahorita”, que es menos tiempo que “ahora”. Pero si queremos expresar mucho menos tiempo que “ahorita” empleamos la regla, pues “ahorita” termina en “ta”, y la palabra resulta siendo “ahoritica”. Así mismo, “poquito” es menos que “poco” y “poquitico” mucho menos que “poquito”.
El único problema es que “ica” (o “ico”) no se puede replicar, pero “ita” sí se deja repetir tantas veces como queramos. Por eso, decimos “ahoritititititica” si queremos exagerar la ínfima cantidad de tiempo, pero nunca diríamos “ahoritikikikikica” (uso “k” para mantener el sonido en el ejemplo hipotético).
            La palabra “chico” indica, de por sí, algo pequeño, pero algo mucho más pequeño es “chiquito” y algo muchísimo más pequeño es “chiquitico” o muchísísimo más pequeño “chiquitititico”, si no es que agregamos el misterioso diminutivo “rin”: en “chirringuitico”. Y ese extraño diminutivo “rrin” tampoco se deja replicar, así que no existe “chirrinrrinrringuitico”. Y más misterioso aún es que “qui” se convierta en “gui”.
            Todo caleño (y caribeño en general) usa estas reglas sin pensarlas, como experto en manipular las palabras para lograr la mayor efectividad expresiva. Y como experto, también puede alterar la regla a su antojo, de ahí que pueda decir “mamita” y no “mamacita”, o “fuentecita” y no “fuentica”, pero sí “aguardientico” o no “aguardentecito”.

Friday, October 19, 2018

Black


“Black” es una serie coreana de Netflix (2017) que cuenta la historia de un espíritu de la muerte que toma posesión de un cuerpo humano. Este humano era Moo-Gang, un policía bastante inepto, pero que se mantenía en la profesión para investigar un aspecto oscuro de su pasado. En el cuerpo de Moo-Gang, esta deidad termina enamorándose de una mujer que tiene visión del más allá: Ha-Ram.
            En español tradujeron el nombre de los espíritus de la muerte como “parcas”, en inglés como “grim reaper”, o la guadaña oscura. Es decir, alude a alguna deidad de la muerte en la cosmovisión coreana que algún experto en folklor coreano podría explicar mejor.
            Entre los espíritus de la muerte, hay unos de primera clase y otros de segunda clase. Los de primera clase son los auténticos, y son seres fríos, sin sentimientos, que se limitan a recoger el alma de las personas que mueren, resultando bastante efectivos en su trabajo. Los de segunda clase son almas de personas que se han suicidado, quienes conservan las memorias de su vida. Estos suelen ser menos efectivos en su trabajo, pues por la empatía que sienten por la persona que va a morir, pueden terminar por perdonarle la vida.
Los auténticos se denominan a sí mismos con un número. El protagonista de esta historia es un espíritu de primera clase que se denomina #444. Es famoso en el inframundo por ser bastante desalmado o “descorazonado”, palabra que tiene un doble significado en el contexto de la serie, lo cual se descubre al final.
            Los espíritus de la muerte trabajan en parejas: uno de primera clase con otro de segunda clase. Pues bien, el compañero de #444 se ha escapado y ha tomado el cuerpo de un humano. #444 debe encontrarlo para evitar ser castigado por los dioses del inframundo. Por eso, se acerca a Ha-Ram, la mujer que puede ver cuando la muerte acecha a manera de sombra, pues ella podría identificar el cuerpo donde su compañero se ha alojado. Pero su poder tiene una limitación: no puede ver la sombra si la persona está vestida de negro.
Cuando #444 toma el cuerpo de Moo-Gang, se autodenomina “Black”, pues decide vestirse de negro como los policías de películas y series televisivas. Así también puede evadir la vista de Ha-Ram. Su experiencia con la muerte lo hace muy bueno en su trabajo de policía: Moo-Gang solía vomitar ante los cadáveres, pero Black de hecho puede hasta comer vísceras mientras levantan un cuerpo. Y Black puede identificar fácilmente la causa de muerte con solo echar un vistazo.
Ha-Ram se enamora de Black, porque ella piensa que es un amigo de la infancia, llamado Joon. Fue su primer amor. Ella identifica a Moo-Gang como Joon cuando este se encuentra herido de muerte por una bala en la cabeza. En ese momento, él se despierta, ya posesionado de #444, y le duele el corazón. Pero #444 ha perdido todas las memorias de Moo-Gang, y se siente muy molesto con el amor empalagoso que le profesa Ha-Ram. Poco a poco esto empieza a cambiar, y él a sentir amor por ella.
De hecho, él trata muy mal a Ha-Ram, le dice cosas muy feas, y uno se sorprende, porque en el contexto occidental esto sería considerado maltrato verbal. Sin embargo, ella sigue fiel a él, excusándolo con la idea de que recibió daño cerebral. Y desecha a un chico bueno y rico que la pretende, el heredero de una importante compañía de seguros. ¿Por qué se empecina Ha-Ram en un hombre que la hace sufrir?
Hacia la mitad de la serie se va descubriendo quiénes son realmente los auténticos espíritus de la muerte (spoiler): son almas cuyos cuerpos han desaparecido y no han sido encontrados. Han perdido sus memorias. Cuando el cuerpo es encontrado, el espíritu recupera sus memorias de vida, incluida la memoria de su tránsito de muerte. Esto resulta bastante traumático para ellos.
Me parece fascinante lo que esto revela sobre la visión de la muerte en Corea y el fetiche sobre el cuerpo muerto. Un cuerpo desaparecido es terrible porque se convierte en una deidad completamente deshumanizada. Y aquí viene lo más interesante: cómo la ciencia moderna entra en conflicto con esta concepción del cuerpo en el tema de los trasplantes de órganos.
Cuando empecé a ver series coreanas, me sorprendió mucho que el tema del tráfico de órganos estaba presente en casi todas las historias. Me preguntaba por qué, y “Black” me dio la respuesta. El tráfico de órganos es terrible porque destroza la integridad del cuerpo muerto y esto altera la estructura del inframundo.
Al final, Black descubre su cuerpo en un carro en el fondo del mar. Descubre que Joon era el hermano adoptivo de Moo-Gang, que de niño vio su vida amenazada por una enfermedad cardiaca. Joon fue herido en la cabeza en circunstancias confusas. La madre biológica de Moo-Gang, que es médica, lo encuentra y le extrae el corazón para trasplantárselo a Moo-Gang. Luego mete su cuerpo en un carro y lo lanza al mar. Es decir, el corazón de Joon siempre estuvo en el cuerpo de Moo-Gang. De ahí que durante la serie lo conozcan como “descorazonado”.
La serie también sigue una trama policial bastante compleja que no voy a resumir aquí, pero que se relaciona con una red de prostitución forzada, crimen organizado y corrupción política y policial. El caso es que Joon y Moo-Gang resultaron enfrentándose a sicarios de esa red. En el enfrentamiento, Joon termina siendo herido en la cabeza.
El padre de Ha-Ram también era policía, y este socorre a Joon cuando estaba siendo perseguido por el sicario, en un almacenamiento de vidrios. Ese mismo día, Ha-Ram había visto la sombra persiguiendo a su padre. Entonces ella sigue a su padre con una pistola, y dispara a la sombra para evitar que su padre muera. Por error, disparó en realidad en la cabeza de Joon. Pero ella nunca lo supo. Por eso, al comienzo, Black se sentía tan mal en presencia de Ha-Ram.
A esto se le puede aplicar un poco análisis de lo inconsciente. Ha-Ram sabe en lo inconsciente que mató a Joon. De hecho, ese mismo día, Ha-Ram había descubierto que él estaba enamorado de otra chica. Y ese acto fallido es una respuesta a los celos. Por eso, ella se aguanta todo el abuso verbal de Moo-Gang: en el fondo siente que debe ser castigada por haber disparado a Joon, y que no merece el amor de alguien bueno como el chico que hereda la compañía de seguros.
En este nivel de análisis, toda la historia es una fantasía de ella, como si ella soñara que Joon vuelve en la identidad de Moo-Gang para darle la oportunidad de recuperar su vida. Pero hilando más delgado, Joon es también la sombra de su padre, a quien debe asesinar por estar enamorado de otra mujer: la madre de Ha-Ram. De hecho, Ha-Ram odia a su madre supuestamente por haberlos abandonado. Pero lo que odia de ella es que, a pesar de haber terminado con su padre, él siga enamorado de ella.

Monday, October 1, 2018

Eufemismos

Publicado en la Gaceta Dominical de El País, 9/30/2018

Imagínese que usted va a terminar con su novia y le dice: “Mirá, es que vos te has vuelto muy cansona con eso de tu negocio y no has vuelto al gimnasio. Me conseguí otra que está más buena, y no jode tanto”. No. Usted le diría: “Démonos un tiempo para pensar nuestra relación, no quiero perder tu amistad”.
            O digamos que usted fue por enésima vez a tratar de sacar los documentos para su pensión y la representante le dice: “No sea burro, aquí dice muy claramente ‘copia autenticada de su partida de bautismo’, lea bien antes de hacer la fila”. No. Le dicen: “aaay, señor, le falta la copiecita autenticadita de la partidita de bautismo. Usted tiene la copiecita, pero le falta el sellito de la notaría. No se le pueden recepcionar los documentos si no están completicos”.
            Para poder sobrellevar la complejidad de las relaciones sociales, hacemos diariamente uso de eufemismos. Todos los días, para sobrevivir en el ámbito laboral, amoroso y social, debemos suavizar con el lenguaje los contenidos que puedan resultar molestos u ofensivos.
Me refiero con sorpresa a la entrevista que hizo Paola Guevara al psiquiatra Carlos Climent, a propósito de su nuevo libro “Asuma la gerencia de su vida”. Él manifiesta la necesidad de expresarnos más directamente sobre los asuntos negativos, criticando el hecho de que los colombianos usamos muchos eufemismos.
            Esto puede ser válido desde el punto de vista de la introspección terapéutica, pero no en el ámbito sociolingüístico. Los eufemismos existen en todas las lenguas y son parte intrínseca de la interacción social.
Como dice el sociólogo Erving Goffman (1922-1982), todo el tiempo estamos proyecto una imagen falsa de nosotros mismos, como si estuviéramos actuando. Nos levantamos, nos bañamos, nos peinamos, afeitamos o maquillamos, nos ponemos una ropa adecuada para la ocasión, nos cepillamos los dientes… Nos estamos preparando para el gran teatro de nuestro día, tan necesario para conseguir el sustento.
            Solo cuando estamos en el baño, solos con nosotros mismos, estamos fuera de esa caracterización teatral. Por eso no hablamos con otras personas sobre lo que ocurre en el baño. Y cuando tenemos la necesidad de hacerlo, usamos nada menos que eufemismos.
            Los eufemismos relacionados con el fenómeno de la excreción son de vieja data, igualmente los relacionados con el sexo también, un evento de carácter privado. Los ejemplos que encontré están documentados desde el siglo XVI en escritos de colonizadores españoles en América. “Hacer del cuerpo” para defecar y “partes pudendas” para los órganos sexuales son algunos de ellos.
Para el acto sexual se usaba el término “refocilar”, que significa en principio “recrearse”, pero desde el siglo XVI se documenta referido al acto sexual. Un ejemplo cervantino es cuando el caballo de Don Quijote se encuentra con unas potras: “que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas” (1605).
Y no solo ocurre en español. Se aprecia también en inglés: el término “bowel movement” (movimiento intestinal) se usa para el acto de la excreción; las partes pudendas son “privates” (partes privadas). Y así como hoy en día se dice “acostarse con” para referirse al acto sexual sin mencionarlo directamente, en inglés se usa “sleep with” (dormir con).
Es posible, sin embargo, que sí haya una mayor productividad de eufemismos en la esfera política, como bien señala Diego Martínez Lloreda. Y esto ocurre ante la necesidad de legitimar políticas autoritarias en regímenes democráticos.
Un ejemplo tiene que ver con la tortura. En la época de la Inquisición, se usaba el término “tormento”, directo y al grano, para referirse a la aplicación de dolor sobre la persona para obtener información de ella. No tenían necesidad de eufemismos, porque su acción ya estaba legitimada por la religión como ideología dominante.
Hoy en día se usa en inglés un término muy interesante: “Enhanced Interrogation Techniques” (Técnicas Mejoradas de Interrogación). No se puede hablar abiertamente de “tortura”, pues la práctica que va contra el Derecho Internacional Humanitario. Se debe legitimar esta práctica enfatizando en que se trata de un “interrogatorio”. La aplicación de dolor solo hace más efectiva la acción de interrogar.
            Los políticos colombianos han aprendido muy bien la lección y, como afirma Diego Martínez Lloreda, se usa “Ley de Financiamiento” para referirse al aumento de impuestos. “Reforma tributaria” era un eufemismo de por sí, pero como ninguna reforma tributaria ha sido para bajar los impuestos, fue adquiriendo un sentido peyorativo. Perdió el poder suavizador del eufemismo.
            En Estados Unidos la corrección política es mucho más exigente que en Colombia. No es prudente mencionar directamente la raza de nadie, mientras que en Colombia el elemento racial es muy productivo en la creación de apodos: el “negro”, el “indio”, el “mono” (rubio), “mono perico” (muy rubio)…
            En inglés también es imprudente referirse a la apariencia física de la persona, mientras que en Colombia decimos la “flaca”, mi “gordita”, el “enano” (alguien muy bajito), “vara de premios” (alguien muy alto), el “chato”, el “cojo”.