Tuesday, September 19, 2017

Asuntos qué/que tratar

Una duda común entre los hispanohablantes es si se escribe “asuntos que tratar” o “asuntos qué tratar”. No se preocupen: hasta la Real Academia tiene la misma duda.
En mi opinión, la palabra “qué” debe ir tildada porque funciona como pregunta indirecta. Por ejemplo, “‘¿Tenemos asuntos qué tratar?’, le pregunté” se puede transformar en “Le pregunté si teníamos asuntos qué tratar”. En este caso, el verbo “tener” indica posesión, porque los hablantes están en posesión abstracta de tales asuntos.
No se debe confundir con la perífrasis “tener que”, que significa obligación: “Tenemos que tratar unos asuntos” es diferente de “tenemos asuntos qué tratar”. La primera indica obligación, la segunda indica la posesión de tales asuntos. Lo mismo ocurre con “haber que”: en “hay asuntos qué tratar”, “hay” indica existencia y en “hay que tratar unos asuntos”, “hay que” indica obligación.
Ahora bien, existen contextos similares en los que se pierde la noción de pregunta indirecta. En el ejemplo “Tenemos/hay asuntos qué tratar” no existe la figura introductoria “le pregunto”, pero sigue operándola misma noción sintáctica aunque la semántica haya desdibujado el sentido de pregunta.
En el Diccionario Panhispánico de dudas, es posible encontrar información contradictoria. En la entrada “qué”, dice:
“Este pronombre puede introducir oraciones interrogativas indirectas con verbo en infinitivo y dependientes de los verbos tener y haber: «—¿A qué te dedicas, Juanito? [...] —Hace seis meses que me arruiné en el campo, y no tengo qué hacer» (Araya Luna [Chile 1982]); «No había qué comer, para variar, pero teníamos dignidad» (Valdés Vida [Cuba 1996] 119). Este uso no ha de confundirse con las perífrasis verbales haber que o tener que seguidas de infinitivo, que expresan necesidad u obligación, en las que que es conjunción átona que debe escribirse sin tilde (→ que, 2.14): «No tienes que hacer nada» (Pedrero Invierno [Esp. 1989]); «A él no le gustaba la tragonería, pero había que comer» (GaBadell Funeral [Esp. 1975]). (qué)
Sin embargo, en la entrada “a”, donde discute si se puede usar “asuntos a tratar”, escribe lo siguiente:
Si la preposición a admite su sustitución por las preposiciones por o para, o el relativo que, sin que sea necesario cambiar la estructura de la construcción y sin que cambie el significado, debe desecharse la construcción galicada: Tenemos dos asuntos a tratar (mejor Tenemos dos asuntos que tratar); No hay más asuntos a discutir (mejor No hay más asuntos que/por/para discutir). (a)
Es decir, el mismo diccionario está cometiendo una falta de ortografía y contraviniendo su propia regla.
            Según el área de consultas del RAE, en pregunta y exclamación indirecta se debe usar la tilde: “Ya verás qué bien lo pasamos”. Pero hay ocasiones en las que se permite tanto con tilde como sin tilde:
Esta doble posibilidad se da cuando los relativos introducen subordinadas relativas sin antecedente expreso, siempre que el antecedente implícito sea indefinido y tenga carácter inespecífico (una persona, alguien, algo, algún lugar, nadie, nada, etc.). Esto ocurre cuando la oración de relativo sin antecedente depende de verbos como haber, tener, buscar, encontrar, necesitar, etc., que admiten complementos indefinidos de carácter inespecífico. En estos casos es aceptable escribir el relativo tanto con tilde, reflejando la pronunciación tónica, como sin ella, representando la pronunciación átona.
            El problema es que no hay con qué/que alimentar a tanta gente.
Ya ha encontrado quién/quien le quiera y no necesita nada más.
                        Buscó dónde/donde sentarse, pero no había asientos libres.
                        No tenía cómo/como defenderse de las acusaciones. (consultas)
Lo que yo interpreto de esta afirmación, para ponerla en términos más sencillos, es que solo cuando la pregunta indirecta está explícita en el contexto será obligatorio el uso de la tilde. No estoy de acuerdo con esto, pero tampoco me voy a poner de más papista del papa a contradecir la contradicción de la Academia. De hecho, la busqué en Google Books y sí, todo el mundo escribe “asuntos que tratar”, como el mismo escritor del diccionario contradiciendo su propia norma.
Yo la escribiré con tilde donde me suene el acento. A lo mejor la Academia en sus estudios ha encontrado que ya la gente no produce un acento prosódico ahí, pero me gustaría ver cómo se midió ese aspecto.
Me pesa es el esfuerzo que pasé corrigiendo a mis estudiantes por esto. No vuelvo a corregir a nadie por esto, la vida se hace más sencilla así.

Saturday, September 16, 2017

"Acentos" (=dialectos) de Colombia

En otra entrada se ha explicado cuál es la manera científica de clasificar los “acentos”, que se denominan técnicamente “dialectos” o formas de hablar de una región determinada (más información aquí). ¿Cuáles son los dialectos en Colombia?
Esa fue la pregunta que se hicieron los investigadores del Instituto Caro y Cuervo a mediados del siglo XX. Ellos diseñaron un proyecto de investigación que consistía en viajar a todos los pueblos posibles de Colombia para recolectar información sobre la forma como hablaban en cada pueblo. Después de esto, introducirían la información en una base de datos que llevaría a la elaboración de mapas lingüísticos. El resultado fue una obra monumental llamada Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia.
Antes de empezar el proyecto, uno de los investigadores líderes, llamado Luis Flores (vea texto aquí), propuso una hipótesis de los posibles dialectos de Colombia. Los dialectos son los siguientes:
1) Dialecto caribeño: conocido en Colombia como “acento costeño”, incluye todos los departamentos de la costa Caribe.
2) El antioqueño: conocido en Colombia como “paisa”, incluye el área noroccidental andina. Es un área que tiene como eje central el área andina de Antioquia (excluye el área costera de Antioquia) y se extiende hacia el sur más o menos hasta el norte del Valle.
4) El cundiboyacense: incluye el área nororiental de la región andina, los departamentos de Cundinamarca y Boyacá. Algunos denominan “rolo” a la variedad más representativa de este dialecto, que es el de Bogotá, la capital colombiana.
3) El santandereano: es el norte de la región andina colombiana, con los departamentos de Santander del Norte y Santander del Sur.
4) El huilense-tolimense: en general, se puede decir que es la región central andina, con los departamentos de Huila y Tolima.
5) El caucano-valluno: es el área suroccidental de la región andina, excluyendo la frontera con Ecuador. Incluye la parte andina de los departamentos del Valle y el Cauca.
6) El andino-sureño: es la región andina más próxima a Ecuador, incluye principalmente el área andina de Nariño y parte del Putumayo.
7) El pacífico: todo el departamento del Chocó es parte de esta área, que también incluye la zona costera de Valle, Cauca y Nariño.
8) El llanero: es un área muy diversa que reúne los departamentos de los Llanos orientales, como Meta, Arauca, Casanare y Vichada.
           
            Esta división no hace justicia a la gran diversidad lingüística que puede existir dentro de cada dialecto. Pueden existir grandes diferencias entre los hablantes caribeños, o entre una persona de Cundinamarca y otra de Boyacá. Alguien puede decir que el Huila y el Tolima tienen acentos diferentes. Sin embargo, sí existen características comunes a cada uno de estos dialectos. Aunque un paisa de Antioquia hable diferente de un paisa de Caldas, existen características similares que los hacen “paisas”. Aunque un guajiro y un cordobés tengan diferencias, su forma de habla tiene elementos comunes que los hacen indistinguiblemente caribeños.
            De hecho, los investigadores del Caro y Cuervo decidieron que ninguna clasificación hacía justicia a la gran diversidad dialectal en Colombia. Cada palabra, por ejemplo, trae su propia clasificación según los lugares donde se use. Por ejemplo, por el uso de “vos”, el dialecto paisa y el caucano-valluno son un solo dialecto. Por el uso de “j” en vez de “s” en palabras como “mosca”, que se dice “mojca”, el dialecto Pacífico y el del Caribe son un solo dialecto. Y así cada palabra, sonido y elemento lingüístico traería su propia clasificación. De esta manera, los dialectos serían infinitos.
            Yo creo que una clasificación al infinito no sirve de nada para conocer la realidad. Siempre la realidad es más compleja de lo que pensamos, pero decir que es inclasificable no nos ayuda a conocer más. Considero que esta clasificación inicial que hizo Luis Flores es la más útil para poder hablar de la lengua en Colombia. 

Saturday, September 9, 2017

Jalar o halar

Hay una palabra que se usa en Colombia, pero también en toda Hispanoamérica y es “jalar”. Esta es sinónimo de “halar”, y ambas aparecen aceptadas por la Real Academia sin restricción geográfica. En Colombia, ambas significan “tirar hacia sí de algo”, como jalar una cuerda o jalar una puerta para abrirla.
El significado de “jalar” en Hispanoamérica es bastante amplio comparado con su etimología: “halar” significa tirar de una lona de un barco o un remo. Es decir, su significado proviene del léxico marinero.
Según Corominas, “halar” fue introducida en el siglo XVI por la lengua francesa. En América, siendo una palabra de jerga marinera, se extendió al uso común y amplió su significado. Esto es comprensible cuando pensamos que los primeros colonizadores de América fueron marineros, y en ciertas regiones como el Caribe o las costas había muchos marineros que introdujeron sus palabras.

Thursday, August 31, 2017

Jarto o harto

Hay una palabra que se usa tal vez solo en Colombia con “j” inicial (fonema /h/): “jarto”. En español estándar es “harto”, es decir, no tiene consonante inicial. Significa “cansado” o “fastidiado”. Proviene del latín “fartus”, que significado “relleno” según Joan de Corominas. Parece un sentido metafórico del significado original que tenía en latín. Alguien que está cansado es porque está tan “lleno” de obligaciones que ya no puede soportarlas.
            El sonido “f” inicial del latín cambió a un sonido “j” (fonema /h/) en español medieval, que empezó a omitirse hacia el siglo XV en dialectos norteños de España. Esto llevó a la desaparición de /h/ inicial en español estándar, pero ha sobrevivido en palabras como “jediondo” (que huele mal) por /edióndo/. También sobrevivió en la escritura, por eso muchas palabras conservaron la escritura de la “h” inicial, como en “hediondo”, aunque no se pronuncie.
            Lo curioso es que en Colombia es terrible decir “jediondo”, pero es común decir “jarto”, cuando se trata exactamente del mismo fenómeno. Una extensión de este fenómeno es decir cosas como “juerza” o “juimos”, que se oyen muy mal, pero igual todo el mundo dice “eso tan jarto” o “qué jartera” sin problemas. Si alguien dijera /árto/ (=harto) o /artéra/ (=hartéra) , sonaría bastante pedante como ser soportado por su grupo de amigos.
            Otra cosa curiosa es que la gente dice “había hartos /ártos/ libros” por decir “había muchos libros” sin consonante inicial. Es decir, como sinónimo de “muchos” sí se usa la forma estándar, pero como sinónimo de “cansado” o “aburrido” se usa el sonido /h/ representado con “j”.

Sunday, August 20, 2017

Coso y cosa

La palabra “cosa” proviene del latín “causa”, donde “au” se transformó en “o”. Un significado secundario en latín era “asunto, cuestión”, y de este significado tomó en latín vulgar el significado de “cosa” como tal en el siglo IV, según afirma Joan de Corominas. En latín y en español es un sustantivo inanimado de género femenino, pero en español colombiano (hasta donde tengo noticia) ha tomado un género masculino: “el coso”. Tiene un significado un poco diferente de “cosa”.
Mientras que “cosa” se refiere a cualquier objeto del cual se omite el nombre por cualquier motivo, y puede referirse a objetos abstractos, el “coso” es un objeto del cual se omite el nombre porque se desconoce y siempre se refiere a objetos concretos. Así, por ejemplo, alguien puede decir: “Le digo una cosa”, donde “cosa” se refiere a todo lo que va a decir de manera global o abstracta, y sirve para anunciar lo que se va a decir sin decirlo.
“El coso”, por su parte, siempre es abstracto. Nunca vamos a escuchar decir “Vea, le digo un coso” o “El coso es que no podemos ir”, donde “coso” significa “asunto” o “cuestión”, algo intangible, una idea. Pero sí vamos a escuchar “Páseme ese coso que está ahí”, para referirse a algún objeto de la casa para el que no se tiene nombre. Y de ahí viene “el cosito” que puede ser sinónimo de “el cuchuflincito”.
En lenguaje técnico la palabra “cosa” es una “proforma” (véase el libro de Enrique Bernardés, Introducción a la lingüística del texto), es decir, un sustantivo que tiene una función similar a la del pronombre, esto es, reemplazar al nombre sin repetirlo. La palabra “coso” tiene una función más específica derivada de “cosa”.
En español los sustantivos inanimados no tienen cambio en el género. Por ejemplo, “el baño” no puede ser “la baña”, “el árbol” no puede ser “la árbola”, “el jardín” no puede ser “la jardina” y así sucesivamente. Hay sustantivos que varían en género según el dialecto, como “el computador” y “la computadora”, pero ambos significan lo mismo: no es que haya un computador hembra y un computador macho.
Pero hay unos cuantos sustantivos inanimados que cambian el significado total de la palabra. Es el caso de “el naranjo” y “la naranja”, donde “el naranjo” es el árbol y “la naranja” es el fruto. Sin embargo, este cambio de significado no implica que el árbol sea macho y la fruta sea hembra. A esta categoría pertenece la distinción entre “el coso” y “la cosa”.
La palabra “coso” derivada de “cosa” nada tiene que ver con otra palabra idéntica, “el coso”, para referirse al campo donde se lidia el toro. Este proviene de “cursus” y tiene su propia evolución. La palabra “coso” como contraparte masculina de “cosa” es una evolución posterior de la palabra “cosa”, 

Saturday, July 29, 2017

Hubiera y hubiese: historia

“Hubiera” y “hubiese” se mueven en el espinoso terreno del subjuntivo, donde todo es complicado. El subjuntivo es el plano de la duda, el deseo y la conjetura, como en “Quiero que vengas”. El verbo “vengas” está en subjuntivo porque es un deseo de la persona que emite la frase, quien no tiene control sobre lo que haga el otro, pero tiene un deseo sobre esa acción del otro.
Cuando se habla del pasado, pues, se pierde mucho más el control sobre el deseo, porque las cosas que pasaron no se pueden cambiar. Si alguien le dice al otro: “Quería que vinieras”, implica que tuvo ese deseo en el pasado. Tal vez el otro vino o no, no sabemos, pero eso no es relevante en la oración. Pero si se dice “Quería que hubieras venido” o “Quería que hubieses venido”, en cambio, sabemos que la persona tuvo el deseo y que el otro NO vino. Es decir, el pasado de subjuntivo expresa un deseo que no se cumplió.
            El investigador Martin Harris asegura que ya en latín hablado (siglo IV) existía la fórmula “habuisset factum” para “hubiese hecho”. La palabra “habuisset” pasó por varios cambios de sonido: primero se dejó de pronunciar la “t”. Luego la “u” se movió después de “a”. Así pasó de pronunciarse “habuisset” a “haubisse”. Luego la “au” se transformó en “o” y así se formó “hobise”. El morfema “ie” en “hobiese” se formó para relacionarse con verbos como “quisiese”, “tuviese”, “quisieron” o “tuvieron”. Por influencia del diptongo “ie”, pues, apareció finalmente “hubiese” con “u”.
“Hobiese” y “hubiese” empezaron a usarse con más frecuencia en los siglos XIII y XIV, según afirma el investigador Francisco Marcos Marín. En ese momento solo era posible decir “Quería que hubieses venido” y nunca “Quería que hubieras venido”. Sin embargo, la historia da vueltas y trae curiosas ironías.
            En la edad media, un verbo como “viniera” significaba “había venido”: no era un subjuntivo y no servía para expresar deseo. Se usaba en oraciones como “Y él hasta ese momento no viniera”, donde hoy en día diríamos “había venido”. Solo en el siglo XIV, empieza a usarse “había venido” en un contexto como este. Oraciones con “había” se vuelven cada vez más populares. Esto lo dice Kathleen Wheatley en su tesis doctoral.
            Si se observa en “Y él hasta ese momento no viniera”, en todo caso, se puede interpretar que él no tenía la intención o el deseo de venir. Es decir, en “viniera” podía haber un sentido subjuntivo secundario que empieza a hacerse primario. Cuando “viniera” se vuelve subjuntivo del todo, entonces aparece “hubiera venido” para expresar un tipo de subjuntivo especial: el que expresa un deseo en el pasado que no se cumplió.
            Esto deja un estado de equivalencia entre “hubiera” y “hubiese”. En mi propia investigación en corpus históricos (CORDE y CORDIAM), encuentro que a partir del siglo XVII “hubiese” empieza a usarse mucho menos que “hubiera” y así va declinando progresivamente hasta el siglo XX.

¿Hubiera o hubiese?

Los dos, “hubiera” o “hubiese”, son formas válidas en español estándar. A algunos “hubiese” les suena más sofisticado, pero la verdad es que no existe ninguna diferencia de estilo ni de significado entre ellos. Son verdaderamente sinónimos, aunque “hubiese” está entrando en desuso.
Sí, “hubiese” está desapareciendo del español. Y desaparecerá primero “hubiese” que “haiga”, para desgracia de las cruzadas lingüísticas contra “haiga” que he visto en tantos grupos de Facebook.
Solamente los puertorriqueños usan “hubiese” en su forma natural de hablar sin pretensiones de sofisticación. También parece que se conserva en comunidades aisladas y campesinas que suelen conservar formas antiguas. Así que no es raro escuchar a un campesino decir “haiga” y “hubiese” de una manera totalmente natural, sin que esté tratando de sonar sofisticado.
¿Qué son “hubiera” y “hubiese”? Son formas subjuntivas de pasado de “haber”. Si lo usamos con un participio, como en “hubiera cantado” o “hubiese cantado”, se le denomina pluscuamperfecto de subjuntivo.
Sirve para conjeturar algo que tendría que haber ocurrido en el pasado antes de otro evento posible que no pasó. Un ejemplo es “cuando su hijo hubiera llegado, su padre ya se habría muerto; pero no murió”. Es decir, el hablante conjetura que el padre estaba en un estado de salud tan malo que no parecía ser posible que el hijo alcanzara a llegar antes de que muriera, pero los hechos fueron contrarios a lo que se especulaba.
“Hubiera”, “hubiese” e incluso “habría” están en un plano conjetural en el pasado, y esto hace que otras pequeñas distinciones se borren. Por esta razón, se van convirtiendo en sinónimos, y rastrear su historia es un asunto tan complicado como establecer sus distinciones.
¿Qué fue primero: “hubiera” o “hubiese”? Posiblemente “hubiese”. Dedicaré otra entrada de blog a explicar el origen de “hubiera” versus “hubiese” y el origen de su sinonimia.

Ortografía y preceptiva

Hay personas que corrigen “haiga”, “naiden” o “ansina” como errores de ortografía, y se burlan de los hablantes que usan estas formas. Yo me burlo más de los que dicen que estos son errores de ortografía, pues desconocen el concepto básico de “ortografía” (y aun así se atreven a corregir a otros).
            “Ortografía” viene de “orto”=bien y “grafía”=letra. Es el arte de usar bien las letras, no otra cosa. Por lo tanto, la ortografía regula solamente la manera como se escriben las palabras, no la manera como se pronuncian. La ortografía se mueve únicamente en el dominio escrito, mientras que “haiga”, “naiden” y “ansina” pertenecen al dominio oral.
            Por ejemplo, si un latinoamericano escribe “asen” en vez de “hacen”, el error es solamente de la letra, pues tanto “asen” como “hacen” se pronuncian igual en español latinoamericano. Por lo tanto, el error consiste en haber omitido una “h” al comienzo y en haber puesto una “s” en lugar de una “c”. Es propiamente un error de ortografía.
            Por el contrario, si una persona escribe “haiga” en vez de “haya”, no hay manera de leer “ig” como “y” o viceversa en ninguna circunstancia. Es una cuestión que nada tiene que ver con cómo se escribe la palabra, sino con la conjugación del verbo “haber”. La persona que escribe “haiga” seguramente también lo dice oralmente.
            Si hemos de utilizar un término para referirnos a la práctica de corregir el uso el lenguaje en general, este es el que se denomina “preceptiva”, o también “gramática prescriptiva”. La “preceptiva” es el conjunto de reglas que se aplican al uso del lenguaje que se acepta entre las élites intelectuales y la escritura como tal. El uso de “haiga” sería un error de preceptiva, no de ortografía. La ortografía es parte muy pequeña de la preceptiva.
Ahora bien, yo me resisto a aceptar que “haiga”, “naiden” o “ansina” sean consideradas errores. Son formas muy tradicionales del español, que fueron comunes en otra época y después, por arbitrariedad de la élite intelectual, se empezaron a considerar errores. Hay personas que han aprendido esas formas como parte de su lengua materna y son parte de su manera de hablar. Si acaso hay que señalarlas de alguna manera, yo las llamaría variantes no estándar. El estándar es la lengua que se acepta en élites intelectuales, y el no estándar el que no se acepta en tales élites.

Thursday, June 29, 2017

Chévere

Publicado en El País

Una situación o persona “chévere” generalmente es divertida, entretenida y agradable: un “novio chévere”, como en el viejo programa de Jota Mario, es a la vez un novio guapo y de buen trato; un profesor “chévere” es más bien relajado. Un objeto “chévere”, además de bonito, transmite frescura y tranquilidad, y es propicio para el entretenimiento.
El tema de salsa “Que chévere” de Orlando Marín ensalza el buen ritmo para bailar de la dama a quien dedica la canción. Muchas veces la expresión “Chévere” significa “Estoy de acuerdo” a la hora de arreglar con alguien un plan futuro. También se usa su antónimo, “antichévere”, para designar una persona complicada que suele arruinar los planes de diversión de sus amigos.
Mi profesora de español nos prohibía decir “chévere” por considerarla una incorrección del español colombiano, pero cuando tratábamos de sustituirla por un sinónimo no encontrábamos una palabra que permitiera expresar tanta variedad de atributos.
            Dejé de creer falsamente que era un exotismo colombiano cuando se la escuché decir a varios cubanos. Se usa en todas las islas del Caribe, en todos los países centroamericanos y, por supuesto, en Venezuela. El diccionario de la Academia también lo documenta en Bolivia y Perú.
            El origen de “chévere”, según investigadores como José G. Moreno de Alba y Frago Gracia, se encuentra en las lenguas africanas. Al sumergirnos en la profundidad de su origen, parece más misterioso de lo que su gran extensión sugiere y su exploración nos lleva al campo de la música cubana.
El investigador Ned Sublette, en su libro Cuba and its music (Cuba y su música), atribuye su origen a la lengua efik, que se habla en el sureste de Nigeria. Esta se usó como lengua ritual de una sociedad secreta afrocubana llamada abakuá, en la Habana.
Según Ivor Miller, los españoles en Cuba organizaron a los esclavos por grupos étnicos para asegurar cierto control sobre el personal, pero lo que ocurrió fue todo lo contrario: al estar agrupados, los afrocubanos lograron fortalecer lazos culturales y crear estrategias de resistencia.
La sociedad abakuá se constituyó en 1836 como resultado de esta forma de agrupación. Se llamaban a sí mismos “la gente del leopardo”.
En la sociedad abakuá, “chévere” significaba “valiente, maravilloso, excelente”. La expresión “Ma’ chévere” era en principio un título honorífico para Mokongo, cierto dignatario nigeriano del reino de Calabar, en el sureste de Nigeria. Mokongo era reconocido por sus habilidades en el manejo de la espada contra sus enemigos y, por eso, el honorífico “chévere” se convirtió en un adjetivo que engloba cualidades positivas.
Los abakuá no solo tenían una lengua secreta, sino un conocimiento hermético que solo compartían entre sus miembros. Entre otras prácticas, los abakuá desarrollaron una música ritual que produjo ritmos como el guaguancó. Los bongos, de hecho, eran tambores rituales que usaban los abakuá en la producción de su música.
            La palabra “chévere” empezó a usarse fuera de la sociedad abakuá en la música afro-cubana. Entre sus primeras documentaciones en español se encuentra el tema titulado “Criolla carabalí” (1928) del Septeto Habanero, que dice lo siguiente: “Efí Abarakó yeneka Mokongo Machebere” (“El grupo Efí Abarakó son hermanos valientes”).
Todo esto lo conoció Ivor Miller por medio de entrevistas de campo que hizo a personas mayores que conservaban información sobre los abakuá por tradición oral.
Posteriormente su significado fue cambiando para designar un atributo positivo relacionado con lo divertido, agradable y entretenido. De esta manera, la palabra “chévere” parece haber entrado al resto del español hispanoamericano por influencia de la música cubana al popularizarse.
Existen otras hipótesis, como la que se cita en un texto de Fernando Iwasaki. De acuerdo con este autor, el filólogo cubano José Juan Arrom identificó el origen de la palabra en el siglo XVI. Un cortesano llamado Guillermo de Croy (1458-1521), señor de Chiévres, era conocido por su pomposidad y grandilocuencia. Según Arrom, “chévere” deriva de “Chiévres” por asociación con los atributos de este hombre y por derivación sonora.
No he podido corroborar una documentación tan antigua en mis fuentes históricas. No recuerdo haberles escuchado decir “chévere” a mis abuelos o a gente mayor, pero sí a mis padres. De hecho, Andrés Caicedo la usa en diferentes oportunidades en su literatura. Entonces, pudo haber entrado al español de Colombia en la década de 1960 por influencia de la salsa y los ritmos asociados.
Para seguir indagando, me gustaría que alguien que esté leyendo esto me contara si se lo ha escuchado decir a sus abuelos o personas mayores, o si conoce otras canciones cubanas donde se utilice. Escríbame a lenguaencolombia@gmail.com si tiene algún comentario al respecto.

Monday, June 19, 2017

"La RAE lo hizo otra vez"

Internet es una fuente inagotable de desinformación. Si lo es con cosas del idioma, ¿cómo puede ser con el resto? ¿Con todo? Haciéndonos ideas deformadas y falsas de la realidad día a día, a todas las personas.
            Lo digo por ese artículo que se titula “La RAE lo hizo otra vez”, con una foto de una estatua como griega con la mano en la cara, como si estuviera consternado por las palabras “incorrectas” que la RAE ha “aceptado”. Este artículo es a su vez copia de otro que se titula “20 palabras que la RAE ha incorporado al diccionario”.
            El que escribió este artículo ni se tomó la molestia de indagar CUÁNDO fueron incorporadas estas palabras.
            Veamos algunas:
            “Toballa”: incorporada en 1739.
            “Almóndiga”: incorporada en 1726.
            “Asín”: incorporada en 1770.
            “Descambiar”: incorporada en 1843.
            “Papahuevos”: incorporada en 1803.
            Y así no quise hacer más búsqueda para no ponerme como el griego de la estatua con tanta desinformación.
            Cuando el autor del dicho artículo dice: “A continuación recopilamos 20 palabras raras que la RAE ha incorporado al diccionario en los últimos años”, evidentemente se refiere a los últimos 300 años o tres siglos de historia.
            Autor anónimo: si apenas te diste cuenta que estas palabras existían en el diccionario, no quiere decir que apenas hayan sido aceptadas cuando te diste cuenta. El mundo no gira a tu alrededor.

Friday, June 2, 2017

¿Yerro o erro?

La Academia acepta “yerro” y “erro” (cometo un error), “yerras” y “erras”, “yerra” y “erra”, “yerran” y “erran”, en el presente de indicativo. En el presente de subjuntivo, acepta la forma con “y” y sin ella, como en “para que no yerres/erres”. Usar esta forma ya es extraño, pues el hablante prefiere decir la frase “cometer un error” o “equivocarse”. Pero si se quiere decir en una sola palabra, se puede empezar tanto con “y” como con “e”.
            Es curioso que la Academia acepte ambas formas, aún contra sus orígenes etimológicos y el uso culto. La palabra “errar” viene del latín “errare” que comenzaba con “e” breve. En latín existían dos formas de pronunciar las vocales: largas o breves. Esta pronunciación se conservó en italiano, pero se perdió en español. La “e” que se pronunciaba breve en latín y quedaba con acento, terminó formando un diptongo “ie” como en “cielo”, del latín “cellum”. En cambio, en “celeste” ya no tiene acento y entonces no se forma un diptongo, siendo “cieleste” imposible.
            Lo mismo pasaría con “errare”. En la conjugación infinitiva, el acento queda al final, como en “errár” (pongo la tilde para recalcar la sonoridad del acento), así que la “e” se queda siendo “e”. Pero cuando tiene el acento, como en “érro”, se transformó en “iérro” como pasó con todos los casos de “e” breve acentuada del latín. De ahí la forma “yerro”, donde la “i” a comienzo de palabra asume inmediatamente la cualidad de consonante, como pasa con “hierba” y “yerba”.
Según esto, cuando la Academia admite “erro”, “erras”… va contra la etimología. La forma que se acerca a su origen latino es “yerro”, “yerras”…
            Una búsqueda en las bases de datos de la Real Academia muestra que “yerro”, “yerras”… se usa con bastante más frecuencia que “erra”, “erras”… Es decir, cuando la Academia acepta “erra”, “erras”…, también va contra el uso.
            Esto es apenas uno de los ejemplos en los que se muestra la arbitrariedad de la Academia a la hora de aceptar o rechazar variantes. En este caso, la Academia ha sido bastante benevolente al aceptar ambas formas, lo cual le conviene al hablante interesado en conformarse a la regla académica. Sin embargo, ¿por qué no acepta “haiga” y “haya” al mismo tiempo? Bien podría hacerlo, no existe obstáculo, si acepta “yerro” y “erro”.

Achicopalado

“Achicopalado” es estar abatido, deprimido, triste o humillado, que se expresa en una postura del cuerpo encogida, y con tendencia al aislamiento y al silencio. Según la Academia, es expresión propia de México, El Salvador y Honduras. En México se tiene como un término de uso tradicional, coloquial y campesino. Se usa también en Colombia. Curiosamente también se lo hemos escuchado decir a una cubana, pero no se ha encontrado documentación más extensa. Parece desconocido en España y Argentina (véase forista Tacherie aquí).
            Según la Academia, “achicopalado” viene de “achicopalarse” o “achicarse”, que significa “volverse pequeño” y en su tercera acepción “humillarse”. Estar “achicado” es estar “humillado” y por extensión metafórica sentirse abatido, deprimido y triste. De ahí su asociación con una postura corporal en la que el individuo se percibe más pequeño de lo que usualmente es.
            “Achicar” proviene de “chico”, que se remonta al latín “ciccum” o cosa de poco valor. Por esta razón, “achicarse” es consecuente con “humillarse” o asignarse a sí mismo poco valor, con toda la negatividad emocional que esto implica. La adición de “palar” permite establecer una causa de tal humillación como de alguien que ha recibido “palos”, golpizas o contratiempos (véase etimología).
El término “achicarse” como “humillarse” ha debido entrar desde España con los primeros colonizadores de América. La adición de “palar” es lo más desconcertante en la historia de esta palabra. Mientras no exista documentación española, debemos considerarla una innovación hecha por hablantes de español en América, probablemente iniciada en México y extendida así a Centroamérica.  La documentación más antigua se encuentra en México en 1895, pero es probablemente mucho más antigua.
La ausencia de documentación obliga a hacer solo conjeturas sobre cómo llegó a Colombia. Es posible que hubiera llegado por medio del cine mexicano, especialmente Cantinflas (véase forista Mangato aquí). En tal caso, habría que explorar por qué Cantinflas lograría introducir esta palabra solo en Colombia. Habría que averiguar si logró introducir otras palabras mexicanas.
También habría que explorar mejor si es de uso común en Cuba. En tal caso, habría que considerar un origen más antiguo, tal vez en el siglo XVII, para que se extendiera al Caribe y a Colombia, y quién sabe a qué más lugares que se desconoce.
Muchas veces pasa que los hablantes del lugar se creen dueños exclusivos de un vocablo y después encuentran que en un lugar apartado se utiliza también. Eso parece ocurrir en México, aunque yo también creía que los colombianos éramos los únicos que la decíamos.

Sunday, May 21, 2017

Usted

El “usted” en Colombia tiene dos significados contradictorios: se usa para expresar respeto en ciertas ocasiones, pero en otras sirve para expresar confianza. Llamar de “usted” a los hijos, a la esposa o a un amigo cercano es una de las características más representativas del español colombiano. Los extranjeros que ven telenovelas y series colombianas ven como un exotismo colombiano el uso de “usted” hacia una persona de confianza. Es más frecuente en el español de la región andina, en contraposición al español del Caribe, donde prevalece el uso de “tú”.
            El pronombre “usted” de respeto proviene de “vuestra merced”, que surgió en el español del siglo XV en España. Recordemos que “vos” tenía un sentido de respeto en el español medieval, pero luego empieza a usarse también en situaciones de confianza hacia el siglo XV. Para evitar esta ambigüedad, los hablantes españoles crearon un compuesto de “vuestra”, el pronombre posesivo de “vos”, junto con “merced”, que significa “voluntad”.
            “Vuestra merced” es una manera de dirigirse a una persona de manera indirecta, pues es en realidad una tercera persona. No se refiere directamente a la persona, sino que se alude a su voluntad de atender lo que se le está diciendo. Esta “voluntad” de la persona es otra entidad lingüística.
            Poco a poco fueron introduciéndose otras formas de tercera persona. Al principio se decía “vuestra merced cantáis”, pero luego se fue introduciendo: “vuestra merced canta”. Nótese que el verbo “canta” es igual a “él/ella canta”. Al comienzo se decía “este es vuestro hijo” y luego, al evolucionar el lenguaje, se empezó a decir “este es su hijo”. Nótese que el “su” de “él/ella” es igual al “su” de “usted”.
            El “vuestra merced” se popularizó en el siglo XVI. Se usaba con tanta frecuencia que muchas personas eliminaban sonidos de este compuesto tan largo. Surgieron en el siglo XVII formas como “vuesanced”, “vuesasted”, “voacé” y, por su puesto, “vuested” y “vusted”, de donde surge “usted”. Posteriormente sobrevivió solamente “usted”.
            Formas colombianas como “vustéd” y “sumercé”. Así mismo, conviene explicar cómo surgió el “usted” de confianza, que se relaciona con el surgimiento de “sumercé”, como lo haré en otro momento.

Monday, May 15, 2017

Ñapa

Versión actualizada según la publicación de El País

En Latinoamérica, un cliente que hace una buena compra no solo espera recibir su ñapa, sino que puede exigirla en caso de no recibirla: “¿Y la ñapa?”.
La palabra “ñapa” se usa en Colombia y en casi toda Hispanoamérica. Se refiere a un pequeño agregado gratis que un vendedor da como compensación al cliente que ha hecho una buena compra. También se utiliza la expresión adverbial “de ñapa”, que sirve para calificar la acción de ofrecer una cosa extra al valor del intercambio comercial.
Por esta vía se han creado numerosos sentidos metafóricos, generalmente sarcásticos, relacionados con la idea de ofrecer algo extra que no se esperaba.
Por ejemplo, se le llama “ñapa” al golpe final que se le da a una persona después de una paliza muy fuerte, o al beso que da una persona al final de una velada romántica en medio del coqueteo.
La palabra “ñapa” se origina en una palabra quechua que significa “ayuda” o “aumento”, según afirma el diccionario de la Real Academia. Una versión más antigua de la palabra es la escritura con “y”, debida probablemente a diferencias de pronunciación de distintas variedades del quechua. El quechua es la lengua que hablaban los indígenas del pueblo conocido Inca en su faceta imperial, que abarcó un territorio que incluía lo que hoy es Perú, Ecuador, Bolivia, parte de Argentina, Chile y Colombia.
Que se use en territorios andinos es comprensible, pues allí tuvo presencia el imperio Inca. Pero la palabra también se usa en el español de México y las islas Caribe, mucho más de lo que abarcó el territorio Inca. Solo pudo haber llegado allá por medio de los mismos colonizadores españoles.
Al ser una palabra indígena, el concepto que da origen es muy probable que también lo sea. Es decir, no solo se extiende un término, sino una práctica comercial y una forma de concebir el intercambio.
Muchas veces en medio del “regateo”, una práctica comercial también hispánica, tal vez proveniente de la cultura árabe, el comprador pregunta: “¿y de ñapa?”, para pedir una cosa extra que lo incentive a cerrar el negocio a determinado precio. Otras veces el comprador ni siquiera espera que se le dé “ñapa”, sino que esta es una sorpresa ofrecida al final de la compra.
A través de la “ñapa”, no solo se ofrece al comprador un incentivo para que reitere futuras compras con el mismo vendedor, sino que se emite un mensaje de agradecimiento y se buscan establecer lazos que van más allá del mero intercambio comercial y que pueden lindar en la amistad. La “ñapa” implica que la compra es una especie de favor con potencialidad de extenderse en una nueva relación humana de cordialidad.
La palabra “ñapa” ha debido transmitirse por tradición oral entre los comerciantes de América. Los colonizadores han debido sentirse fascinados por el concepto de “ñapa” de los indígenas y sus posibilidades comerciales, tanto que se lo apropiaron y lo llevaron a lugares insospechados. Por ejemplo, al francés de Luisiana, en Estados Unidos.
Los españoles fueron los primeros europeos que exploraron la zona de Nueva Orleans, lo que atrajo el interés de los franceses, quienes llegaron desde Canadá por el río Misisipi y colonizaron el territorio entre el siglo XVII y XVIII. Después estuvo bajo el dominio de España a finales del siglo XVIII, para regresar a manos de los franceses, y finalmente ser comprada por Estados Unidos en 1803.
Pues bien, por influencia española, la palabra “ñapa” entró en el francés de Luisiana y Nueva Orleans, junto con la práctica cultural asociada. Los franceses introdujeron la forma compuesta “la ñapa” (con el artículo “la”) y de ahí surgió “lagniappe” como palabra francesa. En francés se pronuncia “lañáp”.
Nueva Orleans fue siempre un eje estratégico de comercio por la confluencia del río Misisipi con el océano Atlántico. La “ñapa” como práctica comercial probablemente ejercía un gran atractivo entre los compradores potenciales, por la idea de recibir una cosita extra.
Hoy en día se conoce la palabra “lagniappe” en el inglés de Nueva Orleans por influencia de los franceses que la aprendieron de los españoles, y se considera un localismo exótico del cual se sienten orgullosos, un valor agregado a su identidad, pero pocos saben que se trata de una palabra de origen indígena.
¿Qué otros significados tiene para usted? Escríbame a lenguaencolombia@gmail.com

P.D.: 
De ñapa les cuento otra información que recibí de un lector. Resulta que su abuela lo enviaba a la tienda a comprar la "parva" y le decía que se acordara de pedir el "vendaje". Pues sí, "vendaje" parece sinónimo de "ñapa". 
"Vendaje" viene del latín "venditus" de donde surgen el español antiguo "venda" y el moderno "venta". Significa "Añadidura, especialmente la que se da como propina o regalo" según el diccionario de la Academia. Entonces, al parecer, sí existía la práctica tradicional hispánica de dar una cosa extra a la venta antes del encuentro con los quechuas. 
Una pregunta que invita a la reflexión es: si existe el término hispánico "vendaje", que podría significar lo mismo que "ñapa", ¿por qué se introdujo el término indígena "ñapa"? Hasta aquí lo dejamos para pensar e investigar.

Sunday, May 7, 2017

Mitos - Español de España

6 mitos sobre el español que usted siempre creyó

Publicado en El País de Cali

Es cierto que el español que hablamos en América proviene de España, pero dos siglos de independencia política nos han distanciado hasta el punto que desconocemos cómo se habla allá en la Península.
Hemos escuchado a músicos españoles famosos como los de Mecano, Alejandro Sanz o José Luis Perales, hemos visto películas del cineasta José Almodóvar o nos hemos topado con algún doblaje español en el bus de Cali a Bogotá. Famoso es el mito según el cual Luke Skywalker, héroe de Starwars o La guerra de las galaxias, fue traducido al español como “Lucas Trotacielos” en algún doblaje.
A pesar de todo, sigue existiendo una gran distancia entre España con respecto a Hispanoamérica, tanto que los hispanoamericanos estamos llenos de creencias falsas sobre el español que se habla en la Península.
            Mito 1: Todos los españoles hablan español
            En España hay hablantes nativos de otras lenguas que no son el español: el gallego, el asturleonés y el catalán, que es la que hablan los jugadores del Barça y la que aprenderán los hijos de Shakira. En España hay regiones muy aisladas donde hay personas que hablan alguna de estas lenguas y no español.
Lo que hoy se conoce como “español” es resultado de una variedad medieval del latín, la que se hablaba en el reino de Castilla o “castellano”. En la Península había otras maneras de hablar latín según la región, como si fueran “acentos” del latín, según la región: en Galicia se formó el gallego; en León y Asturias, el asturleonés; en Navarra y Aragón, el navarroaragonés, que evolucionó en catalán.
Los castellanos lideraron la guerra contra los musulmanes que habían invadido el sur de España en el siglo VIII. Por esta razón, la variedad castellana de latín se extendió al sur de España y también dominó sobre las demás regiones. En el sur de España había otras variedades de latín, pero estas desaparecieron sin dejar rastro.
            Mito 2: El catalán es un acento del español
            Lo anterior nos lleva a desmontar el mito de que el catalán es un dialecto del español. Lo digo porque en una noticia sobre Shakira, de hecho, leí que ella había insultado a un periodista en “acento” catalán.
            El catalán tal vez era un acento del latín en la edad media temprana, pero que se volvió tan diferente de otros que se convirtió en una lengua con derecho propio como el francés, el italiano y el portugués. De hecho, el francés y el italiano también fueron acentos del latín y hoy son lenguas diferenciadas.
            Es cierto que el catalán se parece mucho al español, pero se parece no porque sea un acento del español, sino porque tanto el español como el catalán provienen del latín. El portugués también se parece mucho al español por la misma razón. De hecho, resulta risible, pero muy ofensivo para los catalanes, decir que su lengua es un acento del español.
            Mito 3: Los españoles hablan mejor español que los latinoamericanos
            O alguien puede pensar que el español de España es mucho peor que el de los latinoamericanos, todo depende de la posición política que se asuma. Un latinoamericano a quien le guste mucho la forma como hablan los españoles seguramente tiene un pensamiento más conservador, que esconde un anhelo por volver a ser colonizado; a un latinoamericano que le moleste el acento español, seguramente tiene un pensamiento más progresista y libertario.
            Lo cierto es que los españoles aceptan como formas normales de hablar algunas cosas que suenan mal a un latinoamericano. Por ejemplo, los españoles dicen “cansau” por “cansado” y no suena mal, pero a un latinoamericano esto le sonaría muy informal o incorrecto. Los españoles, además, usan muy poco el pronombre “usted” y prefieren el “tú” incluso en situaciones formales.
            Mito 4: Los españoles hablan todo con una ese carrasposa
            Cuando un latinoamericano trata de parodia el habla española, generalmente lo hace enrollando la lengua para decir las eses y producir un silbido carrasposa en todas ellas. Esa ese especial que usan los españoles en realidad son dos sonidos diferentes: uno, para las palabras que se escriben con “s”, y otro, para las que se escriben con “z” o “ce” y “ci”.
            No es que los españoles tengan tan buena ortografía que hablan como escriben, no. Es que la ortografía moderna se basa en el sistema de pronunciación peninsular. La pronunciación fue primero y luego la ortografía, nunca al revés.
            El sonido para “z” y “ce/ci” se hace poniendo la lengua entre los dientes incisivos y soltando una especie de silbido. El sonido para “s” es el que suena como carrasposo, pero no es en toda España, sino especialmente en el norte de España. En el sur de España la pronunciación de esta “s” es más parecida a la de América. Incluso, en muchas regiones del sur no existe la diferencia con “z”, siendo su pronunciación exacta a la de un latinoamericano.
            Mito 5: Los españoles usan “vos”
            Ese uso de “vos” con “-ais”, “-eis”, “os” y “vuestro” que tanto usamos los latinoamericanos en las oraciones religiosas nos parece tan formal que pensamos que se usa en España comúnmente (además porque pensamos que allá hablan mejor). No es verdad. En España no existe el “vos” en ninguna región, contexto o estilo.
            El uso de “vos” en el discurso religioso proviene de la época medieval en que “vos” sí era respetuoso. En España sí existió, pero este uso respetuoso desapareció porque se volvió informal hacia el siglo XV. Luego, el “vos” respetuoso solo quedó en los textos. Esta tradición textual influenció el discurso religioso y por eso solo en ese contexto se usa “vos” en Hispanoamérica.
            Los españoles sí usaban el “vos” de respeto, pero solo en la edad media. Hoy en día ese uso ya no existe.
            Mito 6: El “vosotros” es más formal que el “ustedes”
            Y como se piensa que en España se usa “vos” en un sentido formal, se piensa también que “vosotros” es también formal. El pronombre “vosotros”, en sí, es un pronombre informal, o sea que se usa para hablarles a un grupo de amigos o a personas de estatus inferior, como un profesor a sus estudiantes. Además, es un pronombre plural, es decir, solo sirve para dirigirse a varias personas. Muchos imitadores del español de España usan “os” y “vuestro” para dirigirse a una sola persona y esto es un error técnico muy básico.

            En conclusión, si alguna vez usted va a parodiar el acento de los españoles, no diga: “Ey, Lucash Trotashielosh, ¿vaish a venir a la nave?”, porque la “c” de “cielos” es diferente de las eses, y los españoles nunca usarían “vais” para dirigirse a una sola persona. Ponga la palabra “tío” y eso sí será buen acento español.

Thursday, May 4, 2017

Sumercé

Tome chicha sumercé

Publicado en El País abril 30/2017

            Caminando por las calles de La Candelaria, en Bogotá, encontré un anuncio que decía “Tome chicha sumercé”, con los colores y el estilo de letra de cierta marca de gaseosa norteamericana. Me pareció muy ingenioso, porque promovía el consumo de la chicha como licor tradicional autóctono, parodiando la publicidad de una bebida extranjera, lo que constituía una afirmación de identidad regional. La palabra “chicha”, en todo caso, ni siquiera es de origen autóctono, pero esta es otra historia.
Durante mucho tiempo “sumercé” estuvo relegado al habla de clases sociales bajas, lo que podría haber conducido a su desaparición, pero las nuevas generaciones de clase media y alta han revitalizado su uso. El “sumercé” se ha convertido recientemente en un símbolo del ser bogotano. Sin embargo, no es un pronombre tan bogotano como los bogotanos quisieran creer.
El “sumercé” es una forma de pronunciar “su merced”. En español es normal que la “d” al final de una sílaba se pronuncie tan suave que desaparezca. De hecho, en la conversación informal, la gente dice “ciudá”, “usté” y “universidá”. Los que tratan de hablar bien hacen una “d” tan fuerte que termina siendo “t”, diciendo “ciudát”, “ustet” y “universidat”. La “d” al final de la sílaba como tal es muy difícil de pronunciar para cualquier hispanohablante.
            El “su merced” empieza a formarse en España en el siglo XV, esto es, a finales de la edad media. En esa época existía otro pronombre que servía para expresar respeto, y era “vos”, pero ya muchas personas lo usaban en situaciones de confianza. Usar “vos” en situaciones de respeto empezaba a ser peligroso porque daba lugar a la ambigüedad.
            La estrategia que crearon los medievales para evitar la ambigüedad fue inventar una manera aún más respetuosa, y esta fue “vuestra merced”. De esta manera, no se dirigían directamente a la persona, sino a su voluntad de acción, pues “merced” significaba “voluntad”. Así se creaba una respetuosa distancia.
En todo caso, este pronombre todavía tenía “vuestra” que era el posesivo del pronombre “vos”.  Posteriormente se creó entonces “su merced”, que era todavía más respetuoso, pues ya se usaba “su” en vez de “vuestra” y ya no había rastros del pronombre “vos”. Sin embargo, el pronombre “vuestra merced” era el más común.
“Vuestra merced”, en el siglo XVI, se hizo tan popular que la gente empezó a pronunciarlo tan rápido que la gente decía cosas como “vuesasted”, “vuested” y finalmente “usted”. Entonces el “usted” de hoy en día es una forma mal pronunciada de “vuestra merced”.
Nótese que la conjugación de “usted” y “sumercé” es igual a la de “él” y “ella”: “¿Sumercé/usted tiene un lapicero que me preste?”, igual a “¿Él tiene un lapicero que me preste?”.
Entonces, en el siglo XVII, existía “usted” como pronombre de respeto y “su merced” como un tratamiento mucho más respetuoso. Y así se usó probablemente en toda Hispanoamérica, y en Colombia, hasta mediados del siglo XX.
Si ustedes leen novelas antioqueñas y vallecaucanas, encontrarán que “sumercé” era bastante común. Por ejemplo, el escritor antioqueño Tomás Carrasquilla lo pone en boca de hablantes campesinos que se dirigen a personas de mayor rango social. En María, del escritor vallecaucano Jorge Isaacs, los empleados afrodescendientes se dirigen a sus patrones con “sumercé”.
“Sumercé” es un pronombre demasiado servil para sobrevivir a las ideas progresistas que surgieron después de la independencia, y por eso se fue relegando a las clases bajas. Estas mantuvieron arraigado en su sistema lingüístico las férreas jerarquías sociales de la colonia.
A mediados del siglo XIX, las clases medias que surgieron después de la independencia de Colombia rechazaban todo lo que sonara monárquico, en un proyecto ideológico de distanciarse de todo lo que recordara el pasado colonial. A este movimiento perteneció el escritor bogotano Eugenio Díaz, el autor de Manuela. Díaz es un escritor más interesante de lo que nos muestran en el colegio, la manera como retrata los cambios sociales es única entre los escritores de su época.
Al contrario de lo que ocurrió en el resto de Colombia, en Bogotá “sumercé” sobrevivió por mucho más tiempo, a pesar de los esfuerzos de ideólogos como Eugenio Díaz. Como decía mi profesor José Joaquín Montes, la supervivencia de “sumercé” refleja unas jerarquías sociales más rígidas. Es decir, en Bogotá sobrevivió el “sumercé” por ser una sociedad más desigual que Antioquia y el Valle del Cauca, con más distancia entre clases sociales. Para los bogotanos había que exagerar más el respeto y emplear “sumercé”.
A finales del siglo XX, el “sumercé” era frecuente entre personas de origen campesino, herederos de ese sistema lingüístico de servidumbre. Deja de ser políticamente correcto porque nos recuerda una gran desigualdad social.
Entonces “sumercé” resucita renovado en las clases medias bogotanas. Cuando estas personas lo utilizan, ya significa otra cosa. Ya no es el pronombre servil de quien agacha la cabeza ante su patrón, sino el pronombre amable que expresa camaradería entre amigos cercanos, incluso un pronombre irónico que parodia el respeto de antaño y sirve para hablar en sentido figurado.
Los bogotanos se apropiaron de “sumercé” con esta renovación semántica, pero no es un pronombre bogotano. El “sumercé” nos pertenece a todos, españoles e hispanoamericanos, siendo los bogotanos quienes supieron darle nueva vida.