Tuesday, April 11, 2017

Las tildes y la Real Academia

Esta es la oscura historia de las tildes en la escritura


Cuando yo estaba aprendiendo ortografía en el colegio, la profesora insistía en la diferencia entre “sólo” y “solo”: el primero significa “solamente”, el segundo “en soledad”. Es decir, con tilde era un adverbio, y sin tilde un adjetivo. Así pues, “Fui solo” significaría “fui sin compañía” y “fui sólo”, “solamente fui (no hice otra cosa)”.
            La mala noticia para los que lucharon a sangre y fuego por aprender la distinción entre “sólo” y “solo” es que la Real Academia Española recientemente quitó la obligatoriedad de esta tilde. La Academia recomienda poner la tilde solo en casos de verdadera ambigüedad entre el adverbio y el adjetivo. Pero los observantes de la ortografía, más papistas que el papa, se quejan de que la Academia haya quitado la tilde de “solo” y viven reclamándola de regreso, como si les hubieran quitado un tesoro muy preciado.
            Los tiempos cambian, y así ha cambiado la función de la Real Academia. Desde su fundación en 1713 y la publicación del primer diccionario en 1726, su función era orientar el uso estándar de la lengua española. Entiéndase “estándar” como el uso de la lengua en lo escrito y en situaciones formales, de una manera unificada para todos los hablantes de una lengua.
Antes de 1713, por ejemplo, no existían las tildes. Los escribanos en las colonias no solo escribían sin tildes, sino que utilizaban la “z” y “s” o la “y” y la “ll” según su propio criterio. Además, el uso de las abreviaturas era tan extremo que podían encontrarse cosas como “pa q el scno Rl lo firmara” en lugar de “para que el escribano real lo firmara”.
            ¿Por qué se tardó tanto en fundarse la Real Academia, si la conquista y colonización española empezó en 1492? Pues bien, hasta 1700 España estuvo dominada por la Casa de los Habsburgo, cuyo estilo administrativo no fue muy efectivo para mantener su hegemonía. Después llega la Casa de Borbón, una dinastía de origen francés. Los borbones sí quisieron hacer sentir su poder en todo el Imperio. Reorganizaron el territorio en virreinatos e hicieron reformas económicas para unificar los mercados, y así “globalizar” la economía hispánica.
            La creación de la Real Academia responde a ese afán de globalización de los borbones. Al unificar el uso de la lengua, se consolida simbólicamente el absolutismo monárquico. Es muy significativo que los borbones, además, prohibieran el uso de lenguas indígenas, lo que demuestra la violencia de ese absolutismo lingüístico, de la mano con un proyecto político.
            Hoy en día la Academia no es la misma. Para sobrevivir, se ha visto obligada adaptarse a los cambios sociales y lingüísticos, sin perder su función orientadora en el uso de la lengua estándar. Un paso adelante es la creación de las academias latinoamericanas, que empezó a gestarse en la década de 1960. Las academias latinoamericanas emiten sus conceptos sobre el uso formal del español en los diferentes países hispánicos. Por esta influencia, la Academia ya acepta el uso de “vos” y sus conjugaciones, como “mirá” o “tenés”.
Otra función de la Academia a través de su diccionario es orientar la lectura de los clásicos. Por esta razón, la Academia no puede eliminar entradas como “ansina”, “mesmo” o “murciégalo”, que son parte del español tradicional, aunque hoy en día suenen mal. Estas entradas están en el diccionario desde el siglo XVIII.
La Academia, a través de su plataforma electrónica, no solo pone a disposición del usuario la totalidad del diccionario, sino que ofrece unos recursos muy valiosos para el conocimiento de la lengua. Mi recurso favorito es la función “conjugar”. Si usted tiene la duda sobre si se dice “yo aprieto el botón” o “yo apreto el botón”, busque la palabra “apretar” en www.rae.es 
Luego, verá un cuadrito al lado de la palabra que dice “conjugar”. Haga click en ese cuadrito. El sistema le mostrará la conjugación completa de “apretar”, con lo que puede constatar que la forma estándar es “yo aprieto”.
El diccionario de la Academia no contiene formas conjugadas. Por esta razón, buscar “apreto” o “haiga” en el diccionario no le permitirán resolver dudas sobre la conjugación estándar. Si quiere saber si la Academia acepta “haiga” como conjugación alternativa, busque “haber” y haga click en “conjugar”. No se deje llevar por la palabra “haiga” como “carro lujoso” que aparece en el diccionario como entrada principal.
Otros recursos que tiene la Academia son las bases de datos, muy útiles para los investigadores. La Academia ha recopilado y digitalizado textos escritos en castellano desde el siglo XIII hasta el presente, y todos ellos están disponibles por Internet. Los textos antiguos están en una base de datos llamada Corpus Diacrónico del Español (CORDE). Además, en la página de la Academia se pueden consultar todas las ediciones del diccionario desde el siglo XVIII. Los textos recientes se pueden encontrar en dos bases de datos: Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) y Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES XXI).
Los recursos en línea de la Academia son totalmente gratuitos. La Academia se ha negado a vender publicidad, así que no recibe ninguna ganancia material por su labor. Es decir, el gobierno español financia el trabajo de la Academia a pesar de la crisis económica. Todos los países hispánicos disfrutamos de esa labor.
La tilde de “sólo”, entonces, tiene una carga ideológica muy fuerte para una simple tilde. Representa todo el pasado monárquico y espléndido que muchos de los colonizados todavía quieren de regreso, para sentir que hacen parte de la gloria de un Imperio que solo sobrevive en la lengua. La tilde de “sólo” nos permite olvidar que somos una serie de países fragmentados por fronteras artificiales. Cuando la misma Academia quita la tilde de “sólo”, no hace más que recordarnos esta realidad.

q y k (que)

¿‘Xq’ los jóvenes escriben con ‘k’?

Publicado originalmente en http://www.elpais.com.co/entretenimiento/xq-los-jovenes-escriben-con-k.html

Se ha puesto de moda entre las nuevas generaciones escribir “k” o “q” en lugar de “que”, costumbre que prende alarmas sobre el futuro del idioma. Muchos temen que ese estilo de escritura va a dañar el idioma, pero no se preocupen, lo máximo que puede hacer es alterar la escritura. Y la escritura no es el idioma. “k”, “q” o “que” se pronuncian igual.
            La esencia del lenguaje es oral. La escritura es apenas una tecnología reciente. El ser humano creó la escritura muchos miles de años después de haber desarrollado el lenguaje verbal. Y el sistema alfabético latino, que es el que usamos en español, se creó hace casi 3000 años. Es bastante reciente si lo comparamos con la antigüedad del lenguaje humano, del que no se ha podido establecer una fecha.
            El caso de “q” es bastante diciente porque esta representación ha ido y venido durante la historia muchas veces. En los documentos notariales y administrativos de toda la historia del español hasta el siglo XIX aproximadamente se encuentra la abreviatura “q” en lugar de “que”. Y en la imprenta se encuentra también muy frecuentemente, pero los impresores ponían una rayita arriba para recordar que era una abreviatura. Las nuevas generaciones, entonces, lo que están haciendo es una regresión colonial. Son más conservadores que los que luchan contra “q”.
            Por lo que respecta a “k”, ya García Márquez había propuesto adoptar esta letra para escribir “ke” o “ki”, y así deshacernos de esa “u” innecesaria entre la “q” y la “e” o “i”. Los que escriben “k”, entonces, de alguna forma están siguiendo las ideas del nobel colombiano de literatura. Sin embargo, la presencia de “u” tiene una tradición que nos remonta otra vez a la lengua latina.
La “u” sí tenía una pronunciación en latín. Existían las sílabas “qua”, “que”, “qui” y “quo”, y se pronunciaban “kua”, “kue”, “kui” y “kuo”. Pues bien, los hablantes de latín empezaron a eliminar la pronunciación de “u” ante “e” e “i”, pero la “u” quedó en la escritura como una reliquia de su pasado sonoro.
Además, “q” desapareció ante “o”, pero la escritura cambió a “c”: es el caso de “quomodo” que terminó en “como”. Algo parecido ocurrió con “qua”: la “q” se convirtió en “c”, pero se conservó el sonido “u”. De ahí la palabra “cuatro” o “cual” que vienen de “quattuor” o “qualis”.
Por su parte, abreviar “que” a “q” o usar “x” para representar la sílaba “por” es mucho más que mala ortografía, es la introducir de un sistema de escritura diferente: de uno alfabético a uno silábico. En el sistema silábico, cada signo representa una sílaba, como es el caso del sistema “hiragana” del japonés.
Y cuando se usa un emoticón, se pasa al sistema ideográfico, en que cada símbolo representa un concepto, como el japonés y el chino. Si estas lenguas tienen un signo para la palabra “amor”, también lo tiene el emoticón, con el signo de corazón. Escribir “t[corazón]” para “te amo” es una combinación de ambos sistemas: “t” es sistema silábico y [corazón] es sistema ideográfico.
Imaginemos al primero que se le ocurrió en la edad media cambiar la “q” por “c” en “cuatro”. Es posible que hubiera sido una persona joven que puso la moda, y los viejos le dirían: “los jóvenes no saben escribir”, como les decimos los viejos a los jóvenes hoy en día. Pero hoy en día escribimos “cuatro”, “como” y “cual” sin saber que pudieron ser formas polémicas en el tiempo que fueron introducidas, tan polémicas como escribir “k” por “que”.
La letra “k” parece agregarle un toque moderno muy “cool” a la escritura juvenil. De hecho, “k” se usa principalmente en extranjerismos como “bikini” (del inglés), “karate” (del japonés) o “kiwi” (del maorí). Al hablante de español todo lo extranjero le suena moderno, y por eso “k” tiene ese simbolismo.
La letra “k” no existía en alfabeto latino. Proviene de la letra griega “kappa” y se incluyó en el latín para representar palabras provenientes del griego. Es decir, desde la antigüedad “k” ha tenido un toque extranjero. De hecho, ser griego era muy “cool” en la antigüedad.
En mi experiencia de docencia universitaria, en todo caso, no he visto que los jóvenes usen “k” o “q” para escribir “que” en un ensayo académico. Al menos los que me tocaron a mí saben diferenciar muy bien el estilo académico o formal, del estilo informal que usarían con sus amigos en las redes sociales. Pero a lo mejor alguien tenga una experiencia diferente.
A pesar de todo, no me extrañaría que futuras generaciones terminaran aceptando las formas “q” o “k” en el lenguaje académico. Estas generaciones serán los viejos del futuro y escribir “q” o “k” será cosa de viejos. Los jóvenes rebeldes del futuro tal vez decidan volver a escribir “que” como algo muy novedoso. La historia gira en espiral.

Guayabo Maluco

¿Por qué en Cali le decimos 'guayabo' a la resaca? Se lo contamos

Publicado en http://www.elpais.com.co/entretenimiento/cultura/por-que-en-cali-le-decimos-guayabo-a-la-resaca-se-lo-contamos.html

Palabras muy necesarias para describir los efectos de las fiestas decembrinas, son “maluco” y “guayabo”. La palabra “maluco” se refiere a una sensación de malestar general e indeterminada en el cuerpo: puede referirse al dolor de cabeza, mareo, cansancio general o desarreglos digestivos. La palabra “guayabo” es más precisa: se refiere al malestar que deja el alto consumo de alcohol en el cuerpo posterior al estado de embriaguez, que en español formal se dice “resaca”.
            Ambas palabras con estos sentidos son muy propias del español colombiano. “Guayabo” para designar “resaca” se usa solo en Colombia, según la Real Academia. Otras regiones hispanoamericanas tienen sus propios vocablos coloquiales como “chuchaqui” en Ecuador, “ratón” en Venezuela o “cruda” en México. Por su parte, “Maluco” para referirse al malestar en el cuerpo, hasta donde tengo conocimiento, se usa principalmente en el español vallecaucano. En Antioquia y el Caribe significa “feo”, como indica el Wiki-diccionario Así Hablamos y el testimonio del escritor antioqueño Tomás Carrasquilla a principios del siglo XX.
Curiosamente, “maluco” en portugués brasilero significa “loco”. Tenga cuidado si un brasilero le pregunta: “¿Você está maluco?”, porque está siendo sarcástico sobre su capacidad de raciocinio mental. Los brasileros atribuyen el origen de esta palabra a influencia africana, pero es más plausible considerar que surgió en la península Ibérica. Recordemos que la lengua portuguesa está emparentada con el español, por su continuidad geográfica en la península. Más o menos hasta el siglo VIII o IX eran casi la misma lengua. Por eso, el origen del significado en portugués es muy probable que esté relacionado con el sentido que tiene en español colombiano.
            El origen de la palabra “maluco” es simplemente la palabra “malo” más el sufijo despreciativo “-uco”, que se usa sobre todo en una región norteña de España que se denomina Cantabria. Este sufijo está relacionado con “-ucho”, como en “casucha” o “librucho”. En su origen, “maluco” se refiere a algo malo sin importancia o sin gravedad. Por eso, en España se dice “malucho” para significar estar un poco malo del cuerpo.
Como la palabra “maluco” tenía un alcance tan general, en diversas regiones fue especificando su significado hasta convertirse en sinónimo de “loco” en portugués, como atestigua el actual uso brasilero. En regiones hispanoamericanas como Colombia y Venezuela, pues, se aplicaría el sentido despreciativo de “malo” sin importancia a algo simplemente feo, y en el Valle del Cauca se crearía el sentido de malestar corporal. Tanto en el Valle del Cauca como en Brasil “maluco” se refiere a un estado de enfermedad, pero en el primero es corporal y en el segundo es mental. Es posible que el origen de este significado se encuentre en los primeros pobladores españoles que provinieran de la región nororiental de España.
La palabra “guayabo”, según la Real Academia, proviene de las lenguas indígenas arahuakas que se hablaban en las islas del Caribe a la llegada de los españoles, para designar el árbol del mismo nombre. La “guayaba”, como es lógico, se refiere a su fruto. En casi todas las regiones de Hispanoamérica “guayaba” tiene el sentido de “mentira” o “embuste”. Es un sentido metafórico que se deriva de una característica de la guayaba: cuando está podrida o llena de gusanos por dentro, por fuera parece que estuviera en buen estado.
La palabra “guayaba” fue aprendida por los pobladores españoles de América desde muy temprano en el siglo XVI y, mientras fueron colonizando otras regiones, ya la llevaban incorporada a su lenguaje. Es posible que el significado de “mentira” o “embuste” se hubiera incorporado desde el comienzo de la colonización español en América, como muestra la gran extensión geográfica de este significado. El sentido colombiano de “resaca” probablemente se formó mucho tiempo después.
En su diccionario de vallecaucanismos, Leonardo Tascón dice que “guayaba” se refiere a una persona enferma y achacosa que parece saludable. Es una extensión del mismo sentido de falsa apariencia que tiene en el resto de Hispanoamérica, pero en el Valle del Cauca los hablantes hicieron énfasis en el sentido de enfermedad, que se oculta en una buena apariencia. Aunque Tascón se refiere al Valle del Cauca, es posible que el sentido de malestar del cuerpo existiera también en otras regiones de Colombia, aunque él lo desconociera.
Posteriormente la metáfora de “guayabo” como enfermedad se especializó mucho más, dividiéndose en dos sentidos: uno de “tristeza”, como enfermedad del alma, que aparece también en Venezuela según el escritor Rómulo Gallegos en 1935, y uno muy restringido de enfermedad del cuerpo que se padece como consecuencia de la intoxicación con el alcohol, que es el que se forma en Colombia. En portugués, el sentido de “enfermedad” se especializó en el significado de “enfermedad de la mente”.
           Así pues, si después de una noche de fiesta usted tiene “guayabo” o se siente “maluco”, podrá estar satisfecho con recordar que el español pasó por un camino muy complejo de evolución y especialización metafórica que le permiten expresar con gran precisión los dos sentimientos.

Dijistes, fuistes...

Publicado en El País de Cali, 12 de marzo de 2017. Link por confirmar.

La cantante española Lola Flores, que nos deleitó con música popular española en la década de 1960, dice en su canción “Limosna de amores”: “Yo debí serrano cortarme / las venas
cuando entre los ayes de una copla mía / pusistes en vilo mis carnes morenas / con una palabra que no conocía...”. Esa “s” al final en “pusistes”, de hecho, se escucha como una “jota”: “pusistejenvilo”. Y sí, es española y dice “pusistes”.
Recuerdo que mi abuela decía esa “s” todo el tiempo. Era la única forma como decía el pretérito de segunda persona singular. Nunca le escuché decir un “dijiste”, “pusiste” o “trajiste”. Sin embargo, entre sus hijos solamente uno de ellos se lo aprendió, pues lo dice constantemente. Los demás parecen haber aprendido muy bien de la escuela a no decir la “s” final del pretérito.
Poner la “s” en “pusistes” o en cualquier forma de pretérito, como “dijistes”, “fuistes”, “salistes”, “amastes”, “vinistes”… es un uso tan común en España como en toda Hispanoamérica. Sin embargo, en contextos formales o académicos no se acepta como correcta. En español estándar se prescribe “tú dijiste” o “vos dijiste” sin “s” como la conjugación aceptable. Tanto es así que Word me borra insistentemente la palabra “dijistes” cada vez que la escribo y tengo que regresarme a ponerla de nuevo para este artículo.
            A pesar de todo, “dijistes” o “fuistes” no es un error propiamente dicho, sino una conjugación alternativa de la segunda persona singular del pretérito. Sin embargo, por no aceptarse en el estilo formal, se considera una forma no estándar.
            Tanto la conjugación con “s” como sin “s” provienen del latín. Es decir, “amastes” es tan antiguo como “amaste”. Los que dicen “amastes” lo hacen por tradición y no por equivocación. Lo que pasa es que la “s” del pretérito en la segunda persona era una conjugación plural en latín, y no singular.
En latín hablado, la segunda persona plural de pretérito contenía un morfema “-stis”, para el pronombre “vos”, que también era plural. Es decir, se decía “vos amastis” o “vos cantastis” en latín hablado. Como se puede observar, de “cantastis” a “cantastes” solo hay un pequeño cambio de sonido: la “i” se cierra un poco y se transforma en “e”. De ahí que “cantastes” es la conjugación más cercana al latín.
El pronombre “vos” se fue transformando en singular a finales de la edad media, hasta convertirse en nuestro “vos cantastes”. En España y luego en todo Hispanoamérica se usó normalmente el “vos” como forma de confianza, incluso en lugares donde hoy no existe, como en México, el Caribe y Perú.
“Dijsites”, “fuistes”, “salistes” constituyen la conjugación correcta del pronombre “vos”. Entonces, si alguien habla de “vos”, comete un error al decir “vos dijiste”, “vos fuiste” o “vos saliste”. Es al revés de lo que pensaríamos: decir “vos dijiste” sería incorrecto y “vos dijistes” lo correcto. Mi abuela y mi tío estarían en lo correcto y todos los demás estaríamos equivocados.
Hay quienes piensan que “tú dijistes”, “tú fuistes” o “tú pusistes” como ocurre en la canción de Lola Flores sí sería un error. Sin embargo, el filólogo colombiano Rufino José Cuervo piensa que esta conjugación con el pronombre “tú” es un préstamo morfológico de la conjugación de “vos”. En ese sentido no sería tan equivocado, sino producto de la misma tradición que decir “vos dijistes”.
            Yo hice una búsqueda en archivos históricos y escritos literarios para encontrar formas de “vos” y curiosamente encontré que la “s” del pretérito era una forma común… ¡hasta mediados del siglo XX! O sea que hasta ese momento no se consideraba del todo incorrecto. El académico venezolano Andrés Bello en el siglo XIX afirma que personas de alta cultura utilizan “dijistes”, pero ya no le agrada del todo. Es decir, no se atreve a rechazarlo del todo.
¿Por qué empezó a considerarse incorrecto? Esta época coincide con la aceptación académica del uso de “vos” en Argentina, como encuentra la investigadora Norma Carricaburo. Los argentinos encuentran que “vos dijiste” suena más correcto por parecerse a una forma de tú, y promueven el uso exclusivo de la forma sin “s”.

Descachalandrado Replanchingado


Muchos de los que crecimos con la abuela vallecaucana hemos tenido la posibilidad de admirar su creatividad a la hora de reprocharnos nuestras actitudes hacia el vestir o el trabajar. Si uno fuera a salir de la casa con una camiseta rota, una sudadera sucia y el pelo con serias muestras de no haber pasado por la ducha o el cepillo, la abuela diría: “¿Va a salir así todo descachalandrado?”. Y si uno estuviera echado en el sofá viendo televisión, con la barriga explayada y sin intención de trabajar, la abuela diría: “Venga ayúdeme con el oficio en vez de estar ahí todo replanchingado”. Pues bien, estos no son términos inventados por la abuela, aunque lo parezcan, sino que forman parte de una tradición muy larga que se podría rastrear desde España.
            La palabra “descachalandrado” proviene del término “descachalado” o “escachelado”, que se usaría en el español de Galicia, una región que queda en el noroccidente de España, según anota el filólogo Rufino José Cuervo. El punto de partida sería la palabra “descachar” que proviene del prefijo “des” en su sentido de “exceso o demasía”, y la palabra “cacho”, en su sentido de “pedazo, trozo”, según el Diccionario de la Real Academia. La palabra “chacho” en este sentido viene del latín vulgar “cacculus”, así que es posible que en algún momento se dijera “cacholo” en vez de “cacho”. Así pues, la suma de “des” (=exceso) + “cacholo” (=pedazo) daría una palabra “descachalar”, que significaría “hacer trozos una prenda de vestir”. “Descachalado” significaría estar vestido con una prenda hecha trozos, y por este camino metafórico siguió el significado que se le da de estar mal vestido y desaseado.
            ¿Cómo se pasó entonces de “descachalado” a “descachalandrado”? Lo más seguro es que la palabra se hubiera fusionado con el término “andrajo”, que significa pedazo de tela, la cual proviene del árabe hispánico “ḥaṭráč”. La suma de “descachalar” + “andrajo” daría como resultado “descachalandrajar” y “descachalandrajado”. De hecho, la palabra “descalandrajado” (sin la “ch”) está aceptada por la Real Academia.
Y surge una pregunta más: ¿cómo se pasó de “descachalandrajado” a “descachalandrado”? Es posible que la palabra “andrajo” hubiera perdido la terminación “ajo” por considerarse un sufijo que se pudiera eliminar fácilmente, así como a “escupitajo” puede quitársele el sufijo y quedar “escupa”.
            La palabra “descachalandrado”, si bien se tiene como palabra vallecaucana en el diccionario de vallecaucanismos de Leonardo Tascón, la Academia acepta “descachalandrarse” en Colombia, Venezuela, República Dominicana y Centroamérica. Por la gran extensión geográfica de la palabra es posible conjeturar que así la usaban los españoles que poblaron la región desde la conquista y la colonia, y así se quedó. Es posible que muchos de ellos provinieran de la región noroccidental de España, donde queda Galicia. Sin embargo, parece que ya no se usa en España.
            Por su parte, la palabra “replanchingado” también proviene del latín y de algunas adiciones posteriores hechas por la creatividad de los hablantes. Para rastrear su origen, también hay que examinar el verbo relacionado, que es “replanchingarse”. La Real Academia acepta “repantingarse”, que significa “arrellanarse en el asiento para mayor comodidad”. “Repantingado” es, entonces, estar echado cómodamente en el asiento. El verbo proviene de la suma del prefijo “re”, que denota intensificación, y el latín “panticis”, que significa “panza”. Así pues, “repantingarse” es poner presión sobre la panza o la barriga, que sería el efecto corporal resultante de recostarse en un asiento.
Así pues, lo novedoso del español vallecaucano es la adición de una “l” y una “ch” al vocablo original español. Para Cuervo, estas adiciones derivan de una fusión con otra palabra, que muy probable sería “plancha”, que significa lo que todos sabemos: pieza plana y pesada, no muy gruesa, generalmente de metal. La palabra “plancha” se introduciría en medio de “repantingado” para dar “replanchingado”. Así se acrecienta la fuerza expresiva de la palabra, pues sugiere la idea no solo de estar recostado, sino de estarlo como una plancha con la barriga explayada sobre el asiento. La comparación con la plancha refleja el peso y la modorra con que se manifiesta la actitud con la que se está recostado: la poca motivación de hacer cualquier oficio.
Mientras “descachalandrado” parece haber llegado así con los primeros pobladores españoles, “replanchingado” sí parece ser una creación autóctona. Los primeros pobladores españoles decían “repantingado”, y sus descendientes crearon a partir de allí “replanchingado”. Esto debió ocurrir en el siglo XVII y XVIII, pues en el siglo XIX ya Cuervo la incluye como un vocablo de uso común. El filólogo Tascón la considera propiamente vallecaucana, mientras que Cuervo sugiere que es bogotana, así que su origen regional está en disputa.
En resumen, la palabra “descachalandrado” proviene del gallego “descachalar” y el árabe hispánico “andrajo”, que se fusionaron y crearon una palabra traída por los colonizadores españoles. Estos también trajeron la palabra “replantingado”, que posteriormente sus descendientes transformaron en una forma mucho más expresiva. Por eso, cuando la abuela dice que uno está “replanchingado”, logra expresar tantas cosas a la vez.

Wednesday, April 5, 2017

Verraco (II)

La palabra “verraco” designa originalmente al cerdo no castrado en España e Hispanoamérica, pero en Colombia significa “enojado”, “difícil” o “trabajador, emprendedor”. Aunque la academia acepta la escritura “verraco” por imitar la escritura del latín, la forma “berraco” parece bastante aceptada, pues en la historia del español aparece registrada 56 veces, mientras que “verraco” 53 veces. Es posible que esto se deba a que la “b” parece tener un simbolismo más relacionado con la fuerza e impetuosidad que se sugiere en la palabra.
¿Cómo surgió el significado metafórico que se le da en Colombia? Parece que en la edad media la palabra “verraco” era un apodo para designar a un criado que manifestara una masculinidad impetuosa (Thayer Ojeda, CORDE). Es un origen despectivo y clasista, porque compara a los criados con marranos. Sin embargo, en hablantes antiguos de territorio colombiano la masculinidad impetuosa ha debido empezar a percibirse como un elogio, y así se resignificó la palabra. Entonces el origen pudo haber sido más antiguo de lo que se dijo en la entrada verraco.
            La palabra “verraco” se sigue resignificando. En el plebiscito del 2 de octubre en que los colombianos votaron si aprobaban el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de las Farc, el partido político que se opuso a este acuerdo realizó una campaña para que la gente votara “no”. El jefe de campaña JuanCarlos Vélez Uribe manifestó que esta campaña consistió en hacer que la gente saliera a votar “verraca”. 
            Pues bien, recientemente “verraco” y sus derivados se han usado para deslegitimar acciones políticas de la derecha. En noticias sobre el triunfo presidencial en Estados Unidos de Donald Trump, he leído comentarios que dicen que los estadounidenses salieron a votar “verracos”.

Posteriormente al plebiscito, el gobierno renegoció el texto del acuerdo con las Farc y buscó refrendarlo en el congreso. El senador Álvaro Uribe Vélez, líder del parido político que se opuso al proceso de paz, intentó sabotearlo en el congreso con la ausencia de su partido.
El dibujante Matador realizó una caricatura en el senador Álvaro Uribe Vélez, decía que votaría “enberracado”. El caricaturista pone "n" antes de "b" para aludir a la otra ortografía de la palabra ("enverracado"), quedándose con la "b" por su mayor simbolismo de agresividad.

Ya lo dice el bloguero: "Finalmente: ustedes habrán notado que, a pesar de que todavía no ha sido dirimido el conflicto, yo prefiero escribir "berraco", en el sentido colombiano de la expresión, en vez de "verraco", aunque la Academia diga lo que le dé la gana. Lo hago por una razón muy sencilla: porque una palabra tan berraca no se puede escribir con una "v" corta..." (véase texto aquí).
A raíz de la marcha uribista del primero de abril de este año, leí en diversos medios y comentarios que la gente salió a marchar “emberracada”, para aludir a una actitud irracional y altamente emocional de las personas que profesan ideología de derecha.
¿Será que “verraco” se vuelve sinónimo de "derechista tonto", como “mamerto” lo es de "izquierdista tonto"?

Tuesday, March 14, 2017

¿Buenos días o buen día?

“Buenos días” es expresión corriente de saludo para las horas de la mañana, nos referimos a un solo día, el que está transcurriendo. Por esta razón, muchas personas optan por decir “buen día”. Se puede decir que quienes optan por “buen día” emplean la solución semántica, mientras que los que preferimos decir “buenos días” emplean la solución histórica. Es decir, por tradición, se prefiere “buenos días” aunque no parezca tener relación con su significado.
            El uso más antiguo de “buenos días” lo encuentro en un documento medieval de 1431-1449, donde un hablante saludo a otro “Dios vos salve e dé buenos días” (búsquese aquí en el CORDE). En cambio, no encontré “buen día” en contexto de saludo.
Es posible, pues, que el origen de “buenos días” se encuentre en la expresión “Dios te dé buenos días”, siendo la expresión de un deseo general de bienestar para la persona, no solo para el día indicado, sino para los demás días. Con razón dice Fernando Ávila que decir “buen día” es tacañería semántica, pues se está restringiendo el deseo al día del encuentro con la persona.
En todo caso, cabe recordar que la palabra “día” proviene del latín “dies”, que se usaba con “s” tanto en singular como en plural en algunos casos (véase ejemplo aquí). Es posible que esta ambigüedad permitiera tanto referirse al día específico como para generalizar el alcance del deseo.