Tuesday, November 14, 2017

Aeropuertos y su léxico marítimo

Barcos que vuelan

Publicado en la Gaceta Dominical de El País de Cali el 4 de noviembre de 2017

El 20 de septiembre inició la huelga de pilotos de Avianca que ha producido gran revuelo en los aeropuertos y en la opinión pública. Muchos alegan que los pilotos constituyen una élite que ya posee demasiados privilegios como para pedir más. Y otros reivindican la función del piloto, quien por su responsabilidad debería disfrutar de perfectas condiciones de trabajo, o son asalariados que tienen derecho a protestar.
            El piloto de avión es una figura de autoridad, pues es quien comanda el destino de la aeronave, y puede decidir quién se sube al avión y quién no. En el avión, el pasajero deja de ser un cliente y se convierte en un subordinado del piloto. Ejemplo de tal situación está el evento en que un piloto de VivaColombia obligó a bajar a una pasajera que no cumplía con los requerimientos de equipaje, aunque los pasajeros hicieron “vaca” para reunir dinero.
            Todo el sistema de transporte aéreo, incluida la concepción del piloto y las palabras que se utilizan, se basa en el transporte marítimo, en el que el piloto es como el capitán de un barco, y puede decidir sobre su destino.
La palabra “piloto” tiene relación con “pilotar”, que significa mover el timón de un barco. Según Joan de Corominas, “piloto” proviene de la lengua italiana, y se documenta en español desde 1282. Recordemos que los italianos estuvieron a la vanguardia de la navegación marítima, como el caso de Marco Polo (1254-1324) y Américo Vespucio (1454-1512).
La palabra “piloto”, pues, significa originalmente “timonel”, referido a la navegación del barco. Y una búsqueda en el diccionario de la Real Academia nos permite rastrear los otros términos.
Empecemos por la palabra “aeronave”. Descompongamos la palabra y tomemos solo el segmento “nave”. La palabra “nave”, que viene del latín “navis”, significa “barco”. Luego se le agrega “aero”, que significa “aire”. Así que una aeronave es un barco de los aires.
La palabra “abordar” y “abordo” provienen de “bordo”, que es la parte exterior de un buque. Es lo mismo que la palabra “borde”, que al parecer viene del francés “bord” que significaba “lado de un barco”. Entonces la palabra “borde” de cualquier cosa se origina en el vocabulario marítimo.
“Abordar” significa entrar a un barco, porque al entrar se toca un lado del mismo. Según el diccionario, “abordar” también es cuando dos barcos se aproximan o chocan, por cuanto se tocan sus lados.
Mucho más obvio en este sentido son los términos “puerta de embarque” y “tarjeta de embarque”. La puerta de entrada al avión tiene el nombre de la entrada a un barco, y del mismo modo el documento que le permite entrar.
Obsérvese también la palabra “aeropuerto”. Si descomponemos la palabra y quitamos la palabra “aero” (“aire”), nos queda la palabra “puerto”. “Puerto” proviene del latín “portus”, que significaba entrada o abertura entre una fuente de agua.
¿Y qué es un puerto? Como el bello puerto del mar mi Buenaventura, un lugar en la costa destinado a la llegada de los barcos para que realicen sus operaciones. Al agregarle el segmento “aero”, ¿qué queda? Un lugar de llegada, pero no para el transporte marítimo, sino para las naves de transporte aéreo.
La palabra “aduana”, por su parte, proviene del árabe “addiwán”, para referirse a una oficina localizada en la costa, que controlaba la entrada de mercancía que debería ser sujeta a impuestos. La presencia árabe en España desde el siglo VIII hasta finales de la edad media dejó una gran cantidad de palabras de esta lengua.
Pues bien, hoy en día “aduana” significa algo similar a su original árabe. Es una oficina que controla los impuestos de la mercancía que entra y sale. La única diferencia es que no está ubicada en las costas, sino en los aeropuertos.
            También está la palabra “tripulación”, que es conjunto de personal de servicio del avión. Proviene del verbo “tripular”, que viene del latín “interpolare” y significaba “reformar, alterar”. Se encuentra por primera vez en 1604, y significaba “mezclar, sustituir una persona por otra”. Entonces de ahí viene la idea de “tripular” como intercambiar personal de servicio en un barco.
            Podemos mencionar la palabra “puente aéreo”. “Puente” proviene del latín “pontis” y se refiere a la construcción que se hace sobre un río para poder pasarlo. En su origen, pues, se refería solo al puente que atraviesa una fuente de agua. Un puente aéreo se refiere al sistema que pone en contacto diferentes aeropuertos.
            Así pues, existe toda una compleja elaboración metafórica del lenguaje de aeropuertos basado en el lenguaje del mar: una aeronave es un barco de los aires que pasa por puentes de aire y se detiene en puertos de aire. Y esperamos que soplen vientos favorables y esta huelga de pilotos nos lleve a todos a buen puerto.
            ¿Se le ocurren otras palabras usadas para el transporte aéreo, que tengan relación con el mar? Escríbame a lenguaencolombia@gmail.com

P.D.: Otra palabra de origen árabe (aunque no de lenguaje marítimo) es “azafato” o “azafata”, que proviene de “azafate” y esta de “assafáṭ”. Según Corominas, “assafát” significaba “bandeja” o “canastillo”, y se documenta desde 1496. Obviamente no había aviones en esa época, pero se adaptó al lenguaje de aeropuertos para referirse a la persona que usa la bandeja para llevar la comida a los pasajeros.

Thursday, November 2, 2017

Piropo

Publicado en Gaceta Dominical de El País de Cali en Octubre 29 de 2017

En estos días ha circulado por Facebook el hashtag #metoo para que las mujeres que han sido víctimas de acoso se etiqueten y cuenten su experiencia, o al menos sugieran que han tenido una experiencia de acoso. Esto a raíz de la controversia del acoso sexual atribuido a Harvey Weinstein, productor de Hollywood.
Etiquetarse con el hashtag #metoo es una manera de solidarizarse con las víctimas del acoso en Hollywood, y muestra que es un problema de género, pues todas las mujeres sin excepción han sido víctimas de acoso o abuso.
Si alguien te dijo en la calle: “¡Hubo un terremoto en el cielo y un ángel se cayó!”, ¿entra dentro de la categoría #metoo? ¿Está en el mismo plano de las personas que vieron truncada su carrera por no ofrecer favores sexuales a cambio? ¿O en el mismo plano de una persona que le toca las partes íntimas a otra sin su consentimiento?
El piropo callejero, según la crítica feminista, es un avance sexual no consentido, y promueve una “cultura de la violación”, en que una mujer se pone en el plano de objeto de placer, y se le despoja de su condición de sujeto.
Por otro lado, esta concepción del “piropo” puede interpretarse como influencia del “catcalling”. Ambas palabras tienen un contenido cultural único, y no son intercambiables.
“Catcalling” en inglés significa literalmente “llamar al gato”. Es cuando se le dice a una mujer en la calle cualquier insinuación sexual. Generalmente son muy simples: “nena” o “sexy”, únicamente.
En la cultura anglosajona o nórdica, llamar a una mujer “bonita” es algo muy íntimo, casi una proposición sexual. Por ejemplo, yo tuve una profesora gringa que que estuvo trabajando en Paraguay. Ella se ofendió mucho porque un estudiante le dijo que estaba bonita. Era una intromisión en el espacio privado.
En la cultura latinoamericana, por el contrario, es más común decirle a una mujer que está bonita, o a un hombre que está guapo. No es una proposición sexual: es un dicho lingüístico que busca estrechar lazos sociales, crear confianza.
Me acuerdo que una vez fui a una fiesta, y había un hombre que les decía a todas las mujeres, incluso las menos agraciadas a mi parecer, que estaba bonita. Ellas lo abrazaban con cariño sin ninguna pretensión de nada. Ellas sabían que “estás bonita” no significaba “estás bonita”, sino “eres una persona especial para mí”.
El piropo es, pues, una forma de interacción social en el ámbito hispanoamericano. No existe en el mundo anglosajón. Por eso, cuando los latinos van a otros lugares del mundo, tienen un choque cultural.
Recordemos el caso de la holandesa que quiso ridiculizar con “selfies” a los hombres que le hicieron “catcalling”. Uno de los hombres le habló en español: “Ey, sexy, chiquita, ¿a dónde vas sola?” y ella lo tradujo al inglés al mostrar la foto del hombre hispano.
El piropo tradicionalmente se considera un elogio, y se le dice a alguien conocido o desconocido. Cuando un amigo cercano te dice algo bueno sobre ti, no necesariamente de tu apariencia física, a veces respondes “gracias por el piropo”.
La palabra “piropo” viene del latín “pyropus”, que significa “aleación de cobre y oro de color rojo brillante”, que tiene relación con el griego “piros”, que significa “fuego”. Se usaba durante la edad media y la edad moderna en el sentido de metal candente.
En 1780, el diccionario de la Real Academia registra el significado de piedra preciosa de color rojo, como el rubí, y en 1880 acepta el significado de elogio romántico (“requiebro”), pero ya aparecía en obras literarias con el significado de “elogio” desde 1833, en España.
Según la base de datos de la Real Academia, en una obra llamada “La Bruja de Madrid” (1850), se cuenta cómo unas mujeres muy bonitas le decían “piropos” a hombres incluso feos. En “Tradiciones peruanas” (1875), de Ricardo Palma, una mujer le dice a su amigo: “¡Anda con Dios, angelito! Tú sabes tanto como Chavarría”. Y el narrador reflexiona en tono irónico: “Contentísimo salí con el piropo”.
El piropo tradicional tiene una compleja elaboración metafórica. Muchas veces son verdaderos poemas. El problema es que elabora una metáfora a partir de la idea de que la mujer es objeto, como explica Mariana Achúgar. El piropo: “¡Ay morena! Si como lo mueves lo bates, ¡ay qué chocolate!”, consta de dos versos y una rima: “bates” y “chocolate”, pero pone a la mujer en la categoría de comida.
Cuando se le dice a un desconocido un dicho vulgar y ofensivo, no podría llamarse piropo. La intención es ofender. En el piropo tradicional, el juego con la dimensión lúdica del lenguaje no conlleva esa intención.
Me gustaría recordar piropos más creativos y poéticos. Envíemelos a lenguaencolombia@gmail.com.

Thursday, October 12, 2017

Chuspa


Vallecaucano que se respete dice 'chuspa', pero ¿cuál es el origen de esa palabra?

Publicado en El País 10/10/2017

En el Valle del Cauca es común usar la palabra “chuspa” por “bolsa de plástico”. Cuando estuve en Bogotá, sin pensar mucho, le pedí una “chuspita” a la mesera bogotana, y esta se quedó mirando como si yo estuviera hablando en otro idioma.
            De alguna manera “chuspa” sí es de otro idioma, pues es una palabra de origen quechua (la lengua del Imperio Inca), según el diccionario de Leonardo Tascón. Se usa en el español de toda el área de influencia quechua: Perú, Bolivia, Chile y Argentina, según el Diccionario de la Real Academia.
Parece que solo en el español caucano-valluno tiene el sentido de “bolsa de plástico”. Recuerdo que cuando viajé a Ecuador también cometí el error de pedir una “chuspita”, y la cara del vendedor no fue de extrañeza, sino de risa pícara. Al parecer tiene un significado erótico y vulgar, que el lector podrá inferir.
            Las “chuspas” quechuas originalmente no son de plástico. Eran bolsas tejidas, tradicionales de los indígenas quechuas, que se usaban para llevar hojas de una planta sagrada: la coca (otra palabra quechua, “kuka”).
La coca era una planta de consumo exclusivo en rituales, fiestas o funerales. En un manuscrito anónimo de principios del siglo XVII, titulado “Relación de la coca y de su origen y principio”, se cuenta que la coca era una diosa que fue transformada en planta.
Así pues, las chuspas tejidas también tendrían una utilización ritual, para el consumo de la planta sagrada. Nicola Sharratt le dedica un libro completo a las chuspas, llamado “Carrying Coca: 1,500 Years of Andean Chuspas”, para ensalzar el diseño de las chuspas quechuas.
Los cronistas mencionan el uso de “chuspas” entre los indígenas quechuas. El Inca Garcilaso de la Vega, cronista mestizo, las menciona en 1609, y Huamán Poma de Ayala, el indígena cronista dibujante, incluye las chuspas entre sus descripciones de las costumbres indígenas en 1615. Así lo atestigua la base de datos histórica de la Real Academia (CORDE).
El suroccidente colombiano recibió influencia quechua porque el imperio Inca alcanzaba lo que hoy es Nariño. También por los indígenas que trajo Sebastián de Belalcázar como servidumbre, los cuales se llamaban “yanaconas”, o cargueros en lengua quechua. De hecho, la comunidad yanacona existe hoy en día en el Valle del Cauca.
Las palabras quechuas que entraron al español se conocen como “quechuismos”, y son numerosas: “papa”, “zapallo”, “ñapa”, “coca”, “guachafita”, “guache”, “cancha”, “cholo” y “cholao”, entre otras muchas.
Ahora bien, si las “chuspas” son originalmente bolsas tejidas, ¿cómo pasó a significar “bolsas de plástico”? Para responder esta pregunta no podemos hacer más que especular, o plantear una hipótesis, pues no existe testimonio escrito de este cambio.
Es posible, entonces, que el desarrollo de esta palabra esté ligado también al de la coca. Como dijimos, no era una planta de consumo corriente entre los indígenas en la época precolombina. Fueron los colonizadores españoles quienes la convirtieron en producto comercial: se la vendían a los indígenas para que resistieran las jornadas de trabajo que se les imponía, según dice el manuscrito “Relación de la coca”.
Así pues, cuando la coca empezó a comercializarse, las “chuspas” donde venían comenzarían a convertirse en corrientes bolsas de mercado. La palabra “chuspa” probablemente significó “bolsa de mercado” durante la época de la colonia en el Valle del Cauca.
Cuando aparecieron las bolsas de plástico para llevar el mercado en los almacenes de cadena, se le empezaría a llamar “chuspas” a las bolsas de plástico por usadas para llevar lo que se compraba. Muy pronto se trasladaría el sentido de “bolsa de mercado” a “bolsa de plástico”.
La palabra “chuspa” tiene de por sí una cualidad sonora similar a la bolsa de plástico cuando se remueve. Ese sonido “chus” se parece mucho al “chus chus” de las bolsas de mercado que ahora nos cobran por usar.
El solo sonido de una palabra muchas veces tiene un simbolismo que refuerza determinado significado. No está de más considerar que el valor fonosimbólico de “chuspa” tuvo que ver con el sentido peculiar que tomó en el Valle del Cauca.
La palabra “chuspa”, pues, se quedó para darle color a este hermoso modo de hablar vallecaucano. Expliquémosle bien al bogotano lo que significa y usémosla según nuestro capricho. Los vallecaucanos usamos palabras bogotanas como “tusa” (depresión) o “pilo” (inteligente y trabajador), así que ellos también pueden aprender “chuspa”.
¿Alguna vez escuchó a alguien usar “chuspa” con otro significado que no fuera “bolsa de plástico”? ¿Como “bolsa tejida” o como “bolsa de mercado” en general? ¿Dónde? Escríbame a mi correo lenguaencolombia@gmail.com para contarme, y ayudarme a seguir investigando.

Thursday, October 5, 2017

¿Ahuyama, auyama, ahullama, aullama?

Los españoles usaron lenguas indígenas para designar las calabazas que encontraron en América a partir del siglo XVII, pues antes todo se llamaba calabaza. Una palabra es zapallo, que viene del quechua, y la otra es ahuyama. Esta proviene de otra lengua indígena, el cumanagoto, que hablaba un pueblo al oriente de Venezuela. La palabra cumanagota para el zapallo o la calabaza era “huahuayama” (Tascón). A estos indígenas también debemos la palabra “arepa”, por lo cual los venezolanos se arrogan la autoría de este delicioso plato meridional hispánico hecho de maíz.
            La escritura normativa de la palabra es “ahuyama”, aunque también es bastante común “aullama” y “auyama”. Probablemente la “h” tenía un sonido similar a la jota en lengua cumanagota. De hecho, la “h” en español antiguo y colonial temprano tenía una pronunciación como jota, probablemente hasta el siglo XVI o XVII. Todavía quedan palabras como “hartera” que en Colombia se pronuncia frecuentemente “jartera”. Esa pronunciación fue desapareciendo y por eso en palabras que quedan en el dominio de lo oral se pierde la tradición escritural. Una búsqueda en google arroja 290.000 resultados para “ahuyama”, 545.000 para “auyama”, 4070 para “aullama” y 3050 para “ahullama”. Aunque el diccionario académico admite solo “ahuyama”, la forma “auyama” goza de mayor aceptación en el lenguaje escrito.
            En sus diferentes variantes, se encuentra “ahuyama” en Colombia, Venezuela y República Dominicana, según el CORDE, en el siglo XX. En Colombia, se usa en las zonas central y norte. En el suroccidente se usa zapallo, pero una fuente me dice que en Nariño se prefiere “ahuyama”. Allí la palabra “calabaza” designa otro tipo de fruto, uno similar que es blanco por dentro, mientras que “ahuyama” o “zapallo” es el que es anaranjado por dentro. Es llamativo este dato porque va en contravía del quechua “zapallo” que es el más generalizado en la zona de influencia quechua.
            Parece que la palabra “zapallo”, según Tascón, empezó a considerarse demasiado vulgar, y algunas personas empezaron a preferir “ahuyama”. Tanto así que “zapallo” empezó a designar una persona bobalicona o sin gracia. Esta tendencia reemplazó “zapallo” por “ahuyama” en Nariño, pero no lo lograría en el Valle del Cauca.

Sunday, September 24, 2017

Aperturar

Publicado en Gaceta de El País de Cali el 20 de agosto de 2017

Me sugiere un lector que escriba sobre el término “aperturar”, que se ha puesto tan de moda últimamente, especialmente en el lenguaje financiero.
El especialista bancario dirá algo como “Para aperturar su cuenta de ahorros, debe diligenciar el formulario que se encuentra localizado en el web site de nuestro establecimiento”, cuando puede decir, “Para abrir su cuenta de ahorros, debe llenar el formulario que está en la página web del banco”.
El término “aperturar” puede resultar molesto por lo pretencioso e innecesario, pues existe el término más común “abrir” que indica exactamente lo mismo, razón por la cual la Real Academia afirma que no está justificado. Sin embargo, la Academia olvida que la terminación “ar” o “ear” es un recurso totalmente válido para formar verbos a partir de sustantivos, adjetivos u otras palabras, y el resultado semántico puede variar un poco.
Existen palabras tan antiguas y comunes como “limpiar” a partir del adjetivo “limpio” o “viajar” a partir de viaje. La palabra “fritar”, de hecho, surge a partir de “frito”. Y “frito” era un adjetivo derivado de “freír”: antiguamente se decía “no he frito la carne”. Decir “fritar” es como si hiciéramos un verbo a partir de “devuelto”, como “devueltar”, o de “impreso”, como “impresar”.
También existen creaciones recientes como “googlear” que significa “buscar en google”, “morbosear” que indica realizar actos morbosos o “formatear” que es reestablecer el formato de un disco de un computador.
¿Para qué decir “formatear” en lugar de “formar”? Posiblemente porque “formar” pierde el vínculo con el tecnicismo “formato”, que tiene un sentido muy específico en el lenguaje informático. Esa es la diferencia con “aperturar”. “Formatear” tiene un sentido diferente de “formar”, pero “aperturar” parece ser exactamente lo mismo que “abrir”.
La Real Academia acepta “juguetear” a pesar de que existe “jugar”. “Juguetear” proviene de “juguete”, y significa utilizar algo como juguete. Son sinónimos aproximados, pero se acepta “juguetear” para establecer una pequeña distinción.
La terminación “ar” es activa y dinámica en español, mientras que las terminaciones “er” o “ir” son estáticas. Nunca se formaría un verbo a partir de un adjetivo o sustantivo con estas palabras. Por ejemplo, nunca diríamos “gogleer”, “morboser” ni “formatir”. Uno puede decir “abrí una cuenta”, pero nunca “formatí el computador”. Solo se forman nuevas palabras con “ar”.
El verbo “aperturar” proviene del latín “apertura”, y este dio origen a una palabra muy común: “abertura” con “b”. Sin embargo, “abertura” es un hoyo en un pantalón, un hueco en la pared, una incisión quirúrgica o, en todo caso, el resultado de “abrir” en el sentido físico.
En cambio, “apertura” es el resultado de “abrir” en sentido metafórico. “Apertura” se refiere al inicio de un contrato entre el usuario y la entidad financiera, si una cuenta de ahorros se puede considerar un contrato. No es que uno abra un hueco en las paredes del banco, sino que abre un canal de flujo de dinero por medio de la cuenta de ahorros.
El sustantivo más común en la edad media hasta el siglo XVII era “abertura”, mientras que “apertura” se vuelve común solo en el siglo XVIII, según la base de datos de la Real Academia. Es posible que los conocedores de la lengua latina hubieran rescatado la forma con “p” para significar la acción de abrir en un sentido abstracto.
Siguiendo la lógica de “apertura” versus “abertura”, se introduce “aperturar” versus “abrir”. “Aperturar” es “abrir” en sentido metafórico, por lo que “aperturar” y “abrir” no significan exactamente lo mismo.
A partir de “aperturar” podíamos ir más lejos y crear un sustantivo agregando la palabra “ción”, y así tendríamos “aperturación”. Pero incluso se podría llevar la cuestión al extremo y crear luego un nuevo verbo con “ar” y hacer “aperturacionar”, para crear luego un nuevo sustantivo con “miento” y decir “aperturacionamiento”.
Y todas estas creaciones serían perfectamente válidas en español. ¿Por qué no? Existe la palabra “apertura” y luego todos los sufijos españoles como “ar”, “ción” y “miento”. Aunque el diccionario no abarque todas las posibles construcciones con sufijos, todas ellas son válidas.
Es tan válido decir “ahora” como “ahorita” como “ahorititica” como “ahoritititititica” como “aperturar”, “fritar” o “formatear”.
¿Por qué la Academia acepta “juguetear”, pero no “aperturar”? “Juguetear” es casi lo mismo que “jugar” y “aperturar” casi lo mismo que “abrir”. ¿Por qué “juguetear” sí y “aperturar” no? Todo depende de la aceptación común del público o el usuario común de la lengua. La norma académica es una cuestión de gustos.

Tuesday, September 19, 2017

Asuntos qué/que tratar

Una duda común entre los hispanohablantes es si se escribe “asuntos que tratar” o “asuntos qué tratar”. No se preocupen: hasta la Real Academia tiene la misma duda.
En mi opinión, la palabra “qué” debe ir tildada porque funciona como pregunta indirecta. Por ejemplo, “‘¿Tenemos asuntos qué tratar?’, le pregunté” se puede transformar en “Le pregunté si teníamos asuntos qué tratar”. En este caso, el verbo “tener” indica posesión, porque los hablantes están en posesión abstracta de tales asuntos.
No se debe confundir con la perífrasis “tener que”, que significa obligación: “Tenemos que tratar unos asuntos” es diferente de “tenemos asuntos qué tratar”. La primera indica obligación, la segunda indica la posesión de tales asuntos. Lo mismo ocurre con “haber que”: en “hay asuntos qué tratar”, “hay” indica existencia y en “hay que tratar unos asuntos”, “hay que” indica obligación.
Ahora bien, existen contextos similares en los que se pierde la noción de pregunta indirecta. En el ejemplo “Tenemos/hay asuntos qué tratar” no existe la figura introductoria “le pregunto”, pero sigue operándola misma noción sintáctica aunque la semántica haya desdibujado el sentido de pregunta.
En el Diccionario Panhispánico de dudas, es posible encontrar información contradictoria. En la entrada “qué”, dice:
“Este pronombre puede introducir oraciones interrogativas indirectas con verbo en infinitivo y dependientes de los verbos tener y haber: «—¿A qué te dedicas, Juanito? [...] —Hace seis meses que me arruiné en el campo, y no tengo qué hacer» (Araya Luna [Chile 1982]); «No había qué comer, para variar, pero teníamos dignidad» (Valdés Vida [Cuba 1996] 119). Este uso no ha de confundirse con las perífrasis verbales haber que o tener que seguidas de infinitivo, que expresan necesidad u obligación, en las que que es conjunción átona que debe escribirse sin tilde (→ que, 2.14): «No tienes que hacer nada» (Pedrero Invierno [Esp. 1989]); «A él no le gustaba la tragonería, pero había que comer» (GaBadell Funeral [Esp. 1975]). (qué)
Sin embargo, en la entrada “a”, donde discute si se puede usar “asuntos a tratar”, escribe lo siguiente:
Si la preposición a admite su sustitución por las preposiciones por o para, o el relativo que, sin que sea necesario cambiar la estructura de la construcción y sin que cambie el significado, debe desecharse la construcción galicada: Tenemos dos asuntos a tratar (mejor Tenemos dos asuntos que tratar); No hay más asuntos a discutir (mejor No hay más asuntos que/por/para discutir). (a)
Es decir, el mismo diccionario está cometiendo una falta de ortografía y contraviniendo su propia regla.
            Según el área de consultas del RAE, en pregunta y exclamación indirecta se debe usar la tilde: “Ya verás qué bien lo pasamos”. Pero hay ocasiones en las que se permite tanto con tilde como sin tilde:
Esta doble posibilidad se da cuando los relativos introducen subordinadas relativas sin antecedente expreso, siempre que el antecedente implícito sea indefinido y tenga carácter inespecífico (una persona, alguien, algo, algún lugar, nadie, nada, etc.). Esto ocurre cuando la oración de relativo sin antecedente depende de verbos como haber, tener, buscar, encontrar, necesitar, etc., que admiten complementos indefinidos de carácter inespecífico. En estos casos es aceptable escribir el relativo tanto con tilde, reflejando la pronunciación tónica, como sin ella, representando la pronunciación átona.
            El problema es que no hay con qué/que alimentar a tanta gente.
Ya ha encontrado quién/quien le quiera y no necesita nada más.
                        Buscó dónde/donde sentarse, pero no había asientos libres.
                        No tenía cómo/como defenderse de las acusaciones. (consultas)
Lo que yo interpreto de esta afirmación, para ponerla en términos más sencillos, es que solo cuando la pregunta indirecta está explícita en el contexto será obligatorio el uso de la tilde. No estoy de acuerdo con esto, pero tampoco me voy a poner de más papista del papa a contradecir la contradicción de la Academia. De hecho, la busqué en Google Books y sí, todo el mundo escribe “asuntos que tratar”, como el mismo escritor del diccionario contradiciendo su propia norma.
Yo la escribiré con tilde donde me suene el acento. A lo mejor la Academia en sus estudios ha encontrado que ya la gente no produce un acento prosódico ahí, pero me gustaría ver cómo se midió ese aspecto.
Me pesa es el esfuerzo que pasé corrigiendo a mis estudiantes por esto. No vuelvo a corregir a nadie por esto, la vida se hace más sencilla así.

Saturday, September 16, 2017

"Acentos" (=dialectos) de Colombia

En otra entrada se ha explicado cuál es la manera científica de clasificar los “acentos”, que se denominan técnicamente “dialectos” o formas de hablar de una región determinada (más información aquí). ¿Cuáles son los dialectos en Colombia?
Esa fue la pregunta que se hicieron los investigadores del Instituto Caro y Cuervo a mediados del siglo XX. Ellos diseñaron un proyecto de investigación que consistía en viajar a todos los pueblos posibles de Colombia para recolectar información sobre la forma como hablaban en cada pueblo. Después de esto, introducirían la información en una base de datos que llevaría a la elaboración de mapas lingüísticos. El resultado fue una obra monumental llamada Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia.
Antes de empezar el proyecto, uno de los investigadores líderes, llamado Luis Flores (vea texto aquí), propuso una hipótesis de los posibles dialectos de Colombia. Los dialectos son los siguientes:
1) Dialecto caribeño: conocido en Colombia como “acento costeño”, incluye todos los departamentos de la costa Caribe.
2) El antioqueño: conocido en Colombia como “paisa”, incluye el área noroccidental andina. Es un área que tiene como eje central el área andina de Antioquia (excluye el área costera de Antioquia) y se extiende hacia el sur más o menos hasta el norte del Valle.
4) El cundiboyacense: incluye el área nororiental de la región andina, los departamentos de Cundinamarca y Boyacá. Algunos denominan “rolo” a la variedad más representativa de este dialecto, que es el de Bogotá, la capital colombiana.
3) El santandereano: es el norte de la región andina colombiana, con los departamentos de Santander del Norte y Santander del Sur.
4) El huilense-tolimense: en general, se puede decir que es la región central andina, con los departamentos de Huila y Tolima.
5) El caucano-valluno: es el área suroccidental de la región andina, excluyendo la frontera con Ecuador. Incluye la parte andina de los departamentos del Valle y el Cauca.
6) El andino-sureño: es la región andina más próxima a Ecuador, incluye principalmente el área andina de Nariño y parte del Putumayo.
7) El pacífico: todo el departamento del Chocó es parte de esta área, que también incluye la zona costera de Valle, Cauca y Nariño.
8) El llanero: es un área muy diversa que reúne los departamentos de los Llanos orientales, como Meta, Arauca, Casanare y Vichada.
           
            Esta división no hace justicia a la gran diversidad lingüística que puede existir dentro de cada dialecto. Pueden existir grandes diferencias entre los hablantes caribeños, o entre una persona de Cundinamarca y otra de Boyacá. Alguien puede decir que el Huila y el Tolima tienen acentos diferentes. Sin embargo, sí existen características comunes a cada uno de estos dialectos. Aunque un paisa de Antioquia hable diferente de un paisa de Caldas, existen características similares que los hacen “paisas”. Aunque un guajiro y un cordobés tengan diferencias, su forma de habla tiene elementos comunes que los hacen indistinguiblemente caribeños.
            De hecho, los investigadores del Caro y Cuervo decidieron que ninguna clasificación hacía justicia a la gran diversidad dialectal en Colombia. Cada palabra, por ejemplo, trae su propia clasificación según los lugares donde se use. Por ejemplo, por el uso de “vos”, el dialecto paisa y el caucano-valluno son un solo dialecto. Por el uso de “j” en vez de “s” en palabras como “mosca”, que se dice “mojca”, el dialecto Pacífico y el del Caribe son un solo dialecto. Y así cada palabra, sonido y elemento lingüístico traería su propia clasificación. De esta manera, los dialectos serían infinitos.
            Yo creo que una clasificación al infinito no sirve de nada para conocer la realidad. Siempre la realidad es más compleja de lo que pensamos, pero decir que es inclasificable no nos ayuda a conocer más. Considero que esta clasificación inicial que hizo Luis Flores es la más útil para poder hablar de la lengua en Colombia. 

Saturday, September 9, 2017

Jalar o halar

Hay una palabra que se usa en Colombia, pero también en toda Hispanoamérica y es “jalar”. Esta es sinónimo de “halar”, y ambas aparecen aceptadas por la Real Academia sin restricción geográfica. En Colombia, ambas significan “tirar hacia sí de algo”, como jalar una cuerda o jalar una puerta para abrirla.
El significado de “jalar” en Hispanoamérica es bastante amplio comparado con su etimología: “halar” significa tirar de una lona de un barco o un remo. Es decir, su significado proviene del léxico marinero.
Según Corominas, “halar” fue introducida en el siglo XVI por la lengua francesa. En América, siendo una palabra de jerga marinera, se extendió al uso común y amplió su significado. Esto es comprensible cuando pensamos que los primeros colonizadores de América fueron marineros, y en ciertas regiones como el Caribe o las costas había muchos marineros que introdujeron sus palabras.

Thursday, August 31, 2017

Jarto o harto

Hay una palabra que se usa tal vez solo en Colombia con “j” inicial (fonema /h/): “jarto”. En español estándar es “harto”, es decir, no tiene consonante inicial. Significa “cansado” o “fastidiado”. Proviene del latín “fartus”, que significado “relleno” según Joan de Corominas. Parece un sentido metafórico del significado original que tenía en latín. Alguien que está cansado es porque está tan “lleno” de obligaciones que ya no puede soportarlas.
            El sonido “f” inicial del latín cambió a un sonido “j” (fonema /h/) en español medieval, que empezó a omitirse hacia el siglo XV en dialectos norteños de España. Esto llevó a la desaparición de /h/ inicial en español estándar, pero ha sobrevivido en palabras como “jediondo” (que huele mal) por /edióndo/. También sobrevivió en la escritura, por eso muchas palabras conservaron la escritura de la “h” inicial, como en “hediondo”, aunque no se pronuncie.
            Lo curioso es que en Colombia es terrible decir “jediondo”, pero es común decir “jarto”, cuando se trata exactamente del mismo fenómeno. Una extensión de este fenómeno es decir cosas como “juerza” o “juimos”, que se oyen muy mal, pero igual todo el mundo dice “eso tan jarto” o “qué jartera” sin problemas. Si alguien dijera /árto/ (=harto) o /artéra/ (=hartéra) , sonaría bastante pedante como ser soportado por su grupo de amigos.
            Otra cosa curiosa es que la gente dice “había hartos /ártos/ libros” por decir “había muchos libros” sin consonante inicial. Es decir, como sinónimo de “muchos” sí se usa la forma estándar, pero como sinónimo de “cansado” o “aburrido” se usa el sonido /h/ representado con “j”.

Sunday, August 20, 2017

Coso y cosa

La palabra “cosa” proviene del latín “causa”, donde “au” se transformó en “o”. Un significado secundario en latín era “asunto, cuestión”, y de este significado tomó en latín vulgar el significado de “cosa” como tal en el siglo IV, según afirma Joan de Corominas. En latín y en español es un sustantivo inanimado de género femenino, pero en español colombiano (hasta donde tengo noticia) ha tomado un género masculino: “el coso”. Tiene un significado un poco diferente de “cosa”.
Mientras que “cosa” se refiere a cualquier objeto del cual se omite el nombre por cualquier motivo, y puede referirse a objetos abstractos, el “coso” es un objeto del cual se omite el nombre porque se desconoce y siempre se refiere a objetos concretos. Así, por ejemplo, alguien puede decir: “Le digo una cosa”, donde “cosa” se refiere a todo lo que va a decir de manera global o abstracta, y sirve para anunciar lo que se va a decir sin decirlo.
“El coso”, por su parte, siempre es abstracto. Nunca vamos a escuchar decir “Vea, le digo un coso” o “El coso es que no podemos ir”, donde “coso” significa “asunto” o “cuestión”, algo intangible, una idea. Pero sí vamos a escuchar “Páseme ese coso que está ahí”, para referirse a algún objeto de la casa para el que no se tiene nombre. Y de ahí viene “el cosito” que puede ser sinónimo de “el cuchuflincito”.
En lenguaje técnico la palabra “cosa” es una “proforma” (véase el libro de Enrique Bernardés, Introducción a la lingüística del texto), es decir, un sustantivo que tiene una función similar a la del pronombre, esto es, reemplazar al nombre sin repetirlo. La palabra “coso” tiene una función más específica derivada de “cosa”.
En español los sustantivos inanimados no tienen cambio en el género. Por ejemplo, “el baño” no puede ser “la baña”, “el árbol” no puede ser “la árbola”, “el jardín” no puede ser “la jardina” y así sucesivamente. Hay sustantivos que varían en género según el dialecto, como “el computador” y “la computadora”, pero ambos significan lo mismo: no es que haya un computador hembra y un computador macho.
Pero hay unos cuantos sustantivos inanimados que cambian el significado total de la palabra. Es el caso de “el naranjo” y “la naranja”, donde “el naranjo” es el árbol y “la naranja” es el fruto. Sin embargo, este cambio de significado no implica que el árbol sea macho y la fruta sea hembra. A esta categoría pertenece la distinción entre “el coso” y “la cosa”.
La palabra “coso” derivada de “cosa” nada tiene que ver con otra palabra idéntica, “el coso”, para referirse al campo donde se lidia el toro. Este proviene de “cursus” y tiene su propia evolución. La palabra “coso” como contraparte masculina de “cosa” es una evolución posterior de la palabra “cosa”, 

Saturday, July 29, 2017

Hubiera y hubiese: historia

“Hubiera” y “hubiese” se mueven en el espinoso terreno del subjuntivo, donde todo es complicado. El subjuntivo es el plano de la duda, el deseo y la conjetura, como en “Quiero que vengas”. El verbo “vengas” está en subjuntivo porque es un deseo de la persona que emite la frase, quien no tiene control sobre lo que haga el otro, pero tiene un deseo sobre esa acción del otro.
Cuando se habla del pasado, pues, se pierde mucho más el control sobre el deseo, porque las cosas que pasaron no se pueden cambiar. Si alguien le dice al otro: “Quería que vinieras”, implica que tuvo ese deseo en el pasado. Tal vez el otro vino o no, no sabemos, pero eso no es relevante en la oración. Pero si se dice “Quería que hubieras venido” o “Quería que hubieses venido”, en cambio, sabemos que la persona tuvo el deseo y que el otro NO vino. Es decir, el pasado de subjuntivo expresa un deseo que no se cumplió.
            El investigador Martin Harris asegura que ya en latín hablado (siglo IV) existía la fórmula “habuisset factum” para “hubiese hecho”. La palabra “habuisset” pasó por varios cambios de sonido: primero se dejó de pronunciar la “t”. Luego la “u” se movió después de “a”. Así pasó de pronunciarse “habuisset” a “haubisse”. Luego la “au” se transformó en “o” y así se formó “hobise”. El morfema “ie” en “hobiese” se formó para relacionarse con verbos como “quisiese”, “tuviese”, “quisieron” o “tuvieron”. Por influencia del diptongo “ie”, pues, apareció finalmente “hubiese” con “u”.
“Hobiese” y “hubiese” empezaron a usarse con más frecuencia en los siglos XIII y XIV, según afirma el investigador Francisco Marcos Marín. En ese momento solo era posible decir “Quería que hubieses venido” y nunca “Quería que hubieras venido”. Sin embargo, la historia da vueltas y trae curiosas ironías.
            En la edad media, un verbo como “viniera” significaba “había venido”: no era un subjuntivo y no servía para expresar deseo. Se usaba en oraciones como “Y él hasta ese momento no viniera”, donde hoy en día diríamos “había venido”. Solo en el siglo XIV, empieza a usarse “había venido” en un contexto como este. Oraciones con “había” se vuelven cada vez más populares. Esto lo dice Kathleen Wheatley en su tesis doctoral.
            Si se observa en “Y él hasta ese momento no viniera”, en todo caso, se puede interpretar que él no tenía la intención o el deseo de venir. Es decir, en “viniera” podía haber un sentido subjuntivo secundario que empieza a hacerse primario. Cuando “viniera” se vuelve subjuntivo del todo, entonces aparece “hubiera venido” para expresar un tipo de subjuntivo especial: el que expresa un deseo en el pasado que no se cumplió.
            Esto deja un estado de equivalencia entre “hubiera” y “hubiese”. En mi propia investigación en corpus históricos (CORDE y CORDIAM), encuentro que a partir del siglo XVII “hubiese” empieza a usarse mucho menos que “hubiera” y así va declinando progresivamente hasta el siglo XX.

¿Hubiera o hubiese?

Los dos, “hubiera” o “hubiese”, son formas válidas en español estándar. A algunos “hubiese” les suena más sofisticado, pero la verdad es que no existe ninguna diferencia de estilo ni de significado entre ellos. Son verdaderamente sinónimos, aunque “hubiese” está entrando en desuso.
Sí, “hubiese” está desapareciendo del español. Y desaparecerá primero “hubiese” que “haiga”, para desgracia de las cruzadas lingüísticas contra “haiga” que he visto en tantos grupos de Facebook.
Solamente los puertorriqueños usan “hubiese” en su forma natural de hablar sin pretensiones de sofisticación. También parece que se conserva en comunidades aisladas y campesinas que suelen conservar formas antiguas. Así que no es raro escuchar a un campesino decir “haiga” y “hubiese” de una manera totalmente natural, sin que esté tratando de sonar sofisticado.
¿Qué son “hubiera” y “hubiese”? Son formas subjuntivas de pasado de “haber”. Si lo usamos con un participio, como en “hubiera cantado” o “hubiese cantado”, se le denomina pluscuamperfecto de subjuntivo.
Sirve para conjeturar algo que tendría que haber ocurrido en el pasado antes de otro evento posible que no pasó. Un ejemplo es “cuando su hijo hubiera llegado, su padre ya se habría muerto; pero no murió”. Es decir, el hablante conjetura que el padre estaba en un estado de salud tan malo que no parecía ser posible que el hijo alcanzara a llegar antes de que muriera, pero los hechos fueron contrarios a lo que se especulaba.
“Hubiera”, “hubiese” e incluso “habría” están en un plano conjetural en el pasado, y esto hace que otras pequeñas distinciones se borren. Por esta razón, se van convirtiendo en sinónimos, y rastrear su historia es un asunto tan complicado como establecer sus distinciones.
¿Qué fue primero: “hubiera” o “hubiese”? Posiblemente “hubiese”. Dedicaré otra entrada de blog a explicar el origen de “hubiera” versus “hubiese” y el origen de su sinonimia.

Ortografía y preceptiva

Hay personas que corrigen “haiga”, “naiden” o “ansina” como errores de ortografía, y se burlan de los hablantes que usan estas formas. Yo me burlo más de los que dicen que estos son errores de ortografía, pues desconocen el concepto básico de “ortografía” (y aun así se atreven a corregir a otros).
            “Ortografía” viene de “orto”=bien y “grafía”=letra. Es el arte de usar bien las letras, no otra cosa. Por lo tanto, la ortografía regula solamente la manera como se escriben las palabras, no la manera como se pronuncian. La ortografía se mueve únicamente en el dominio escrito, mientras que “haiga”, “naiden” y “ansina” pertenecen al dominio oral.
            Por ejemplo, si un latinoamericano escribe “asen” en vez de “hacen”, el error es solamente de la letra, pues tanto “asen” como “hacen” se pronuncian igual en español latinoamericano. Por lo tanto, el error consiste en haber omitido una “h” al comienzo y en haber puesto una “s” en lugar de una “c”. Es propiamente un error de ortografía.
            Por el contrario, si una persona escribe “haiga” en vez de “haya”, no hay manera de leer “ig” como “y” o viceversa en ninguna circunstancia. Es una cuestión que nada tiene que ver con cómo se escribe la palabra, sino con la conjugación del verbo “haber”. La persona que escribe “haiga” seguramente también lo dice oralmente.
            Si hemos de utilizar un término para referirnos a la práctica de corregir el uso el lenguaje en general, este es el que se denomina “preceptiva”, o también “gramática prescriptiva”. La “preceptiva” es el conjunto de reglas que se aplican al uso del lenguaje que se acepta entre las élites intelectuales y la escritura como tal. El uso de “haiga” sería un error de preceptiva, no de ortografía. La ortografía es parte muy pequeña de la preceptiva.
Ahora bien, yo me resisto a aceptar que “haiga”, “naiden” o “ansina” sean consideradas errores. Son formas muy tradicionales del español, que fueron comunes en otra época y después, por arbitrariedad de la élite intelectual, se empezaron a considerar errores. Hay personas que han aprendido esas formas como parte de su lengua materna y son parte de su manera de hablar. Si acaso hay que señalarlas de alguna manera, yo las llamaría variantes no estándar. El estándar es la lengua que se acepta en élites intelectuales, y el no estándar el que no se acepta en tales élites.

Thursday, June 29, 2017

Chévere

Publicado en El País

Una situación o persona “chévere” generalmente es divertida, entretenida y agradable: un “novio chévere”, como en el viejo programa de Jota Mario, es a la vez un novio guapo y de buen trato; un profesor “chévere” es más bien relajado. Un objeto “chévere”, además de bonito, transmite frescura y tranquilidad, y es propicio para el entretenimiento.
El tema de salsa “Que chévere” de Orlando Marín ensalza el buen ritmo para bailar de la dama a quien dedica la canción. Muchas veces la expresión “Chévere” significa “Estoy de acuerdo” a la hora de arreglar con alguien un plan futuro. También se usa su antónimo, “antichévere”, para designar una persona complicada que suele arruinar los planes de diversión de sus amigos.
Mi profesora de español nos prohibía decir “chévere” por considerarla una incorrección del español colombiano, pero cuando tratábamos de sustituirla por un sinónimo no encontrábamos una palabra que permitiera expresar tanta variedad de atributos.
            Dejé de creer falsamente que era un exotismo colombiano cuando se la escuché decir a varios cubanos. Se usa en todas las islas del Caribe, en todos los países centroamericanos y, por supuesto, en Venezuela. El diccionario de la Academia también lo documenta en Bolivia y Perú.
            El origen de “chévere”, según investigadores como José G. Moreno de Alba y Frago Gracia, se encuentra en las lenguas africanas. Al sumergirnos en la profundidad de su origen, parece más misterioso de lo que su gran extensión sugiere y su exploración nos lleva al campo de la música cubana.
El investigador Ned Sublette, en su libro Cuba and its music (Cuba y su música), atribuye su origen a la lengua efik, que se habla en el sureste de Nigeria. Esta se usó como lengua ritual de una sociedad secreta afrocubana llamada abakuá, en la Habana.
Según Ivor Miller, los españoles en Cuba organizaron a los esclavos por grupos étnicos para asegurar cierto control sobre el personal, pero lo que ocurrió fue todo lo contrario: al estar agrupados, los afrocubanos lograron fortalecer lazos culturales y crear estrategias de resistencia.
La sociedad abakuá se constituyó en 1836 como resultado de esta forma de agrupación. Se llamaban a sí mismos “la gente del leopardo”.
En la sociedad abakuá, “chévere” significaba “valiente, maravilloso, excelente”. La expresión “Ma’ chévere” era en principio un título honorífico para Mokongo, cierto dignatario nigeriano del reino de Calabar, en el sureste de Nigeria. Mokongo era reconocido por sus habilidades en el manejo de la espada contra sus enemigos y, por eso, el honorífico “chévere” se convirtió en un adjetivo que engloba cualidades positivas.
Los abakuá no solo tenían una lengua secreta, sino un conocimiento hermético que solo compartían entre sus miembros. Entre otras prácticas, los abakuá desarrollaron una música ritual que produjo ritmos como el guaguancó. Los bongos, de hecho, eran tambores rituales que usaban los abakuá en la producción de su música.
            La palabra “chévere” empezó a usarse fuera de la sociedad abakuá en la música afro-cubana. Entre sus primeras documentaciones en español se encuentra el tema titulado “Criolla carabalí” (1928) del Septeto Habanero, que dice lo siguiente: “Efí Abarakó yeneka Mokongo Machebere” (“El grupo Efí Abarakó son hermanos valientes”).
Todo esto lo conoció Ivor Miller por medio de entrevistas de campo que hizo a personas mayores que conservaban información sobre los abakuá por tradición oral.
Posteriormente su significado fue cambiando para designar un atributo positivo relacionado con lo divertido, agradable y entretenido. De esta manera, la palabra “chévere” parece haber entrado al resto del español hispanoamericano por influencia de la música cubana al popularizarse.
Existen otras hipótesis, como la que se cita en un texto de Fernando Iwasaki. De acuerdo con este autor, el filólogo cubano José Juan Arrom identificó el origen de la palabra en el siglo XVI. Un cortesano llamado Guillermo de Croy (1458-1521), señor de Chiévres, era conocido por su pomposidad y grandilocuencia. Según Arrom, “chévere” deriva de “Chiévres” por asociación con los atributos de este hombre y por derivación sonora.
No he podido corroborar una documentación tan antigua en mis fuentes históricas. No recuerdo haberles escuchado decir “chévere” a mis abuelos o a gente mayor, pero sí a mis padres. De hecho, Andrés Caicedo la usa en diferentes oportunidades en su literatura. Entonces, pudo haber entrado al español de Colombia en la década de 1960 por influencia de la salsa y los ritmos asociados.
Para seguir indagando, me gustaría que alguien que esté leyendo esto me contara si se lo ha escuchado decir a sus abuelos o personas mayores, o si conoce otras canciones cubanas donde se utilice. Escríbame a lenguaencolombia@gmail.com si tiene algún comentario al respecto.

Monday, June 19, 2017

"La RAE lo hizo otra vez"

Internet es una fuente inagotable de desinformación. Si lo es con cosas del idioma, ¿cómo puede ser con el resto? ¿Con todo? Haciéndonos ideas deformadas y falsas de la realidad día a día, a todas las personas.
            Lo digo por ese artículo que se titula “La RAE lo hizo otra vez”, con una foto de una estatua como griega con la mano en la cara, como si estuviera consternado por las palabras “incorrectas” que la RAE ha “aceptado”. Este artículo es a su vez copia de otro que se titula “20 palabras que la RAE ha incorporado al diccionario”.
            El que escribió este artículo ni se tomó la molestia de indagar CUÁNDO fueron incorporadas estas palabras.
            Veamos algunas:
            “Toballa”: incorporada en 1739.
            “Almóndiga”: incorporada en 1726.
            “Asín”: incorporada en 1770.
            “Descambiar”: incorporada en 1843.
            “Papahuevos”: incorporada en 1803.
            Y así no quise hacer más búsqueda para no ponerme como el griego de la estatua con tanta desinformación.
            Cuando el autor del dicho artículo dice: “A continuación recopilamos 20 palabras raras que la RAE ha incorporado al diccionario en los últimos años”, evidentemente se refiere a los últimos 300 años o tres siglos de historia.
            Autor anónimo: si apenas te diste cuenta que estas palabras existían en el diccionario, no quiere decir que apenas hayan sido aceptadas cuando te diste cuenta. El mundo no gira a tu alrededor.

Friday, June 2, 2017

¿Yerro o erro?

La Academia acepta “yerro” y “erro” (cometo un error), “yerras” y “erras”, “yerra” y “erra”, “yerran” y “erran”, en el presente de indicativo. En el presente de subjuntivo, acepta la forma con “y” y sin ella, como en “para que no yerres/erres”. Usar esta forma ya es extraño, pues el hablante prefiere decir la frase “cometer un error” o “equivocarse”. Pero si se quiere decir en una sola palabra, se puede empezar tanto con “y” como con “e”.
            Es curioso que la Academia acepte ambas formas, aún contra sus orígenes etimológicos y el uso culto. La palabra “errar” viene del latín “errare” que comenzaba con “e” breve. En latín existían dos formas de pronunciar las vocales: largas o breves. Esta pronunciación se conservó en italiano, pero se perdió en español. La “e” que se pronunciaba breve en latín y quedaba con acento, terminó formando un diptongo “ie” como en “cielo”, del latín “cellum”. En cambio, en “celeste” ya no tiene acento y entonces no se forma un diptongo, siendo “cieleste” imposible.
            Lo mismo pasaría con “errare”. En la conjugación infinitiva, el acento queda al final, como en “errár” (pongo la tilde para recalcar la sonoridad del acento), así que la “e” se queda siendo “e”. Pero cuando tiene el acento, como en “érro”, se transformó en “iérro” como pasó con todos los casos de “e” breve acentuada del latín. De ahí la forma “yerro”, donde la “i” a comienzo de palabra asume inmediatamente la cualidad de consonante, como pasa con “hierba” y “yerba”.
Según esto, cuando la Academia admite “erro”, “erras”… va contra la etimología. La forma que se acerca a su origen latino es “yerro”, “yerras”…
            Una búsqueda en las bases de datos de la Real Academia muestra que “yerro”, “yerras”… se usa con bastante más frecuencia que “erra”, “erras”… Es decir, cuando la Academia acepta “erra”, “erras”…, también va contra el uso.
            Esto es apenas uno de los ejemplos en los que se muestra la arbitrariedad de la Academia a la hora de aceptar o rechazar variantes. En este caso, la Academia ha sido bastante benevolente al aceptar ambas formas, lo cual le conviene al hablante interesado en conformarse a la regla académica. Sin embargo, ¿por qué no acepta “haiga” y “haya” al mismo tiempo? Bien podría hacerlo, no existe obstáculo, si acepta “yerro” y “erro”.